22 may. 2019

La paloma

Patrick Süskind nació en Alemania en 1949. Su formación académica la recibe en Alemania y en Francia, interesándose especialmente por la historia: estudió Historia medieval y Moderna entre 1968 y 1974. De manera temprana comenzó a escribir obras de teatro y guiones cinematográficos. En 1981 su obra teatral El contrabajo, un monólogo, se estrenó en Munich; la obra fue un éxito tanto en Alemania como en Francia. Sin embargo, su nombre saltó a la fama internacional con su primera novela El perfume (1985). Esta novela se tradujo a cuarenta y seis lenguas, se vendieron ni más ni menos que quince millones de ejemplares y fue llevada al cine en el año 2006 de la mano del director Tom Tykwer; la película también fue un éxito.

Süskind es un autor del que no se sabe mucho porque mantiene su vida privada a buen recaudo, no concede ningún tipo de entrevistas. Al respecto dice: “lo que tiene que decir un escritor lo dice en sus libros”. Ha rechazado varios premios literarios. Incluso no se presentó al estreno internacional de la versión fílmica de El perfume.

Sus obras más importantes son: El contrabajo (1981), El perfume (1985), La paloma (1987), La historia del señor Sommer (1991), Un combate y otros relatos (1996), Sobre el amor y la muerte (2006).


La paloma es una novela corta que cuando la lees primero te resulta extraña luego te turba hasta llegar al paroxismo. Todo es muy normal en el principio de la narración. Nos cuenta la historia de un individuo irrelevante, invisible para la sociedad, al que la aparición de una paloma en la puerta de su casa hace que toda su vida se derrumbe, nada más y nada menos. Evidentemente, lo que nos está contando el autor trasciende la simbología de una vida hiperestructurada y simple, y la presencia de la paloma. Süskind nos habla de rutina y de toma de conciencia, un acto que supone que el orden vital que creemos inamovible se puede tambalear en cualquier momento de manera inexorable, lo que puede significar el desamparo y quizá la extinción. El protagonista se llama Jonathan Noel, trabaja de vigilante de seguridad en un banco parisino en el que lleva una veintena larga de años. Poco tiene que hacer en su puesto: estar presente, firme como una estatua, pendiente de abrir y cerrar una puerta al gerente del banco cuando entra y sale en su lujoso coche. Contado así su vida parece asemejarse a otras muchas que conocemos, incluso a la nuestra, pero es que Jonathan tiene unas características personales muy particulares. Su vida es solitaria porque en esa soledad deseada se encuentra mejor; fue huérfano a temprana edad —los nazis se llevaron a su padres en 1942 y no volvió a verlos— y acogido por un tío que hizo lo que pudo en su educación. Creció envuelto en un halo de tristeza insuperable que pudrió su matrimonio hasta que la mujer le abandonó, llevándose a su hijo, entre otras cosas, por pura supervivencia. Superar el caos de su infancia, adolescencia, juventud y primeros treinta años de vida le llevan a buscar una fórmula perfecta de existencia: un trabajo sin sobresaltos y una cotidianidad recogida y sencilla.
“En el transcurso de los treinta años su cualidad esencial: era y seguía siendo la isla segura de Jonathan en un mundo inseguro, su sólido refugio, su albergue y, sí, incluso, su amante, porque la pequeña habitación le abrazaba con ternura cuando volvía al atardecer, le calentaba y protegía, le alimentaba el cuerpo y el alma, estaba siempre allí cuando la necesitaba y no le abandonaba nunca.”

“Quería perpetuar su relación, comprándola. Ya había cerrado el trato con Madame Lassalle, la propietaria. Costaría cincuenta y cinco mil francos nuevos, de los cuales ya había pagado cuarenta y siete mil. El resto de ocho mil francos debía quedar saldado a finales de año. Y entonces sería definitivo y nada en el mundo podría desunir a Jonathan y a su amada habitación hasta que la muerte los separase. Así estaban las cosas cuando en agosto de 1984, un viernes por la mañana, ocurrió lo de la paloma.”
Tal vez esa paz que encuentra sea parecida a la de su tumba anticipada, pero a fin de cuentas la ansiada paz y tranquilidad que desea. Para ello vive en su pensión de siempre, en una habitación minúscula, sin baño. Ni tiene amantes, ni amigos.
“[…] había sido durante toda su vida un hombre honrado y decente, modesto, casi un asceta, limpio y siempre puntual, obediente, digno de confianza, decoroso… […]”
La aparición de la paloma revuelve todo ese orden. Su máximo éxtasis existencial consiste en regresar a diario a la habitación de la pensión. Eso ya no es posible. Su huida personal de cualquier tipo de conflicto le enfrenta a la tensión del caos, a la pérdida del equilibrio precario que tan bien había construido, a un miedo intenso que le enloquece. Su devenir ya no está escrito, se ha convertido en una persona vulnerable que debe rebelarse contra la situación o morir, inevitablemente. A sus más de cincuenta años se encuentra sin recursos ni emocionales ni intelectuales para afrontar el nuevo reto que la paloma supone.

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