29 ago. 2017

Tempestades de acero

Ernst Jünger (1895-1998) ha pasado a ser conocido universalmente por este intenso relato sobre la Primera Guerra Mundial descrito desde dentro de las trincheras, aunque escribió mucho más, literatura, filosofía e historia. La impronta que dejó, a raíz de su primer libro fue controvertida, los nazis lo acusaron de marxista y los comunistas de nazi. Desde luego, el que se introduzca en Tempestades de acero se va a dar cuenta enseguida que el autor era muy joven cuando la escribió (diecinueve años), alguien que exaltaba la guerra, el heroísmo de los patriotas que mueren por su país y un nacionalismo exacerbado. Lo cierto es que cuando maduró siguió siendo un reaccionario, eso sí, civilizado, al uso de nuestro siglo. Hoy en día podría estar, perfectamente, en las filas de cualquier partido conservador de Europa y los EEUU. Los nazis, con Joseph Goebbels a la cabeza (el ministro de propaganda del Reich) pretendieron que se afiliara al Partido Nacional Socialista Alemán en varias ocasiones pero él se negó. A pesar de ello, utilizaron sus escritos sobre la guerra del catorce para enardecer a la juventud alemana y llevarla al matadero de la Segunda Guerra Mundial.
«Un libro brillante, un gran libro. Atemorizante en su realista grandeza. Poder, pasión nacionalista, verbo, el libro alemán por excelencia sobre la Guerra. Un miembro de su generación se alza para hablarnos sobre el evento profundamente emocional de la guerra, obrando milagros al presentarnos sus sentimientos más íntimos.» (Joseph Goebbels, 20 enero 1926.)
Jünger nació en Heidelberg (Alemania) en 1895 en una familia acomodada, su padre era profesor de química. Ya con dieciséis años apuntaba maneras en cuanto a lo que iba a ser su trayectoria posterior; en 1911 se sumó a los Wandervögel, un grupo juvenil que se parecía mucho a lo que iban a ser a posteriori las Juventudes Hitlerianas. Este grupo era contrario a la sociedad industrial, predicaba el amor a la naturaleza, a la patria y exaltaba de una manera casi mítica la idea de la nación alemana. En esas anduvo hasta 1913 año en que decidió, sin demasiada reflexión, alistarse a la Legión Extranjera francesa. Esta experiencia no hizo más que reafirmar sus posturas belicistas. En cuanto se desató la Primera Guerra Mundial se alistó. Como se describe en Tempestades de acero, sobrevivió a cuatro años de guerra y fue condecorado con la máxima distinción que otorgaba Alemania, una especie de medalla al mérito militar, la Blauer Max; contaba entonces veintitrés años.
En 1920, ya con la cabeza puesta en horizontes más tranquilos, autopublicó Tempestades de acero. En 1923 inició sus estudios de Filosofía y Ciencias Naturales. Aunque el discurso de Jünger era semejante en muchos puntos al del Partido Nacional Socialista Alemán, como ya he mencionado, rechazó siempre las ofertas políticas del partido y le prohibió utilizar su obra para fines de propaganda. Jünger no era antisemita, esto, desde luego, marcaba diferencias, pero en todo lo demás se acoplaba bastante bien al discurso de los nazis. En 1934 Jünger entró en conflicto directo con el gobierno alemán al denunciar el uso que estos hacían de sus escritos, condenando el racismo nacionalsocialista en Blätter und Steine.

Entre 1934 y el fin de la Segunda Guerra Mundial su experiencia vital e intelectual fue variada. En 1938 escribió El corazón aventurero, una obra que se aproxima mucho al surrealismo. Cuando apareció en 1939 Sobre los acantilados de mármol, una cruda crítica al totalitarismo, estuvo a punto de ser defenestrado pero lo mismo que se libró de morir en la Primera Guerra Mundial, se libró de la peste nazi, siempre por los pelos.

