29 ago. 2016

La tía Tula y la negación del deseo

Esta es una de las obras más conocidas de Miguel de Unamuno (1834-1936). Aunque fue escrita en 1907 no vio la luz hasta el año 1921, lo que indica que tuvo un período de maduración largo. Posee las señas de identidad propias del autor, siempre inmerso en un angustioso mar de dudas, de contradicciones, de sí pero no. La protagonista de la novela, Gertrudis, la Tía Tula, es un buen ejemplo de esto. Se ha especulado con la tesis de que la trama está dominada por dos variables que se han estudiado mucho en antropología: el levirato y el sororato. El levirato se refiere al matrimonio obligatorio de una viuda sin hijos con uno de los hermanos del marido fallecido. Con esto se consigue mantener la línea sucesoria. El nombre del primer varón que surja de esta unión será el mismo que el del difunto, y heredará el patrimonio. En lo que respecta al sororato o matrimonio sororal, cuando un varón queda viudo se casa con una de las hermanas de su esposa, si las hubiere. Este tipo de prácticas son poco habituales en Occidente, más propias de culturas endogámicas menos desarrolladas socialmente. En el caso de Gertrudis yo me inclinaría más en centrar la tesis central de la novela en la represión sexual y en el ansia de maternidad como forma de realización personal.

La historia nos cuenta la vida de dos hermanas, Gertrudis y Tula, huérfanas, criadas por su tío, don Primitivo. Siguiendo el curso de sus vidas, Rosa contrae matrimonio con Ramiro. Tres embarazos son suficientes para que el cuerpo de Rosa quede extenuado y se rinda. En todo este proceso Gertrudis permanece indesmayable: entierra a su tío, cuida a su hermana, a sus sobrinos y a su cuñado. Tras la muerte de Rosa entramos en otra dimensión porque Tula ejerce de madre con los niños, vive con ellos y con su cuñado, hasta el punto que este le sugiere ocupe el lugar de Rosa a su lado.

Olvidaba decir, que antes de morir Rosa le hizo prometer a Gertrudis que aunque Ramiro se casara de nuevo, sus hijos no tendrían nunca madrastra, lo que indefectiblemente la obligaba a encargarse de ellos.

Progresivamente, la situación se va complicando, Ramiro la presiona para que tome una decisión y ella se debate entre hacer caso «a su cabeza o a su corazón». Casi todas las noches llora y reza, reza y llora, atribulada por una zozobra que es a la vez carnal y espiritual. Este, para mí, es el lazo narrativo que el lector debe desgranar hasta el final, extrayendo sus propias conclusiones, situándose en el lugar de Tula para cuestionarse la decisión que hubiera tomado en su lugar.

La Tía Tula es un texto sin demasiadas complejidades que refleja bien el tiempo en el que se desarrolla, y las preocupaciones de los adultos de su tiempo, aparte de la simple subsistencia, la procreación, el qué dirán y el cuidado de la progenie. El amor, aunque está presente en un primer momento, parece quedar relegado a un segundo plano, tapado por las exigencias anteriores.

Gertrudis sufre en todos los ámbitos de la existencia porque no está cumpliendo el plan previsto por la sociedad para la mujer, con la muerte de su hermana tiene la oportunidad de alcanzar la maternidad sin tener que perder la virginidad, un suceso extraordinario que nos recuerda mucho a la «Virgen María». Representa a una mujer fuerte, que dirige a la familia, que se sacrifica, que gana y que pierde. Aunque se cree la triunfadora, en realidad es una gran derrotada, gana solo en un aspecto importante para las mujeres de su tiempo, los hijos, pero pierde mucho: la auto realización a partir del amor, el deseo y la explosión de los sentidos.

Aunque Unamuno pretendió hacer en la novela una crítica a la religión lo cierto es que la figura de Gertrudis, al final, refuerza la familia tradicional, la impureza y torpeza de la sexualidad y la beatitud como norma moral de conducta; además, hace que Tula se convierta en un personaje autoritario y manipulador que construye su entorno según sus deseos de control y la idea que tiene de cómo este debe ser, pese a las opiniones y sentimientos del resto de los personajes satélite que giran a su alrededor. Desde luego actúa así con un alto rigor ético y por el bien de todos.


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