12 abr. 2015

Tierra roja

Pedro, no podéis iros. Díselo, Inés. Es injusto. Ya sé que es injusto, Pablo, pero así ha sido siempre; cuando los mineros se jubilan tienen que abandonar la casa en la que han vivido toda su vida y criado a sus hijos. Pero no pueden echaros. Sí que pueden. Déjalo, Pablo. No, Inés, no voy a permitirlo, es inhumano… Hoy me despido de los compañeros; se acabó todo. ¿A dónde vais a ir? No lo sé, pero ya nos apañaremos. Yo no me conformo, no quiero quedarme en la mina hasta que me pudra enfermo y viejo. Te quedarás y te acostumbrarás. Eso les ha pasado a todos los mineros… Esta tierra hiede a sangre, Inés; cuando llueve se tiñe de un modo pavorosamente rojo. Vamos, Pablo, bebe otro vaso de vino y déjalo correr. ¡No! Hay que protestar. Hace muchos años lo hicimos y no conseguimos nada; hubo muertos, muchos. Pero de eso ya ha pasado tiempo. La compañía nos ha perdido el respeto, no nos teme, y no cede nada. Pues tendrá que temernos; en la guerra entre el capital y el trabajo hay dos bandos irreconciliables, el capital lucha para ganar y nosotros debemos hacerlo también. ¿Es que habéis perdido la capacidad de rebelaros contra la injusticia?... ¿Qué quieres hacer? Impedir el desalojo. Nos concentraremos ante la puerta y no dejaremos que os echen. Habrá muertos. Tal vez. Vendrá la policía, muchos. Seguro. ¿Qué haremos entonces? Nos enfrentaremos a ellos. Nos atacarán. Les venceremos. No tenemos armas, ellos sí. Somos pocos. No importa… Tengo miedo. Es normal. Me quedo con vosotros. Sería una cobardía irse ahora. Yo sí me voy. ¿Te vienes? No, no quiero que nadie luche por mí. ¿Cuándo te jubilas, Juan? Dentro de dos meses. ¿Dónde vas a ir? No lo sé, no tengo a dónde. ¡No te irás! No soy tan optimista… Hace fío. Sí, pronto saldrá el sol y nos sentiremos mejor. Entonces vendrá la policía. Sí. ¿Y qué haremos? ¡No pasarán! Dispararán contra nosotros. Nos defenderemos con lo que tengamos. No será suficiente. Perderemos. Es posible; sin embargo esta lucha tiene memoria, es casi biológica, rememora otras, y se convertirá en un eco que alimentará las luchas del futuro… ¡Ya vienen! ¡Resistid! ¡No os mováis! ¡Apartaos! ¡No! ¿Vais a disparar? A vosotros también os paga la compañía pero para hacer el trabajo sucio. Cumplimos órdenes. Sin embargo el cumplimiento de esas órdenes supone verter sangre de inocentes que defienden una vida mejor. Las órdenes son las órdenes; no son buenas ni malas. Hay que obedecer. ¿Por qué? Es nuestro trabajo. Cobras un salario pero no trabajas, no produces nada útil para la sociedad; solo sirves miserablemente a los amos. ¡Abrid paso! ¡No! Un disparo. ¡Han asesinado a mi hijo! ¡Venganza! ¡Acabad con todos!... Hemos matado al sargento y a varios policías; hemos incendiado la residencia de los dueños de la mina; el ingeniero también ha muerto en la refriega… Han caído muchos de los nuestros. Toda la mina se ha paralizado y el pueblo ha ocupado las calles con una sola voz… Ahora viene lo peor. La represión. Sí. Han llegado muchas fuerzas de policía. Están haciendo detenciones masivas. Torturan en los interrogatorios; buscan culpables. Hemos sido todos. Todos. Tengo miedo a no aguantar los golpes; tengo miedo al dolor. Aguantarás… Dime quién incendió la residencia de la compañía. Fuimos todos. ¡Contesta! ¿Quién mato al ingeniero? Fuimos todos. ¿Quiénes atacaron a la policía? ¡Habla! ¡Fuimos todos! ¡Fuimos todos!... Las balas han atravesado las paredes de las pobres casas y provocado la muerte de las personas que estaban dentro. Todos hemos sido culpables y todos hemos sido castigados. Tanta muerte no ha servido para nada. Sí, ha servido. Hemos regado con más sangre un campo que es un referente, una lección. Su voz quizá duerma un tiempo pero volverá a resurgir con más fuerza, provocando nuevos impulsos que harán explotar las tensiones que la guerra de clases conlleva. Entonces volverá a atronar el grito de esperanza que incendiará no solo nuestras mentes sino también el mundo entero. En ese instante ya no será necesario regar más con sudor y sangre esta tierra de espanto…

Este texto está inspirado libremente en «Tierra roja» de Alfonso Sastre.


El drama «Tierra roja» lo escribió Alfonso Sastre en 1954, después de un viaje por la provincia de Huelva, en el que pudo constatar en directo las condiciones de vida de los mineros de Riotinto. Esta obra fue censurada y prohibida. No se ha estrenado después «si se exceptúa alguna representación en teatros independientes de América Latina». Según cuenta Alfonso Sastre en el prólogo de una edición de 1992: «Pablo Sorozábal Serrano hizo una ópera sobre este drama que no ha llegado a estrenarse».


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