28 feb. 2014

El malentendido

Vuelvo con Camus; no podría ser de otra manera. El tiempo que vivimos necesita al filósofo del absurdo más que nunca. Esta vez me he sumergido en una de sus criaturas más entrañables e inquietantes, El malentendido (1944), una creación hermosamente brutal hasta el paroxismo, que nos habla de vidas anodinas, superfluas, dominadas por la culpa, angustiadas por preguntas sin respuesta, embarcadas en esperanzas fallidas, ajenas a toda moral; vidas pretendidamente justificadas por el tinte de una supervivencia que no merece la pena.
La historia es cruelmente sencilla. Jan abandona su casa a edad temprana, dejando también a sus padres y a su hermana Marta, para partir en busca de una fortuna que encuentra lejos de su país. El tiempo pasa y los recuerdos de su familia le impulsan a compartir esa riqueza que ha acumulado con años de esfuerzo. Desea volver a su lado y ayudarles, de manera que regresa a su ciudad natal, acompañado de María, su esposa, que le adora, con la intención de visitar de incógnito la mísera pensión que regentan su madre y su hermana. Le angustia la idea de desvelar su identidad a las dos mujeres, así que, mientras obtiene «respuestas», decide alojarse con ellas, haciéndose pasar por un cliente más. Trágica decisión la suya, pues su madre y su hermana tienen una forma muy peculiar de tratar a los viajeros solitarios que allí se hospedan. Solo el dinero les sirve para escapar de esa vida pútrida y sin sol. Un malentendido les llevará a un designio fatal.
El malentendido se enmarca en el primer ciclo de escritos en los que Camus desarrolla su concepción del «absurdo», fundamento de su filosofía existencialista, que él describe como elemento esencial de la vida humana. Las obras más representativas de este ciclo son de todos los géneros literarios: El mito de Sísifo (ensayo), Calígula y El malentendido (teatro) y El extranjero (novela).
Antes de sumergirnos en El malentendido, hay que comprender básicamente el «absurdo» definido en El mito de Sísifo. El ensayo se abre con una cita de Píndaro que representa muy bien la idea de Camus sobre la vida humana: «No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible».
El título de la obra proviene de un mito griego, Sísifo, rey de Éfira (Corinto) que tenía fama de astuto, hasta tal punto que cuando Tánatos fue a buscarle, le puso grilletes, por lo que nadie murió hasta que Ares le liberó. Antes de morir, Sísifo le dijo a su esposa que cuando él falleciera no realizara el ritual común que se le hacía a los muertos. Y así lo hizo. De manera que cuando estuvo en el infierno convenció al Hades para que le dejara volver al mundo a castigar a su esposa por no haber llevado a cabo las ofrendas que se merecía tras su muerte. El Hades se lo concedió, pero cuando tuvo que volver al inframundo Sísifo se negó, consiguiendo vivir algunos años más hasta que Hermes se lo llevó por la fuerza. El castigo que se le impuso, que es el que da carácter al mito, consistía en que Sísifo, ciego, debía empujar una voluminosa piedra cuesta arriba por la empinada ladera de una montaña, pero antes de alcanzar la cima la piedra rodaba hasta la base y tenía que empezar de nuevo, eternamente.
Camus utiliza este mito como elemento simbólico para discutir, entre otras cosas, qué camino tomar ante una existencia que nos es ajena, que nos desborda, sobre la que podemos intervenir poco o muy poco, que nos desgarra, que nos hace sufrir, que a veces nos conduce a preguntarnos si no será el suicidio la opción más razonable ante una vida  carente de sentido, en la que todo esfuerzo resulta inútil. Así entramos en el «absurdo». Si nuestra existencia es ridícula e intrascendente y «no tiene más valor que el de lo que creamos de ella», entonces ¿el suicidio es la única alternativa?, ¿la rebelión quizá?. ¿Podemos transformar nuestra consciencia del absurdo en una pasión que neutralice esa deriva sin sentido, que nos obligue a poner la libertad por encima de una supuesta determinación?, se pregunta Camus. A continuación define al «hombre absurdo» como aquel que es perpetuamente consciente de la inutilidad de su vida, que es incapaz de entender el mundo y se deja llevar por esa corriente estéril de continuas preguntas sin respuesta, siempre en pos de la realización de una esperanza vana en un mañana «que nos acerca más a la muerte»: «Las personas viven como si no tuvieran la certeza de la muerte». Según Camus, el mundo es un lugar inhumano; el conocimiento verdadero es imposible y el uso de la razón no puede explicar el universo, lo que nos lleva a la creación de abstracciones sin sentido. La razón y sus límites debe ser admitida —dice— sin esperanzas falsas. «Desde el momento en que se le reconoce, el absurdo se convierte en una pasión, en la más desgarradora de todas.» «Lo que cuenta no es vivir lo mejor posible, sino vivir lo más posible.» Camus llega a tres consecuencias del reconocimiento del absurdo: rebeldía, libertad y pasión. «El hombre actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente.»
