24 nov. 2016

Sobre esos juegos que nadie cuenta

Todas las personas tenemos secretos, más o menos inconfesables, que permanecen ocultos hasta que son descubiertos o manifestados abiertamente, en un vano intento por darles forma en la realidad. La aventura equinoccial que narra Luis Landero en Juegos de la edad tardía expone, casi de un modo obsceno, el interior tragicómico de un sujeto de vida insustancial, un individuo que podemos ser cualquiera.

Luis Landero (1948) es un extremeño nacido en un pueblecito de Badajoz, Alburquerque, que ha sido galardonado en numerosas ocasiones con premios literarios de renombre, entre ellos el de la Crítica y el Nacional de Literatura. Estos galardones los recibió por su primera novela: Juegos se la edad tardía (1989). Estamos ante otro genio que triunfa con su primera obra, este ya iniciada la cuarentena.

La historia de Luis Landero es admirable. Pertenece a una familia de agricultores que para progresar tuvo que emigrar a Madrid en 1960. Sus recursos eran más bien escasos por lo que tuvo que ponerse a trabajar muy joven, no solo para pagarse los estudios sino para aportar dinero a la economía familiar. Los oficios que desempeñó fueron variados, es decir, se ocupaba en lo que le salía. Mientras escribía poemas, trabajaba en un taller mecánico o hacía repartos para una tienda de ultramarinos (tenía quince años). A pesar de las penurias, y realizando un gran esfuerzo, logró licenciarse en Filología Hispánica en la Universidad Complutense, en Madrid. Después de finalizar sus estudios, la vida le fue benigna, al menos en lo que se refiere a los empleos que desempeñó: Profesor ayudante de Filología Francesa, profesor de Lengua y Literatura en un instituto de enseñanza media, profesor de la Escuela de Arte Dramático de Madrid y profesor invitado en la Universidad de Yale (EEUU). Aunque Juegos de la edad tardía es la novela que más fama le ha dado, ha escrito otras de singular importancia: Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1998), El guitarrista (2002), Hoy, Júpiter (2007), Retrato de un hombre inmaduro (2009), Absolución (2012) y El balcón en invierno (2014).

Como el mismo Luis Landero ha reconocido, la base inspiradora de Juegos de la edad tardía es autobiográfica. Piensa en su padre cuando escribe la novela. Bebe directamente de su infancia y adolescencia, «con razón se dice que a veces uno no elige los temas, los temas le eligen a uno». Gil representa al padre de Landero y Gregorio a él mismo. El padre, hasta el momento de su muerte, estuvo dominado por un «profundo sentimiento de fracaso», según palabras del propio Landero. «¿Qué quieres ser de mayor, Luis?», le preguntaba de vez en cuando. La misma pregunta la recibía Gregorio de niño. ¿Qué respuesta dar? Solo la que nace de ese caldo primigenio en el que se gestan los grandes hombres: la imaginación. El padre de Luis Landero muere cuatro años después de llegar a Madrid, en 1964. La madre, antes de su fallecimiento le hace una confidencia a Luis: «Tu padre dice que no le importaría morirse porque no tiene nada que hacer en la vida». El padre quería que Luis lograra lo que él no había logrado, que llegara a ser algo. Ante su féretro, Luis Landero prometió que iba a ser un hombre de provecho. Esta promesa y un verso de Antonio Machado hicieron el resto: «Yo voy soñando caminos de la tarde». Desde ese momento asumió convertirse en un mago de la existencia y realizar sus sueños cada día.

Juegos de la edad tardía contiene elementos de la vida cotidiana nada excepcionales, con personajes que están a nuestro alrededor, que no destacan especialmente, al hombre y a la mujer común, que ocultan ensoñaciones, miedos, naufragios, fantasías que les transportan a realidades gratificantes, en contraste con un mundo real castrador. En cuanto empecé a leer la novela el personaje central, Gregorio Olías, me cayó mal, me pareció aburrido, egoísta, taciturno; un sujeto triste, que hace tristes a los que le rodean, entre ellos a su mujer, sumisa y resignada a su suerte. ¿Qué me podía enseñar un personaje tan mediocre, un oficinista gris, un huérfano sin oficio ni beneficio; acogido por su tío Félix, un individuo ausente y sombrío, que lo educó como pudo, y lo empujó a descubrir los «secretos del afán»? «“―¿Qué es el afán?” “―El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas […]”»). El personaje me enseñó mucho. Me mostró su interior, su dolor, su tedio, sus escasas ganas de vivir como Gregorio Olías; su asco por una vida en blanco y negro, cuando él sueña con otra en tecnicolor.

