9 ene. 2017

En ausencia de Blanca

Antonio Muñoz Molina nos sorprende con esta novela corta, aparecida en 1999, con una narración intimista y tremendamente psicológica. La trama es sencilla, el amor como artífice de universos posibles e imposibles. Deleite de propios y extraños. Abismo que aterra incluso a las personas más aventureras y ansiosas de sensaciones fuertes. Mario así lo vive, con la intensidad del adolescente de muchos años, que conoce esa tensión que sube desde las tripas y te estrangula la garganta, generando un impulso suicida hacia la inmersión en los brazos del otro, de Blanca.

Él es un «triste» funcionario de la Diputación de Jaén. Digo que es triste porque no tiene mayores aspiraciones; quizá podría haber deseado ser otra cosa, y hasta pelearlo, pero se conforma con lo que es. Franz Kafka también era un oscuro funcionario, sin embargo su mente se rebelaba contra esa condición que él reprobaba, pero que le servía para cubrir gastos, y desde su cubículo sombrío escribía sus historias, huyendo con ellas hacia un universo literario que le convirtió en un personaje diferente. Qué decir de Julio Verne, eterno aspirante a explorador, que solo salió una vez de su país, que se refugiaba entre libros y se rodeaba de sabios para escribir los viajes que nunca realizaría. Pues Mario no tiene ni ese interés liberador. Se limita a soñar con el amor. De hecho tiene una novia pero la relación es tan vacía como sus horas laborales. Entonces aparece Blanca. Su sueño de carne se materializa en forma de un ser hermoso, culto, sofisticado, inquieto, adorable, refinado, autodestructivo. Su objeto de deseo imaginado —material y espiritual—, el más perfecto, el único. A partir de ese hallazgo inverosímil, que termina en boda, se confina en el culto a Blanca, en un exclusivo ecosistema en el que habitar por siempre.

Él es un hombre sencillo, rutinario, sin ambiciones que vayan más allá de Blanca. Ella es el aire que le permite respirar, el agua que corre por sus venas, el alimento que le nutre; aparte de Blanca no existe nada en el mundo que pueda captar su atención. Blanca representa a otra clase social, lejana de la de Mario; su distinción no le intimida, al contrario, le admira aunque sea incapaz de participar de él. Ella aporta a su vida en común el Sol, él la Luna.
«A punto de cumplir los 30 años, Blanca, a diferencia de la mayor parte de la gente, no había renunciado a nada: quería pintar, quería escribir, quería saberlo todo sobre la ópera italiana o sobre el teatro Kabuki o sobre el cine clásico de Hollywood, quería viajar a las ciudades más exóticas, a los países más imaginarios, se le humedecían los ojos viendo «La dama de Shanghái» o escuchando a Jessye Norman, la voz le vibraba cuando leía en el suplemento dominical de El País las delicias gastronómicas que servían los mejores restaurantes de Madrid o de San Sebastián, delicias que por tener nombres italianos o franceses, cuando no vascos, Mario no era capaz de imaginar.»
 Ambos, su unión, conforman las veinticuatro horas de unos días irrepetibles. Ella sueña con excitantes horizontes, él roba los minutos a otras actividades para estar al lado de su adorada. Mario ha proporcionado a Blanca paz y orden en su vida pero ella no tiene suficiente. No es culpa de él, no es culpa de nadie. Quizá la insatisfacción derivada del continuo anhelo creativo genera un malestar difícil de erradicar. Mario siente sus ausencias, sus vacíos, sus silencios, y la idea de pérdida le desgarra por dentro, le tortura. ¿Qué es sin Blanca?

El laberinto interior de Blanca y Mario, de Mario y Blanca, supera las caricias, las miradas y el deseo, y se convierte en un sendero fatal que corre por un cable de funambulista, que presagia la inminente caída. El amor es así. Idealizamos al amado, lo revestimos de valores, de poderosos sentimientos; lo construimos a nuestra medida. Como Pigmalión, creamos una imagen en la que volcamos todo nuestro ser para que esta nos devuelva parte, al menos, de esa entrega. ¿Qué sucede cuando la devolución no cumple la expectativa? Entonces aparecen la confusión, los reproches, la desesperanza. Amamos quimeras y de pronto, el contraste nos conduce hacia la fuga decente o traicionera. El mundo que comparten, entonces, se vuelve pequeño y asfixiante, hasta que ella parte, para volver después. ¿Pero realmente vuelve?

El amor es un misterio, uno más de los muchos con los que elaboramos la realidad para que esta nos sea más llevadera. Una fantasía hecha de enigmas irrealizables. Seducción, deseo, alejamiento y quebranto, componentes ineludibles de un cóctel que embriaga primero y produce una cruel resaca después.

Con tanta elucubración interior, Mario llega a preguntarse, en un momento dado, quién es ella. Quién es esa persona que se sienta en el sofá que comparten. ¿Es la que amó? ¿La que todavía ama? ¿Se está volviendo loco? Tal vez no es ella la que está cambiando. ¿Es él el que está dominado por una obsesión?

Cuántas interrogaciones para Mario, tan familiares por lo cotidianas. Cuando llega el tiempo de detenerse y contar y sumar el querer, sin reinventar ni fabular, en ese instante la tierra desaparece bajo sus pies y el flujo del pensamiento se vuelve caótico, rozando la demencia. Locura de amor, locura de desamor, siempre locura: locura. ¿Podrá volver a empezar?
«Mario sintió que el mundo se estaba acabando para él, y aquel cataclismo definitivo y silencioso, que había imaginado y previsto tantas veces, tenía sin embargo la fuerza horrible de una novedad absoluta: haber sido abandonado por Blanca […]»




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