25 may. 2018

La voz del violín

Andrea Camilleri (1925) es un siciliano famoso en Italia que ha hecho un poco de todo, novela, guiones, televisión y teatro. Es bastante conocido, sobre todo en su país de origen; en España también debido a su serie Comisario Montalbano que hasta no hace mucho la ponían en TV2 los fines de semana; ignoro si sigue en antena en la actualidad. La trayectoria de Camilleri ha estado determinada desde el principio de su vida estudiantil por el campo de las letras, estudió bachiller clásico, inició la carrera de Letras que no acabó porque quiso dedicarse a escribir. A finales de los años 40 y principios de los 50 estudió dirección teatral en la Academia de Arte Dramático Silvio d’Amico. A partir de ahí, dirigió alguna que otra obra de teatro, también publicó poesía y narraciones cortas. Hay una anécdota interesante sobre sus primeros e infructuosos pinitos radiofónicos. Allá por el año 1954 intentó entrar en la RAI a través de una oposición pero no fue seleccionado, según dicen las malas lenguas, por ser comunista. No obstante, lo lograría más adelante. Cuatro años después se incorporó al cuerpo docente del Centro Experimental de Cinematografía de Roma. Los siguientes veinte años los pasó trabajando como guionista y dirigiendo tanto teatro como televisión. En 1978 tuvo un fiasco literario con una novela que había escrito hacía una década, El curso de las cosas. Esto no redujo su ímpetu creativo y un año después publicó Un hilo de humo, el primer libro de una serie que se desarrolla en la ciudad de Vigàta, que, por cierto, no existe. Su gran éxito lo tuvo en 1992 con La temporada de caza, y eso que apareció transcurridos doce años de sequía literaria. El tren que esperaba había llegado y él lo cogió con alegría. Dos años más tarde se publicó la primera novela del Comisario Montalbano, La forma del agua. Otra anécdota sobre Camilleri se deriva del propio nombre de Montalbano, lo llamó así para hacer un homenaje, nunca suficiente, a Manuel Vázquez Montalbán. Si ya era famoso Camilleri, con esta serie de novelas pasa al universo del estrellato. Aunque las comparaciones son odiosas, si tengo que elegir entre Pepe Carvalho y Montalbano, me quedo con el primero; eso sí, sin despreciar al segundo.

El conjunto de la obra de Camilleri es extensísimo, según mis datos he contado casi setenta libros, sin incluir la serie del Comisario Montalbano que supera las treinta novelas. Una producción digna de ser tenida en cuenta.
 
La voz del violín (1997) ocupa el cuarto lugar dentro de la serie del Comisario Montalbano. Se puede leer de manera independiente aunque según los que han seguido la serie, es recomendable leerlas por orden para así conseguir una mejor comprensión de los personajes que se repiten. No es mi caso, solo he leído esta. La narración se centra en la aparición de una bella mujer, desnuda, asesinada en una casa en la que se está realizando una reforma. El perspicaz Montalbano enseguida empieza a elaborar una lista de sospechosos entre los que se encuentra el marido de la víctima, un admirador, un amante, un anticuario; en fin, casi todas las personas que se relacionaban con ella han podido tener alguna hipotética implicación en el crimen. La historia se va a ir liando progresivamente con la muerte de uno de los sospechosos, la destitución de Montalbano, y el mal momento por el que pasa su relación con su novia, Livia.

Camilleri le da un repaso en la narración a la vida burguesa, rapaz y carente de cualquier tipo de moral; a la mafia, el auténtico pilar de Italia, después del Vaticano ―quizá la primera y más poderosa mafia del mundo―; no olvida a jueces negligentes o corruptos, ni a funcionarios policiales acomodaticios e incompetentes ―salva a Montalbano, por supuesto― ni a la prensa vendida a los poderes fácticos. Digamos que durante el desarrollo de la trama tiene tiempo para dar un repaso a la escena italiana.
 
La novela se lee muy rápido y se resuelve bien, sin hacerte esperar y con sorpresa. Montalbano es el intrépido conductor de la investigación, que dentro de lo posible procura vivir y dejar vivir, y si puede, disfruta en el proceso. Un divertimento más que correcto para momentos de hastío, sobre todo cuando ya no puedes más con pesados ensayos sobre nuestro camino inexorable hacia el colapso y otras honduras literarias difíciles de digerir.




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