Gregorio desea experimentar una vida amorosa intensa así como desarrollar su intelecto hasta el límite de sus posibilidades; incluyendo su lucimiento. Estamos ante un primo hermano de Don Alonso Quijano, inmerso en un afán irrefrenable de trascender. Quizá a Don Alonso se le fue la cabeza —es lo que tiene leer mucho—, pero a Gregorio no, él quiere ser otro, le urge ser otro para poder seguir respirando. Así nace Augusto Faroni. Gregorio desea ardientemente el advenimiento de Faroni, y su fiel admirador Gil también, sin él no son nada. Qué pequeño se le queda a Gregorio su trabajo, gestionando pedidos de vinos y aceitunas, por muy buena calidad que ambos productos tengan. Es que a Gregorio y a Gil, como a casi todos nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, de cualquier tiempo, la existencia no les ha salido como esperaban.

De pequeños abrigábamos ser por lo menos Spiderman, y luego no pasamos de mecánico, albañil, comercial, enfermera, administrativa o psicóloga; lo cual no está mal si fuera lo que andábamos buscando; pero claro, no es lo mismo subir por paredes verticales sin paracaídas, es decir, ser un superhéroe, que cumplir una jornada de ocho horas día tras día, siempre igual, sin alicientes. No, no es lo mismo recorrer los mares del sur, o descubrir islas desiertas repletas de caníbales y vivencias indescriptibles, que madrugar para calentar una silla, y ver pasar los años sin pena ni gloria. Por eso a Gregorio le es imprescindible inventarse a Augusto Faroni, como a un golem personal que nace dentro de él mismo, que no se conforma con acaparar su imaginación, sino que poco a poco afirma su intención de manifestarse en el mundo exterior, generando una anomalía espacio temporal en propios y extraños.

Cuando llega el momento apropiado, la metamorfosis se produce y de las entrañas del soñador surge un ser especial, irrepetible: ingeniero, poeta, políglota, audaz en el amor, arriesgado militante político, elegante, educado, delicado, atrevido, atractivo, culto, intenso, interesante: ni más ni menos que el inefable y nunca suficientemente bien ponderado Augusto Faroni. Alguien tan alejado de Gregorio que ni se reconocerían ambos si se cruzaran por la calle. Gregorio regresa a su adolescencia para recuperar sus deseos abandonados en una caja oculta en un rincón del que no hubiera debido volver a salir, porque los sueños marchitos duelen. Indefectiblemente, la terrible caja se abre y un halo onírico envuelve la escena para desfigurar a Gregorio, para transfigurarlo en el otro, en un héroe irrepetible. El mismo que contaminará a Gil con su emocionante esencia, hasta tal punto que hará que éste se vista igual, que visite los mismos sitios, que encuentre en la invención de su ídolo su propia identidad.

Es que nada es como lo soñamos, ni en el amor, ni en el trabajo, ni en las relaciones interpersonales. Ese desengaño asfixiante no es que sea contagioso, es que es usual. Por eso Gil, sin saberlo, participa del juego de Faroni a tumba abierta, porque él también exige vivir sus sueños, creer que otro mundo es posible. Así las cosas, por qué no hacer algo. Lo que sea. Mejor morir en el empeño si es necesario, antes que esa hibernación permanente que los caracteriza a los dos.

Gregorio y Gil se conocen a través del teléfono, se vislumbran distantes y a la vez muy próximos; se retroalimentan en una locura literaria que transgrede su cotidianidad. No se han visto en persona pero su relación es íntima y comprometida. Gil, sobre todo, recurre a Gregorio como referente, hasta que aparece Faroni, entonces Gil, renacido Dacio, le admira aún más, se adhiere a su presencia. La suerte está echada, con todas sus consecuencias. Como un Mr. Hyde cualquiera Faroni quiere acabar con la vida de Gregorio. Los dos no pueden cohabitar en el mismo tiempo, ya no. De ese modo, las mentiras se van volviendo realidades, alimentadas por la fe ciega de Gil, que necesita creer por encima de todo, porque está muerto en vida y quiere vivir, con Faroni o sin Faroni, si bien prefiere tener a éste de compañero de viaje.

¡Ay, Augusto!, qué genial eres. Tus mentiras son una droga que te alimenta, y que genera tolerancia, van a más, exigen nuevas capas de invenciones, en una huida hacia adelante en la que no se ve un final que no pase por la muerte del héroe. La construcción de tus fantasías son coherentes, ingeniosas, minuciosas; no dejas al albur ningún detalle; todo tiene que encajar y poseer visos de veracidad. De ese modo la historia que te cuentas cada día nunca tendrá final mientras estés vivo y puedas sostenerla.

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