Como no podía ser de otra manera, lo llevaba en la sangre, se alistó en el ejército alemán y estuvo destinado en el París ocupado, en 1941, allí entró en contacto con numerosos intelectuales de la época, y, según su leyenda personal, ayudó a escapar a los judíos perseguidos que estuvieron a su alcance. Hay una frase interesante que anota en su diario al tener conocimiento del exterminio judío: «El uniforme, las condecoraciones y el brillo de las armas, que tanto he amado, me producen repugnancia». Jünger siguió publicando como pudo. Fue enviado al frente ruso en 1942. Participó en la conspiración contra Hitler que culminó con el atentado fallido de 1944. Su obra fue prohibida hasta 1949. A partir de esta fecha su obra es extensa y variada. Lo mismo escribe sobre el LSD, Besuch auf Godenholm (1952), (Visita a Godenholm), que sobre la concepción del mundo que se va forjando con el paso de los años, Eumeswil (1977). Con noventa y cinco años publicó Die Schere (1989). Se consideran de gran valor histórico sus diarios sobre la Segunda Guerra Mundial. Murió a punto de cumplir los ciento tres años.

La edición que voy a comentar de Tempestades de acero (1920) se compone de esta narración y de otras dos: El bosquecillo 125 (1925) y El estallido de la guerra de 1914 (1934). Falta un cuarto texto sobre la Primera Guerra Mundial para cumplimentar todo le escrito por Jünger sobre la misma: Fuego y Sangre (1925).

Como se ha mencionado más arriba, Ernst Jünger se presentó voluntario nada más estallar la contienda. Al frente acudió con sus armas reglamentarias más un pequeño cuaderno, una libreta, en la que deseaba reflejar todas sus vivencias. En concreto escribió catorce libretas, en base a las cuales desarrollaría los textos citados. En estos cuadernos, siempre que tenía ocasión, anotaba descriptivas frases, casi siempre breves, croquis, relatos de los aconteceres del día. Al terminar la guerra puso en orden sus notas y en poco tiempo, en 1920, publicó, financiada con su propio dinero, la primera edición de Tempestades de acero. A partir de ese momento, siendo consciente de su falta de pericia literaria, se dedicó a corregir algunas de las ediciones posteriores, no todas. Hizo correcciones en 1922, en 1924, en 1934, en 1935 y en 1961, cuando esta obra fue incluida en la primera edición de sus obras completas. Se ha citado una corrección más realizada en 1978. En la corrección de 1935 suprimió cualquier elemento, tanto gráfico como narrativo, que pudiera ser aprovechado por los nazis para su propaganda.

André Gide hizo en sus diarios, el 1 de diciembre de 1942, la siguiente anotación:
«El libro de Ernst Jünger sobre la guerra de 1914 Tormentas de acero, es incontestablemente el más bello libro de guerra que he leído, de buena fe, veraz y de una honestidad perfecta.»
El libro describe con perfección milimétrica la denominada «guerra de trincheras», característica de la Primera Guerra Mundial. El relato se inicia en Champaña, Francia, siendo Jünger soldado raso en el 73 regimiento de Hannover. En abril de 1915 resultó herido. Tras su convalecencia se apuntó a un curso de oficiales, de donde salió como alférez. Participó en diversas batallas como la del Somme en 1916, en las de Arras, en la Tercera batalla de Ypres y en la de Cambrai en 1917. Fue herido en trece ocasiones más, siendo la última, el 23 de agosto de 1918.

Que nadie busque similitudes en Tempestades de acero con Sin novedad en el frente (1929) de Erich Maria Remarque. Para Jünger la guerra es una aventura atractiva, una especie de deporte en el que perder significa quedar mutilado o morir.
«En general la guerra me parecía más horrible de lo que en realidad es. El espectáculo de los que estaban destrozados por las granadas me ha dejado completamente frío, y asimismo todo este pim pam pum, aunque varias veces he oído silbar muy cerca las balas.»
Según vas pasando las páginas de esta obra llegas a pensar que Jünger era un psicópata que disfrutaba con el juego de la guerra, con el espectáculo de la muerte en todo su esplendor. Por su mente pasaba la idea de que él era invulnerable a toda aquella carnicería que constantemente le rondaba. En cualquier caso, para él hubiera sido un honor morir en combate, por Alemania y el Kaiser.
«Hoy por hoy me lo paso bien en la guerra y le he tomado el gusto, ese constante jugarse la vida tiene un atractivo enorme.»


No hay comentarios:

Publicar un comentario