En contraposición al «hombre absurdo» se encuentra el «hombre rebelde», ese que se sitúa en todo momento frente al mundo.
La obra teatral, una vez sumergidos en el absurdo, se desarrolla con una cadencia irreal en la que las cosas pasan porque pueden pasar y porque ninguno de los actores opone apenas resistencia ni se desmarca de una inercia dolorosa.
Marta vive en una angustia permanente ante lo que no llega. Su objetivo o sus objetivos acuden a ella azarosamente, como si se encontrara sentada junto a la ribera de un río, armada de una caña de pescar, a la espera de que algún pez pique. Sus peces son hombres ricos y solitarios. Necesita lo que poseen pero depende de su presencia, algo ajeno a ella, a su voluntad; después le tocará el turno de actuar con firmeza, de realizar el acto de desposesión del otro o de reapropiación de lo que considera que es suyo por derecho propio; su pobreza le permite esa prerrogativa. Su actitud hacia los que le rodean es de desprecio. Su relación con el mundo va más allá de cualquier consideración humana. Le domina una frustración acumulada durante toda su vida y al final llegará al «absurdo», como todos los demás; su lucha ha sido vana.
MARTA: Este año no ha sido bueno. Esta casa está muchas veces desierta. Los pobres no se detienen por mucho tiempo y los ricos que solo se extravían, vienen de tarde en tarde.
Un buen principio para definir su queja permanente. ¿Ha habido algún tiempo que fue bueno para ella?
La madre está cansada, lleva años matando con apatía, solo espera que todo acabe de una vez, carece de ilusión. Acompaña a la hija como si cumpliera una misión inevitable.
MADRE: Estoy cansada, hija mía, nada más… Aspiro al descanso.
Marta nunca sonríe, haga lo que haga; siente sobre ella una sombra oscura que apaga su llama vital. Pero aún así persiste en su lucha, sueña con una vida diferente.
MARTA: Cuando hayamos juntado todo el dinero y podamos irnos de esta tierra sin horizonte, cuando dejemos atrás esta casa y esta ciudad lluviosa y olvidemos este país de sombra, el día en que por fin estemos frente al mar, me verá sonreír, madre. […] Por eso debemos preocuparnos del que vendrá. Porque si es bastante rico, quizá mi libertad empieza con él.
La relación que madre e hija mantienen con la muerte es banal, el crimen está integrado en la vida de las dos como una práctica cotidiana.
MADRE: Es más fácil matar a lo que no se conoce.MARTA: El crimen es el crimen, hay que saber lo que se quiere […]MADRE: […] es la costumbre, ni te imaginas la fuerza de la costumbre. […] la costumbre empieza con el segundo crimen. Con el primero no empieza nada, termina algo. […] matar es terriblemente fatigoso.
Su cansancio es existencial. Matar o no matar ha dejado de tener significado.
MARTA: […] los nuestros (los muertos) son los que menos sufren: la vida es más cruel que nosotras.
Marta pretende dotar de sentido su conducta asesina, necesita de ese sentido no solo para matar, sino para seguir viviendo, para soñar inútilmente en un futuro mejor que solo la acerca a la muerte.
MARTA: […] estoy harta de cargar con mi alma y tengo prisa por llegar a ese país donde el sol mata las preguntas.
Jan se siente culpable de haber abandonado a Marta y a su madre en una situación difícil y quiere recompensarlas. Es un optimista. Está confundido entre el amor que siente por María y el que quiere recuperar de sus seres queridos. Busca respuestas para encontrar las palabras adecuadas con las que identificarse, darse a conocer, pero no las halla, tal vez porque no las hay.
María, la mujer de Jan, no entiende sus dudas ni falta de palabras. Ella ve fácil la forma de actuar.
MARÍA: […] Solo tienes que decir: ¡Soy yo!, y todo vuelve a la normalidad.
Es inocente e ingenua. Respeta a Jan en su decisión de buscar las palabras que le ayuden a resolver su angustia. Cree en Dios y aguarda su ayuda, tiene esperanza en que la vida premie su amor.
Jan deseaba al llegar que su madre y Marta le reconocieran al instante; había fantaseado con ello, pero nada sale como lo había planeado.
JAN: […] Me miraban pero no me veían.
María no encuentra normal las dudas e incertidumbres de Jan. Él quiere conocer a su madre y a su hermana desde la distancia del anonimato.
MARÍA: […] deja hablar al corazón.
Él no necesita a su familia en realidad pero quiere expiar su culpa. Construye una responsabilidad abstracta que quizá tuvo sentido en su momento pero que ahora carece de él.
JAN: […] Debo cumplir mi palabra […] la que me impuse cuando comprendí que mi madre me necesitaba […] No soy nadie sin mis sueños.
