19 dic. 2017

El extranjero


L’Étranger (1942). Aunque pueda resultar fuera de lugar, diré que el título en francés ya me gusta, luego, el contenido, simplemente me deshace. Esa indiferencia que exudan las páginas dicen tanto de los humanos, que no puedo evitar meterme en su piel y sentir el filo de la cuchilla apuntar hacia mi cuello desnudo. Pero ¿sólo la guillotina nos amenaza? No, me temo que analizar la existencia es algo mucho más denso y profundo.

El extranjero fue la primera novela que escribió Albert Camus (1913-1960) y, desde luego, no se puede decir que no empezara con buen tino.

El libro es una reflexión desde el principio hasta el final sobre el oficio de vivir, o sobre la «condición humana», que queda más intelectual. La existencia humana es absurda, los humanos somos absurdos y lo peor viene cuando alcanzamos el estado de conciencia suficiente para descubrir el absurdo como elemento consustancial a nuestras vidas. Al final solo nos queda la muerte o la rebelión como única táctica de superación del absurdo.
«El acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos.»
Esta obra es una de las más conocidas de Camus. Posee la virtud —que nadie se ofenda— de la brevedad. En cuanto te introduces en sus páginas ya no puedes detenerte. He hablado del absurdo pero también hay que decir que la novela refleja la vida moderna en todo su esplendor, dominada por rutinas que solo son alteradas por la casualidad, por el azar. La voluntad del hombre y la mujer modernos parece ajena al hecho mismo de vivir individual y socialmente. Todos nuestros días parecen formar parte de un orden bien establecido; sin embargo, es mejor no mirar atrás y ver lo que dejamos, el absurdo nos espera y, tal vez, no estemos capacitados para enfrentarnos a él. Da igual el tema que toquemos, el amor, la familia, la amistad, el trabajo, la muerte, la justicia, todo ello es prejuicioso, etiquetado, compartimentado, ritualizado.
«Nada, nada tenía importancia y sabía perfectamente por qué. También él lo sabía. Desde el fondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, un hálito oscuro subía hacia mí a través de los años que aún no habían llegado y ese viento igualaba a su paso todo lo que se me proponía ahora en los años no más reales que estaba viviendo.»
La novela nos cuenta la historia de Meursault, un joven que vive en Argel, al que le comunican la muerte de su madre, que residía en un asilo para ancianos. Nuestro protagonista hace lo que tiene que hacer: pide permiso en el trabajo, acude al sepelio y cumple ritualmente con lo que este le exige; en todo este proceso mecánico no siente nada, no manifiesta dolor, simplemente está.
«Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé.»
El rito funerario concluye y vuelve a sus quehaceres doméstico entonces se reencuentra con una antigua compañera de trabajo que tras un breve affaire erótico playero le pide que se case con ella y él acepta, en realidad le da igual, si ella quiere casarse por qué no hacerlo. También se cruza con un individuo de no muy buena catadura, Raymond, con el que intima no se sabe muy bien por qué, también le da igual. No cuento más. No obstante, el ritmo de la novela sigue este curso de cruce de caminos en el que el azar gestiona vidas y destinos, sin que los protagonistas ofrezcan la menor resistencia. Todo esto dentro de una normalidad insensata que lo gestiona todo como si se tratara de las mismas tablas de la ley.
"No había comprendido hasta qué punto podían los días ser cortos y largos a la vez. (...) Sólo las palabras ayer o mañana tenían, para mí, sentido".
Meursault es un pobre hombre, apático, un solitario; como alguien dijo «un náufrago desolado a la merced de las olas de un absurdo mayor que él propio: la sociedad». Es sincero a su modo, no miente, no lo ve necesario, no aspira a nada, carece de ambición. Por momentos llegamos a preguntarnos si su honestidad se deriva de una ingenuidad infantil o es que es simplemente un tarado. Aunque yo le describa de manera tan patética, Meursault no es un individuo atormentado ni amargado, en contra de lo que se pueda pensar, al contrario, trata de disfrutar de lo que le ofrece la vida, se deja llevar por una espontaneidad sensual sin cortapisas. Él no se pregunta para qué vive ni por qué, se limita a estar, a respirar, a comer, a beber, solo si es necesario o si le apetece, ni tan siquiera pone entusiasmo en ello. Se desplaza a través del tiempo evadiéndose de su capacidad de elegir destino. Quizá el momento justo en el que toma conciencia de su existencia es cuando corre el riesgo de perderla. En ese momento es libre por primera vez, en el sentido más dramático del acto en sí, cuando ya no hay marcha atrás, tal vez ha dejado atrás su indiferencia ante el mundo pero ya es demasiado tarde.
«Parecía tan seguro. Sin embargo, ninguna de sus certidumbres valía un cabello de mujer. Ni siquiera tenía la certeza de estar vivo porque vivía como un muerto. Yo parecía tener las manos vacías. Pero yo estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esa muerte que iba a llegar. Sí, era lo único que tenía. Pero, al menos, yo tenía esa verdad tanto como ella me tenía a mí. Yo había tenido razón, seguía teniendo razón, tenía siempre razón.»
Por cierto en la página 83 de la edición de 2001 de Alianza Editorial, se hace referencia a una noticia que es el argumento de su obra teatral El malentendido (1944):
«Entre mi colchoneta y la tabla de la cama, había encontrado, en efecto, un viejo pedazo de periódico casi pegado a la tela, amarillento y transparente. Relataba un suceso cuyo comienzo faltaba, pero que debía de haber acontecido en Checoslovaquia. Un hombre había salido de una aldea checa para hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años, había regresado rico, con una mujer y un niño. Su madre regentaba un hotel con su hermana en la aldea natal. Para darles una sorpresa, dejó a su mujer y a su hijo en otro alojamiento y fue al hotel de su madre, que no lo reconoció cuando entró. Por broma, tomó una habitación. Había dejado ver su dinero. Durante la noche, su madre y su hermana lo asesinaron a martillazos para robarle y arrojaron su cuerpo al rio. Por la mañana vino la mujer y reveló sin darse cuenta la identidad del viajero. La madre se ahorcó. La hermana se arrojó a un pozo.»


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