30 oct. 2014

Erase una vez George Smiley


El género negro, tanto policíaco como de espionaje, se ha caracterizado por la creación de personajes carismáticos que forman parte de nuestro acervo cultural, llegando en ocasiones a producirnos un inquietante deseo de imitación, quizá por su invulnerabilidad, su fortaleza de ánimo o incluso por sus logros. Algunas de estas destacadas creaciones literarias —atractivas, valientes, elegantes, míseras, decadentes, entrañables, seductoras, misóginas, eruditas, siempre inteligentes, taciturnas, individualistas, y hasta con rasgos de humanidad— han sido Hércules Poirot, Sherlock Holmes, Jaane Marple, Padre Brown, Arsenio Lupin, Philip Marlowe y, mi preferido, George Smiley.
¿Por qué elijo entre las criaturas citadas a George Smiley? Tal vez porque es un tipo cualquiera, de esos que se pueden encontrar en la calle, todo lo contrario a un héroe o heroína; un sujeto invisible, solitario y triste. Quizá —he de confesar— tengo una predilección especial por las personas perdidas, fracasadas o, si se quiere, «malditas».
El creador del personaje es John Le Carré, pseudónimo de David John Moore Cornwell, nacido en 1931, en Poll, Dorset, Inglaterra. Su infancia y juventud no fue precisamente fácil, su madre abandonó a la familia cuando él era apenas un niño, y la vida con su padre no fue buena ―siempre estuvo cargado de deudas e incluso fue encarcelado por participar en un fraude a una compañía de seguros―. El carácter del padre quedó reflejado en su novela A Perfect Spy, publicada en 1986. Existe constancia documental que testimonia que tras la muerte de su padre, John Le Carrè pagó los gastos funerarios pero no asistió ni a las exequias ni al entierro.
Su formación académica comenzó en la Escuela Preparatoria de San Andrés y continuó en Sherborne School. Entre 1948 y 1949 estudió lenguas extranjeras en la Universidad de Berna, en Suiza.
En 1950 ingresó en el Cuerpo de Inteligencia del Ejército británico, en Austria. Dos años después retornó a Inglaterra, ingresando en el Lincoln College, Oxford. Bajo la nómina del MI5, aparte de estudiar, se dedicó a espiar a los grupos de extrema izquierda que actuaban en el entorno de la universidad. En 1954 abandonó Oxford y durante un año ejerció como docente para volver de nuevo a Oxford y licenciarse en 1956. Durante los dos años siguientes dio clases de francés y alemán en el Eton College. Después llegaría a ser oficial del MI5. Comenzó a escribir por esa época, naturalmente bajo pseudónimo. En 1960 fue transferido al MI6 y desempeñó diversos puestos en la representación diplomática de la Gran Bretaña en Alemania. En 1964 abandonó el servicio activo para sumergirse a tiempo completo en la escritura. Después de todo lo dicho, queda claro que su temática literaria no surgió por casualidad.
Aunque su obra es extensa quiero comentar la que fue su primera novela Call for the dead (Llamada para un muerto), publicada en 1961, en la que el autor hace un retrato pormenorizado del George Smiley que luego, el aficionado al género, llegará a reconocer como muy familiar.
Cuando pensamos en un agente secreto podemos tener diversas referencias simbólicas, una de ellas, indudablemente, puede ser la de James Bond, prototipo de personaje viril, indestructible, seductor y fácil de gatillo. James Bond apareció por primera vez en una novela de Ian Fleming, Casino Royale, en 1952. Si las comparaciones casi siempre son odiosas, en este caso no lo van a ser menos. Imaginemos a un Sean Connery inmensamente hermoso y luego visualicemos a un individuo de unos cincuenta años, bajo, cuadrado, de cara rellena plagada de arrugas, «al parecer con aire de batracio, miope e impenitentemente mal vestido», «parecía gastar mucho dinero en trajes francamente mal cortados, que colgaban alrededor de su rechoncha figura, como la piel de un sapo encogido»; me estoy refiriendo a George Smiley, claro. No hay nada de atractivo en él; a primera vista lo que se ve es «gris y vulgar». «[…] sin ser rico ni pobre, viajaba sin etiquetas en el furgón de equipajes del expreso social, no tardó en convertirse en una maleta perdida, destinada, ya resuelto el divorcio, a permanecer sin ser reclamada en el polvoriento estante de las noticias de ayer».
