17 abr. 2017

El reflejo de las palabras



Kadar Abdolah (Irán, 1954) es el pseudónimo de Hossein Sadjadi Ghaemmadami Farahani. El pseudónimo lo adoptó en memoria de un compañero de lucha asesinado por el régimen de los ayatolás. Abdolah es un escritor residente en Holanda, refugiado político iraní desde 1988. Participó en la resistencia contra el Sha Reza Pahlevi y luego contra el régimen de los clérigos encabezado por el ayatolá Jomeini. Kadar Abdolah estudió Física en la universidad de Teherán. Esta es la quinta de sus obras que ve la luz editorial. En nuestro país fue publicada por Salamandra en el año 2006, aunque en Holanda se había publicado con anterioridad en el año 2000. Abdolah escribe en lengua holandesa y es colaborador habitual de la prensa de su país adoptivo.

Al principio de iniciar la lectura de esta novela, estuve a punto de abandonarla. Me di como máximo la oportunidad de leer cien páginas, a lo sumo; si en ese intervalo no alcanzaba unos mínimos de satisfacción la dejaría. Al llegar a la página noventa y nueve algo cambió radicalmente en mi percepción de la misma porque ya no pude detenerme, y alcancé el final de sus casi trescientas cincuenta páginas en un par de días. ¿Qué me había inducido a plantearme dejarla? ¿Qué me impulsó a continuarla de un modo tan compulsivo? Es difícil de expresar las respuestas con palabras, pero podríamos hablar de esquemas cognitivos, mis esquemas, que no conseguían ver satisfechas sus expectativas en un primer momento; y una auténtica revolución de dichos esquemas en un segundo momento. Partimos del hecho de que la novela era la misma cien páginas antes y cien páginas después. En las primeras noventa y nueve el autor me presentaba un mundo sencillo, el mundo de un humilde sordomudo de nacimiento, residente en un pueblecito perdido en un Irán medieval, cerca de la frontera con la antigua Unión Soviética. Su oficio era el de arreglar alfombras persas. Kadar me describía su ingenuidad, su bondad, su relación con un entorno en el que el «libro sagrado» venido del cielo ocupaba un papel trascendental en la vida cotidiana; un mundo que se parecía más al narrado en «Las mil y una noches» que al del Sha Reza Kan o al de su hijo Reza Pahlevi. Estos últimos quisieron modernizar el país a fuerza de represión y crueldad, y el pueblo no lo llevó bien, no lo aceptó. Ni estaba preparado para asumir una occidentalización radical ni para una revolución de izquierdas. Al final, fueron los clérigos los que supieron aprovechar la ignorancia de la sociedad iraní para hacerse con las riendas del país y someterla a un régimen tiránico y sanguinario.

En cualquier caso, en esa primera parte del libro, esas noventa y nueve páginas del inicio, los símbolos que se manejaban no formaban parte de mi «libro sagrado» de esquemas «modernos»; en sí, la historia me aburría; me preguntaba, en un esfuerzo de análisis racional, por lo que me podría aportar. Obviamente, había iniciado la lectura de «El reflejo de las palabras» con prejuicios culturales. Pero después, en la página número cien, mi cosmovisión psicológica se trastocó a través de la figura de Ismail, el narrador, que toma forma de carne y hueso, y adquiere un protagonismo que me atrajo. A través del hijo de Akbar, comprendí que la forma de narrar y los elementos que componen la historia tienen unas raíces ineludibles y particulares que hay que aceptar, sí o sí, para poder profundizar en ellas. Es decir, meternos en la piel del narrador —la novela es autobiográfica— y visualizar con detalle a los personajes que emergen de sus páginas, invitándonos a conocer sus vidas, sus sentimientos, sus ilusiones y sus miedos. A partir de esta comprensión, casi iluminación, la lectura se hizo fácil.

A que se produjera tan saludable efecto contribuyó la relación entre Aga Akbar y su hijo Ismail, que me trajo muchos recuerdos de mi antigua relación con mi padre, al que esta novela hubiera gustado mucho. Las características de esa relación van más allá de lo puramente sanguíneo para definirse dentro de patrones culturales compartidos, de aspectos religiosos más místicos que dogmáticos, más tolerantes que impositivos; todos ellos bañados con una ingenuidad que produce la sensación de que la práctica religiosa que ellos realizan tiene mucho que ver con una forma de estar en el mundo, individual y natural. Ahora bien, no hay que descuidar la cualidad de aceptación incondicional que comparten padre e hijo, pase lo que pase, vivan lo que vivan, los dos son diferentes pero son uno.

Tras la desaparición de Aga Akbar, cuando Ismail está refugiado en Holanda y ha recuperado su vida, una de las vidas posibles, abre el cuaderno de notas de su padre e intenta descifrar su contenido, asociándolo a lo que ha sido su vida. Solo hay un problema, el texto está escrito en caracteres cuneiformes que no hay forma de traducir con una cierta solvencia. Esta afición de Akbar por la escritura cuneiforme provenía de unas inscripciones datadas hace tres mil años que vio en su niñez en una cueva del monte sagrado del Azafrán.

Sin querer ahondar en la historia, solo me resta decir que a través de esta novela penetramos en un mundo que gira a gran velocidad sin saber hacia dónde va, a lo largo de dos vidas, la de Aga Akbar, y la de su hijo Ismail. Ambos, su mirada, conforman un escenario por momentos hermoso, y por momentos, aterrador.


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