22 sept. 2015

Territorio comanche

«Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos.»
No voy a descubrir en este texto a Arturo Pérez-Reverte, el ilustre académico de la lengua y escritor de éxito. Aunque él pueda resultar polémico —que lo es—, cada vez que abre la boca sube el pan, no sé si por asumir una pose vital a lo Ernest Hemingway (viril, arriesgado, siempre en constante lucha por la vida, carpetovetónico y con un verbo desmedido) o porque, simplemente es así; lo cierto, es que todas las novelas que he leído escritas por él me han gustado. Una amiga me ha comentado más de una vez que no le entusiasma Pérez-Reverte, de hecho no lo lee, porque sus obras no tienen alma ni sentimientos, no transmiten emociones. No sé qué decir al respecto. Es una reflexión interesante que dejo en el aire para que quien lo desee la retome y la desarrolle.

Territorio Comanche, publicada en 1994, narra de una manera resumida la experiencia del autor como corresponsal de guerra durante 21 años, casi nada, de 1973 a 1994. No es un tópico decir que en las páginas de este libro pasa de todo y a toda velocidad. Casi no te da tiempo a digerir una escena sangrienta o luctuosa, cuando aparece otra nueva que la iguala o la supera. Evidentemente, esto hace que su lectura sea muy entretenida. Aunque se hacen constantes referencias a otros conflictos bélicos, la trama se desarrolla en la Guerra de la antigua Yugoslavia, de manera exclusiva en una larga y tensa espera en la que Márquez y Barlés permanecen impasibles con una cámara Betacam a todo lo que no sea la voladura del puente de Bijelo Polje por parte de militares croatas, para retrasar el avance de la Armija bosnio-musulmana. Si el puente es volado o no lo tendrá que descubrir el propio lector.

Durante esa espera el pensamiento da para mucho y en algo hay que entretenerse así que el narrador deja fluir sus recuerdos, mezclados con un presente por momentos aterrador. Y cuál puede ser el presente en una guerra en la que los que antes eran amigos y vecinos (serbios, croatas y musulmanes), ahora se matan sin piedad, como si fueran perfectos desconocidos y se odiaran de siempre; pues lo que se supone, sangre, mutilaciones, refugiados que huyen, todo tipo de bombas y balas que se cruzan, estallan, caen a su alrededor y les matan, no solo a los militares y civiles sino también a los periodistas. En esa guerra mueren muchos como: Miguel de la Fuente, por citar a uno. Como también murieron en otras guerras: Dickie Chapelle, Frank Capa, Ted Stanford, Bill Stuart, Cornelius o Juantxu Rodríguez. Aunque los más sobreviven para contarlo, como el propio Arturo Pérez-Reverte, Paco Custodio, Manu Leguineche, Alfonso Rojo o Miguel el Manchego.

El autor no deja pasar la oportunidad y le da un repaso simpático a la Niña Rodicio, a Paco Lobatón y a Televisión Española. Pérez-Reverte cuenta que «la antigua Yugoslavia estaba llena de domingueros». Se dice, al menos a mí me lo han contado así, que a partir de este libro TVE lo vetó de pisar uno de sus platós.

He pasado deprisa por lo que ven los protagonistas de esta historia porque quizá nos hemos acostumbrado demasiado a ver desgracias en la televisión, hasta el punto que el sufrimiento se trivializa. Pero, aún así, hay que verlos y olerlos, los cadáveres y lo que representan: «[…] en el fondo cada muerto no es sino eso: el dolor futuro de alguien que te espera y no sabe que estás muerto». «Todos los cadáveres que podía recordar eran siempre el mismo en la misma guerra, en su memoria y fuera de ella. Una vez hizo la prueba: editando un Informe Semanal sobre Angola, donde los muertos eran negros, insertó algunos planos de archivo con otros, blancos, filmados dos años antes, en El Salvador. Antolín, el montador de vídeo, estaba preocupado. Verás como la liamos, decía. Pero nadie notó la diferencia».

La guerra que viven los reporteros es una especie de cóctel lúbrico-siniestro que se compone de «toneladas de fragmentos de metal volando por todas partes […] horadando la piel, arrancando trozos de carne, quebrando huesos, salpicando de sangre el suelo, las paredes»; también de hoteles, muchos y carismáticos hoteles donde los guerreros y las guerreras de la información reposan; no falta el buen whisky, el champan, el vino o lo que se tercie, y, por supuesto, algo de sexo, si es posible. Digamos que las sobredosis de adrenalina se compensan con espasmos erótico etílicos cauterizadores.
«No sé qué os contarán otros; pero yo estaba allí, y juro que siempre es la misma: un par de desgraciados con distinto uniforme que se pegan tiros el uno al otro, muertos de miedo en un agujero lleno de barro, y un cabrón con pintas fumándose un puro en un despacho climatizado, muy lejos, que diseña banderas, himnos nacionales y monumentos al soldado desconocido mientras se forra con la sangre y con la mierda. La guerra es un negocio de tenderos y de generales, hijos míos. Y lo demás es filfa.»

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