5 ene. 2016

El proceso



Acabo de terminar la novela El proceso, de Franz Kafka, publicada en 1925; y me he quedado tan frío y desangelado como la primera vez; debe ser el tercer intento que hago de disfrutar con esta obra y no lo he logrado. La geografía literaria de Kafka intimida, hasta el punto de dejarte exhausto ante unos argumentos que conducen necesariamente a la catástrofe existencial.

Este texto inacabado sobrevivió a pesar de la voluntad del propio Kafka. Antes de morir había dejado escrito que todos sus papeles fueran destruidos. Max Brod, amigo y biógrafo, recogió su legado, y, obviamente, hizo caso omiso a su petición. El proceso se publicó un año después de su muerte, acaecida en 1924, bajo la estricta mano de Brod, que suprimió todo aquello que no se mostraba acorde con la idea que él tenía de su amigo, al que consideraba una especie de «santo».

Hoy existe información suficiente para afirmar que Kafka precisamente no era un santo ni lo había pretendido. Se sabe que cuando ya estaba muy enfermo manifestó su intención de emigrar a Palestina, y, también, sus simpatías intelectuales por el jasidismo (una interpretación ortodoxa y mística del judaísmo). Como la novela El proceso estaba inacabada —ya lo he mencionado—, Max Brod ni corto ni perezoso se puso manos a la obra y corrigió, quitó y añadió a voluntad. Hasta su muerte en 1968 todo esto no se supo. Las manipulaciones no solo las realizó con El proceso, también actuó así con otras dos novelas: El castillo (1926) y América (1927). Por supuesto no hubo mala intención en ello, solo un criterio personal algo mesiánico que Brod se llevó a la tumba.

En fin, se puede indagar mucho entre lo escrito y publicado sobre este tema pero lo mejor es quedarse con el aura de la novela, sean cuales fueran las intenciones de Brod o del propio Kafka.

La novela narra la «epopeya» de Josef K. El personaje es un tipo normal, ha conseguido un buen puesto en un banco y vive bien, según los criterios de la época. Digamos que no ha roto un plato en su vida y se conforma con un rodar anodino sin ninguna pretensión. Vamos, un ciudadano más de su tiempo, o del nuestro, si se quiere. El río de la existencia le arrastra plácidamente hasta que una mañana es arrestado sin que medie acusación alguna, que desde luego tiene que existir porque todo el procedimiento jurídico administrativo está en marcha y se manifiesta sobre él agresivamente. Josef K. lo acepta con deportividad, un poco asombrado al principio, y pretende llegar hasta las más altas instancias, quiere conocer al Tribunal que le va a juzgar y las leyes en que se fundamenta su acusación. Sin embargo, a pesar de sus denodados esfuerzos, el pobre desgraciado no llega a obtener respuestas a ninguna de esas preguntas.

El proceso es una obra que hay que digerir a nivel individual y ver qué pasa —es decir, te quedas con lo que puedes—, porque cuando la comentas en un grupo de lectura las interpretaciones son variadas y en ocasiones muy distintas. Incluso llegas a tener la sensación de que tú has leído algo diferente a lo que te están contando o discutiendo los demás. Ese era el talento de Kafka o su «universo», por denominarlo de algún modo.

En esta lectura, mi agobio empático ha venido derivado de la sensación de judicialización extrema de nuestra vida social. Todo lo que rodea a Josef K., personas y cosas, parecen formar parte del tribunal que le juzga, como una especie de hidra de muchos tentáculos. ¿Y acaso no es nuestra vida así? No quiero desviarme del tema pero es que Kafka lo pone fácil. ¿No nos levantamos muchas mañanas con la sensación de que estamos sumergidos en un mundo reglamentado hasta el paroxismo, que nada tiene que ver con la satisfacción ni la libertad individual? ¿Cuestionamos esa reglamentación? ¿Nuestras vidas no sufren ese proceso de dominación sumisión desde que nacemos? Qué es el colegio, la disciplina académica o el trabajo asalariado sino la integración personal de los límites sociales que no debemos transgredir bajo ningún concepto. ¿Y qué pasa si nos salimos del guion? Nos convertimos en raros, somos juzgados por nuestras amistades, por nuestros padres, por nuestros compañeros y compañeras, por el profesorado, es decir, por cualquiera que se erija en autoridad competente; Kafkiano, ¿verdad? Pues El proceso es la consumación febril de todo esto; al menos a mí así me lo parece.

Quienes se atrevan, que cojan de la mano a Josef K. y le acompañen por un laberinto sin salida en el que nada parece tener sentido pero que desde luego lo debe tener pues para eso ha sido creado, y nosotros formamos parte íntima de él.



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