Quiere dotar de orden a su vida pero desde una decisión interior, irreal.
JAN: Un hombre necesita encontrar su definición.
Durante la evolución de la obra mantiene la obsesión por hallar las «palabras» adecuadas para darse a conocer, para solucionar el problema de su culpabilidad.
JAN: […] Terminaré por encontrar las palabras que lo arreglen todo.
El azar juega con los personajes. Jan le da el pasaporte a Marta pero ella se lo devuelve sin leer el nombre del titular. Lo tiene en sus manos, está a punto de abrirlo, sin embargo no lo hace. A Marta le irrita el aire de inocencia de Jan. El mundo es culpable de su zozobra e insatisfacción y lo odia y lo combate a su modo.
MARTA: […] cuando me ocupe de él pondré algo de la cólera que siento frente a la estupidez del hombre.
El azar sigue gobernando sus vidas. Hay una intención de intervenir sobre el curso de los acontecimientos, de detenerlo, pero es muy leve.
MADRE: […] Esta noche no. Concedámosle esta noche. Permitámonos esta tregua. Quizá por él nos salvaremos.
No hay tregua, la muerte es la liberación. La madre ha descubierto la identidad del muerto. Jan goza de su último sueño.
MADRE: […] es libre ahora del peso de su propia vida. Ya no conoce la angustia de las decisiones, la tensión, el trabajo por terminar […] En este momento no tiene exigencias consigo mismo, y yo, vieja y fatigada, estoy a punto de creer que esa es la felicidad.
A Marta le irrita el fatalismo de su madre, su desidia, su desinterés, le pide cuentas porque no comparte sus deseos y así lo manifiesta.
MARTA: No, madre, usted no me abandonará. No olvide que yo me quedé y él se marchó, que me tuvo usted a su lado toda una vida y él la dejó en el silencio. Eso hay que pagarlo. Eso tiene que entrar en la cuenta. Y usted debe volver a mí.
Marta odia su destino, sabe que han matado a Jan pero no hay arrepentimiento y sí un cierto deleite con la venganza.
MARTA: […] Nadie besó mi boca y ni siquiera usted vio mi cuerpo sin ropa. Madre, se lo juro, esto hay que pagarlo. […] Comprenda que para un hombre que ha vivido, la muerte es cosa de nada […] Aunque lo hubiera reconocido nada hubiera cambiado.
El final se acerca y Marta se rebela de un modo baldío contra su destino.
MARTA: […] Pero a mí, que padezco injusticia, no se me ha dado lo que me corresponde, y no me arrodillaré. Privada de mi lugar en esta tierra, rechazada por mi madre, sola en medio de mis crímenes, abandonaré este mundo sin reconciliarme.
Apoteosis final en el diálogo entre Marta y María.
MARTA: Nos han engañado. […] Su marido conoce ahora la respuesta, esa morada espantosa donde al final esteremos unos apretados junto a otros. […] Ruegue a su dios que la haga semejante a la piedra […] La única felicidad verdadera […] Vuélvase sorda a todos los gritos pero si se siente demasiado cobarde para entrar en esta paz ciega, entonces venga a reunirse con nosotros en nuestra morada común […] Tiene que elegir entre la estúpida felicidad de los guijarros y el lecho viscoso donde la esperamos.
María se encomienda a su dios, busca las palabras justas para expresar lo que siente, igual que hacía Jan. Necesita una explicación que justifique el sinsentido del fatal desenlace pero no hay respuestas, ese dios en el que cree no puede impedir su destino, está «arrojada al mundo».
MARÍA: […] ¡Ten piedad de mí!
Entra en escena el viejo criado silencioso, la representación viva de la soledad del ser humano frente al mundo.
MARÍA: […] Ayúdeme, necesito que me ayuden. ¡Apiádese, ayúdeme!EL VIEJO: ¡No!

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3 comentarios:

  1. Jo..., Ángel. Sé que eres muy leído pero podías contarnos alguna historia que fuera edificante. Me gusta Camus pero es que últimamente no puedo con la existencia. Es difícil el día a día. A pesar de que me queje, me he leído esta noche la obra de teatro y me parece tremenda. Leí algo parecido sobre una carta que no llega a tiempo y eso provoca un suicidio. Parte de nuestra vida está en manos del azar pero también cuenta nuestra voluntad ¿no?

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  2. Impresionante obra teatro. La idea es genial si logramos atraparlo. Siempre nos encontramos luchando con nuestra razón, prisioneros de esperanzas futuras, y mientras tanto se nos olvida vivir y de paso cambiar lo que esté en nuestras manos.

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  3. Es impresionante la vigencia de Camus. Todavía, después de tantos años, sus textos nos siguen consternado. Cuando leo sus obras soy consciente de mis propios absurdos y eso me conmociona porque me hace ver que seguimos tropezando en las mismas piedras, una y otra vez.

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