16 may. 2018

Casa de muñecas

Esta obra de teatro aparecida en 1880 es quizá la más famosa del noruego Henrik Johan Ibsen (1828-1906). Se le considera como el dramaturgo estrella de Noruega de todos los tiempos e incluso padre del teatro moderno de este país. Y eso que en la época en que fue presentada al público su obra, los valores victorianos imperantes chocaron directamente con su forma de concebir la familia y las relaciones hombre mujer.

Henrik Ibsen procedía de una familia adinerada, su padre practicaba el comercio y le iba bastante bien; en un momento dado sus negocios se truncaron y dejó de irle tan bien, hasta tal punto que la familia tuvo que irse a vivir a una modesta granja en Gjerpen, su última propiedad, el resto de su patrimonio lo había perdido. En ese contraste entre bienestar y austeridad se desarrolló la infancia de Henrik; sirva de ejemplo sobre lo delicado de la situación familiar, que tenía que recorrer todos los días varios kilómetros para poder asistir al colegio. El carácter del pequeño comenzó entonces a hacerse retraído y poco dado a las relaciones sociales, bien por el ambiente familiar, bien debido a su temperamento, probablemente por una mezcla de ambos. Cuando contaba catorce años sus padres lo mandaron a estudiar a un colegio religioso, se suponía que en él iba a recibir la mejor formación. No le sirvió de mucho, en lo que a religiosidad se refiere, pues en la edad adulta se convirtió en un ateo convencido. En este colegio estuvo apenas dos años. El contexto económico familiar no mejoró y con dieciséis años tuvo que ponerse a trabajar en una farmacia de Grimstad como aprendiz, trabajo que desempeñó durante seis años. Acabó sus estudios de secundaria y entró en la facultad de medicina, estudios que nunca concluiría. Su carácter introvertido y su retraimiento social le llevaron directamente a la escritura como una forma de expresión de su universo interior. Durante esa época escribió Catilina (1848) y El túmulo del héroe (1851). A pesar de que sus recursos dinerarios eran exiguos tomó la decisión, arriesgada desde luego, de vivir del teatro. Así, comenzó a publicar bajo seudónimo, Brynjolf Bjarme. La primera obra en publicar fue Catilina que no llegó a ser representada. No se arredró por ello y colaboró en diversos medios periodísticos entre ellos Andhrimner, una revista de carácter satírico.

Por fin, en 1851 se representó en el Cristianía Theater su drama El túmulo del héroe. Esto fue solo el principio, la obra llamó la atención de la crítica y un año después consiguió trabajo en un teatro en Bergen, logrando poner en cartel cuatro de sus manuscritos, entre los años 1853 y 1856: La noche de San Juan, El túmulo del héroe, La señora Inga de Ostraad y La fiesta de Solhaug. El intervalo de años que va entre 1857 y 1862, Ibsen los dedicó a ampliar sus estudios, y a dirigir el Cristianía Norske Theater en el cual estrenó Los vikingos de Helgeland (1858); en ese período publicó dos colecciones de poemas: En las planicies y En la galería de arte. Tras la desaparición del teatro por quiebra técnica vivió gracias a una beca del gobierno para estudiar el folclore del este de Noruega. En 1863 publicó Los pretendientes de la corona.

El año 1864 fue muy importante para Ibsen pues decidió abandonar su país por su abierto rechazo al conservadurismo que en él imperaba. Su primera parada fue Roma donde viviría durante cuatro años. De Italia se marchó a Alemania. Por aquel entonces ya se le reconocía a nivel internacional como dramaturgo y sus obras se representaban con regularidad. En 1873 formó parte del jurado de arte internacional en la Exposición Universal de Viena. Naturalmente, durante todo este tiempo de exilio voluntario no paró de escribir.

Por fin, en 1891 volvió a Noruega donde se instaló definitivamente. Murió en 1906 después de una larga enfermedad que fue limitando progresivamente sus facultades físicas y mentales.