A nivel de vida profesional se le respeta pero hasta cierto punto, se le considera un agente quemado, que siempre ha desempeñado labores de poca monta en los servicios secretos británicos. Su día a día está marcado por una vida matrimonial frustrada que nunca parece superar; el recuerdo de la hermosa Lady Ann Sercomb le atormenta como una herida infectada.
Llamada para un muerto comienza en un contexto desangelado, frío, lluvioso, con una niebla pertinaz que tiñe espectralmente las calles de un Londres que en realidad prolonga las continuas sombras en las que vive Smiley desde la fuga de Ann con un deportista cubano, al que define al final de la obra, poco más o menos, como a un primate peludo.
En ese contexto depresivo se inicia una trama que va creciendo en intensidad, aparentemente de manera casual, a partir de la aparición de un cadáver, Arthur Fennan, con una nota de suicidio poco creíble. Smiley había procedido a interrogarle días antes, siguiendo instrucciones del Foreign Office, debido a una denuncia anónima en la cual se afirmaba que el funcionario en cuestión había militado en el Partido Comunista en su época de estudiante de Oxford. En la nota de suicidio se acusaba a Smiley de ser el responsable del mismo, debido al acoso a que había sometido al interrogado. Nada más lejano a la verdad pues el interrogatorio no pasó de ser una conversación amigable que se desarrolló en su mayor parte en un parque, dando un paseo.
La novela sigue su curso pero contemplando tres tipos de personajes: los «malos» (agentes del Telón de acero) por un lado; los funcionarios leales al Estado (entre los que se incluye él mismo Smiley) y los políticos que asumen cargos de gestión en la jerarquía del espionaje siempre más pendientes de salvar su imagen (o su culo) ante las instancias superiores, los ministros de turno, que de apoyar a sus subordinados. «Eres peligroso, Maston. Eres débil, estás asustado. Sacrificarías el cuello de cualquiera antes que el tuyo, lo sé. Me miras como si estuvieras midiendo la soga para ahorcarme», piensa Smiley en una entrevista con su jefe. Es esta visión de las relaciones internas dentro de la institución la que le lleva a dimitir al principio de la narración.
Entre golpe y giro de la trama, Smiley va soltando sus elucubraciones sobre sí mismo, sobre su relación con los otros y con el mundo: «Pero, ¿quién podía asegurar nada? Qué había escrito Hermann Hesse?: “Es extraño errar en la niebla: cada cual está solo en ella. Ningún árbol conoce a su vecino. Cada cual está solo”. No sabemos nada unos de otros, nada. Por muy estrechamente que vivamos, en cualquier momento del día o de la noche en que nos sondeemos mutuamente con los más profundos pensamientos, no sabemos nada».
La investigación continúa y, obviamente, nada es lo que parece en un principio. Al final George Smiley resuelve el caso, sin festejos ni oropeles, como hará siempre en todas las novelas en las que participa; sin embargo en su fuero interno, en lo más íntimo de su persona, siempre pierde.

3 comentarios:

  1. Estoy convencida que cuando Le Carré inventó el personaje estaba pensando en Sir Alec Guiness.

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  2. He leído poco a Le Carré pero lo tendré presente. Me gustaría que recomendarás algunos títulos.

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  3. La obra de Le Carré es muy extensa. Recomiendo los que más me han gustado de los que he leído que tampoco han sido muchos.

    Llamada para el muerto (Call for the Dead, 1961).
    El espía que surgió del frío (The Spy Who Came in from the Cold, 1963).
    El espejo de los espías (The Looking Glass War, 1965).
    El amante ingenuo y sentimental (The Naïve and Sentimental Lover, 1971)
    El topo (Tinker Tailor Soldier Spy, 1974). Serie «Smiley».
    La gente de Smiley (Smiley's People, 1979). Serie «Smiley».
    La chica del tambor (The Little Drummer Girl, 1983)
    La casa Rusia (The Russia House, 1989)
    El sastre de Panamá (The Tailor of Panama, 1996)
    El jardinero fiel (The Constant Gardener, 2001)

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