8 sept. 2016

El gamo ante la casa solitaria

El novelista y poeta inglés Thomas Hardy (1840-1928) tuvo unos primeros años de existencia que nada tuvieron que ver con su trayectoria posterior. A los 16 años se convirtió en el auxiliar del arquitecto de Dorchester, John Hicks —ciudad en la que había estudiado—, con el que trabajó hasta 1862, fecha en la que decidió ampliar su campo profesional, marchándose a Londres e incorporándose al despacho de un arquitecto de renombre, sir Arthur Blomfiedl. Si bien todo parecía apuntar a que su línea profesional iba a estar encaminada hacia la arquitectura, lo cierto es que desde muy joven había escrito poesía, siendo esta la que terminaría por centrar su creación literaria. En 1867 concluyó El pobre y la dama, una novela que nunca llegó a publicarse a pesar de sus enconados esfuerzos en diversas editoriales. En 1871 la suerte acompañó su tenaz empeño y fue publicada su segunda novela, Remedios desesperados. Después de esta publicación sus obras comenzaron a editarse con asiduidad, el público se había vuelto receptivo a su trabajo y eso facilitaba que los editores a su vez sacaran enseguida a la luz sus trabajos. En 1872 se editó Bajo el verde bosque. Esta novela es la considerada más importante de toda su obra. Un año después se publicó Dos ojos azules, novela en la que cuenta su relación con Emma Lavinia Gifford, con la que se casó al año siguiente. A esta le siguieron otras que caracterizaron su estilo naturalista, en el que los personajes se encuentran inmersos en una vorágine de fuerzas que intentan sojuzgarlos, sean estas provenientes de la propia naturaleza o de una sociedad castrante como era la victoriana. Hardy concibe la existencia como ajena a la voluntad de los humanos; según él todo está escrito, determinado. El mundo en el que vive es cruel y sin valores. Una especie de navío con pasajeros indiferentes, que viven una tragedia tras otra que asumen con fatalismo, incapaces de cualquier tipo de rebelión. Todo este tenebrismo se enmarca en un entorno campestre que dota de cierta ternura a los cuadros que esboza. En esta línea temática compone obras como Lejos de la multitud enloquecida (1874), Retorno al país (1878), El alcalde de Casterbridge (1886), Los habitantes del país de los bosques (1887), Tess de Urbervilles (1891) y Judas el oscuro (1895). Dos en una torre. La bien amada (1897) fue la última novela de Hardy. Entre 1903 y 1908 escribió un largo poema dramático inspirado en la batalla de Waterloo; con el mismo tema había escrito en 1880 otra novela, El trompeta mayor.

Aparte de novelas, también escribió numerosos relatos que se recogen en varios volúmenes: Cuentos de Wessex (1888), Un grupo de nobles damas (1891), Pequeñas ironías de la vida (1894) y Un hombre cambiado y otros cuentos (1913).

Si bien siempre escribió poesía, es en la última etapa de su vida cuando dedica a ella toda su atención y esfuerzo. Hizo recopilaciones con todo el material que tenía e incluyó poemas nuevos. Su obra poética fue publicada a partir de 1898: Poesías del Wessex, Poesías del pasado y del presente (1902), Juguetes del tiempo (1909), Sátiras de circunstancias (1914), Momentos de visión (1917), Poesías líricas tardías y juveniles (1922), Aspectos humanos (1925) y Palabras de invierno (1928).

Su incursión en el teatro tomó forma con la representación de La famosa tragedia de la reina de Cornualles (1923).

La antología de poemas que tenemos entre manos, El gamo ante la casa solitaria, es una de las muchas posibles. La que un público variopinto ha gozado en el tiempo, a pesar de los cambios generacionales. A continuación podemos leer un buen ejemplo de lo dicho:
Afuera, en las tinieblas, alguien mira
a través del cristal de la ventana
desde la blanca sábana aterida.
Afuera, en las tinieblas alguien mira
cómo, en vela, aguardamos la mañana
junto a la lumbre de la chimenea.
No alcanzamos a ver esos dos ojos
que nos contemplan desde la intemperie
y reproducen los destellos rojos
del fuego. No advertimos esos ojos,
ojos maravillados, rutilantes,
y sus pasos furtivos, vacilantes.
 (El gamo ante la casa solitaria)
O este otro poema tan revelador como el anterior, cuya temática nos puede resultar familiar desde el punto de vista de la experiencia personal:

Cuando el Presente cierre sus puertas tras mi paso
y, cual recién hilada seda, las tiernas rosas
de mayo acune el viento, ¿dirá el vecino acaso:
“Era de los que suelen apreciar estas cosas”?
Si es al ocaso y cruza sobre el denso follaje,
como en un parpadeo, un halcón por la umbría
y se posa en la zarza que el viento arquease,
pensará quien lo vea: “También él lo vería”
Si en la noche oscura y tibia, de insectos poblada,
cuando el erizo corre furtivo por el prado,
tal vez alguien dijera: “Porque nadie dañara
a estas pobres criaturas veló, y poco ha logrado”
Si al oír que he partido, junto al umbral se quedan
contemplando los astros en el cielo de invierno,
¿pensarán los que ver mi rostro ya no puedan:
“Fue alguien que meditó sobre el misterio eterno?
 (Después)
La colección contiene muchos poemas de esta índole, la mejor expresión de un Hardy fatalista e impotente ante la incapacidad del hombre de sobreponerse a las fuerzas que le acosan. El autor explica con dolor lo que ven sus ojos en un universo sensible que no es capaz de trascender. El amor está siempre presente, tanto como un acontecimiento exultante, como la mayor de las derrotas, por la condena que significa la manifestación de su contrario: el desamor. Los sentimientos de pérdida pululan por los versos con una melancolía insoportable. Se recrea en lo que ya no está, en lo que fue, en lo que pudo ser, quizá en un tiempo perdido imposible de recuperar. ¿Todo es efímero?, ¿he hecho lo correcto?, ¿debo arrepentirme antes que me llegue la muerte?

El poema que da nombre a la antología, El gamo ante la casa solitaria, podría servir de definición sobre lo que opina el autor sobre la naturaleza, y que determina su esencia imaginativa: la soledad humana. Eso es lo que ve el gamo tras los cristales que le separan de ese otro mundo que le es ajeno y lejano. Es, tal vez, una visión fugaz, pero Hardy ve así la existencia, un pasar sin ser visto, anónimo, por un recorrido que conduce inexorablemente a la muerte.


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