Aparte de las obras ya citadas, escribió: La comedia del amor (1862), Brand (1865), Peer Gynt (1867), La unión de los jóvenes (1869), Emperador y Galileo (1873), Las columnas de la sociedad (1877), Casa de muñecas (1879), Espectros (1881), Un enemigo del pueblo (1882), El pato silvestre (1884), La casa de Rosmer (1886), La dama del mar (1888), Hedda Gabler (1890), El maestro constructor (1892), El niño Eyolf (1894), Juan Gabriel Borkman (1896), Al despertar de nuestra muerte (1899).
 
Casa de muñecas se estrenó el 21 de diciembre de 1879 en Copenhague. Su protagonista, Nora, se convirtió en un símbolo para el feminismo incipiente de aquellos años.
«Existen dos códigos de moral, dos conciencias diferentes, una del hombre y otra de la mujer. Y a la mujer se la juzga según el código de los hombres. [...] Una mujer no puede ser auténticamente ella en la sociedad actual, una sociedad exclusivamente masculina, con leyes exclusivamente masculinas, con jueces y fiscales que la juzgan desde el punto de vista masculino.» (Ibsen)
Fue representada en casi todos los países de Europa, levantando una gran polémica, tanto a favor como en contra; se la consideró como una agresión directa a la familia cristiana tradicional. Nada más lejos de la realidad. La obra está escrita en un tono infantil, cursi y paternalista; es lo que el autor quería contar sobre el mundo interior de una familia burguesa; mas no cuestiona ni el matrimonio ni la familia en sí mismos; pone en tela de juicio, eso sí, las relaciones de dominación entre el hombre y la mujer, convirtiendo a esta en una simple transacción económica, en un mero objeto decorativo.

La obra habla de amor, es fundamentalmente romántica, y, por supuesto, defiende el matrimonio pero por amor. Además, el texto hace hincapié en la necesidad de la libertad individual como fuente de realización personal, y punto de partida de construcción del orden social, al margen de las diferencias de género. «Una mujer es mucho más que madre y esposa», es el leimotiv del texto, el marco en el que Nora se desenvuelve hasta la catarsis final. ¿Son las mujeres solo mercancía que se compra y se vende? ¿Dónde reside el libre albedrío en el matrimonio burgués? Aunque parezca que Ibsen habla del siglo XIX, sin saberlo también lo hace del siglo XX y no solo del matrimonio burgués. Entonces y ahora, de manera bastante general, los roles de hombre y mujer están compartimentados. Ser hombre significa para Ibsen tener capacidad reflexiva, de razonamiento, ser fuerte, recto, transmitir confort. ¿Qué es ser mujer burguesa en 1880? Algo parecido a una hurí: sumisa, aniñada, con pocas luces. Eso sí, habilidosa a la hora de utilizar su belleza (siempre para complacer al marido). Nora, aparentemente es infantil, despilfarradora, si bien es todo lo contrario y muy consciente de lo que está haciendo, sin arrepentimiento. No le importa infringir las normas y las convenciones sociales con tal de salvar a su marido; de paso, espera de él que esté a la altura de su abnegación, espera reconocimiento y aceptación incondicional, pero «el qué dirán», la obsesión por la reputación y el honor se sitúan por encima de cualquier sacrificio por parte de ella. Eso abre a Nora los ojos, descubre que existen valores superiores al mismo amor contra los que nada puede hacer. Tiene que elegir entonces seguir siendo una muñeca adorable y juguetona a la que se le consienten ciertos caprichos o plantarse y decir «hasta aquí hemos llegado» y dar un portazo, dejando atrás usos y costumbres, familia e hijos. Evidentemente, todo un reto y una provocación en su tiempo. Hoy en día también lo sería.

Hay cierto paralelismos en la Nora de Ibsen con otros personajes femeninos de la literatura de la época, como Emma Bovary (Madame Bovary de Flaubert, 1856), Ana Karenina (Tolstoi, 1877), Anne Copeau (Nana de Émile Zola, 1880), Ana Ozores (La Regenta de Leopoldo Alas «Clarín», 1884), todas ellas eligen libremente su destino superando el papel que ha previsto para ellas la sociedad; sin embargo, salvo Nora todas las demás son castigadas de una manera o de otra.
«Tengo otros deberes que no son menos sagrados… mis deberes para conmigo misma.»

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