16 oct. 2015

Marx en el Soho


¿Qué pasaría si un buen día Marx volviera a la tierra a repasar su vida y su filosofía con los hombres y mujeres de nuestro tiempo? Algo extraño, desde luego, sobre todo porque no se sabe de dónde viene, es decir dónde fue a parar después de morir. Todo un misterio. Pues eso es lo que sucede en esta obra teatral de Howard Zinn.

Zinn, fallecido en el año 2010, fue un historiador norteamericano cuyo pensamiento estuvo inspirado por ideas anarcomarxistas. Casi toda su vida la dedicó a defender los derechos civiles y a practicar en su país un antibelicismo que le generó muchos problemas, como es de imaginar. Aparte de publicar numerosos libros sobre los temas que le interesaban: La otra historia de los Estados Unidos, Sobre la guerra o Nadie es neutral en un tren en marcha, también hizo una incursión importante en el mundo del teatro con obras como Marx en el Soho o la dedicada a la vida de Emma Goldman, Emma. Se puede decir sin temor a equivocarnos que su trabajo dramático tuvo una clara intención política, que no solo pretendía influir en el espectador con su discurso subversivo, sino que, además, le ofrecía datos concretos, documentados e históricos para que sacara sus propias conclusiones y se posicionara desde la acción.

En Marx en el Soho Zinn genera un escenario imposible para situarnos frente a la lucha de clases que vivió y analizó Karl Marx, y que nosotros padecemos a diario, aunque haya quienes afirmen lo contrario. Como decía al principio, la obra nace del hecho insólito de su reaparición en la tierra a partir de un misterioso permiso de un comité que no describe, en vez de regresar al Soho de Londres, su lugar de residencia durante muchos años hasta su muerte, aparece en el Soho de Nueva York. En la versión estrenada en el Teatro del Barrio de Madrid, Marx recala en Lavapiés, en el presente, y dialoga con quien le quiere escuchar, con un lenguaje fácil de entender, a veces malhumorado, a veces chistoso, y por momentos emotivo. Cosas de viejo.

Comienza su aparición en las tablas con sus luengas barbas, su melena leonina y su mirada cargada de convicción y furia, y nos describe lo que le ha costado lograr volver a la tierra, aunque sea por un intervalo de tiempo muy pequeño. Tras acomodarse en escena, es decir, después de esa primera toma de contacto con el espectador, nos empieza a contar aspectos de su vida que podrían parecerse a lo que se describe a continuación.

«Mi vida no empezó mal pero en conjunto no se puede decir que fuera precisamente un paseo. El país en el que nací era lo que era, alguien lo denominaría hoy fascista; yo diría que tenía el típico gobierno reaccionario y despótico de la época. No nos olvidemos que hablo de la gran Prusia.

»Nací en Tréveris y no puedo contar mucho más porque mi infancia no me dejó demasiada huella. Como se sabe, mi familia era de ascendencia judía aunque mi padre, un hombre avispado, para adaptarse mejor a la vida del país y protegerse del antisemitismo imperante, se convirtió al luteranismo, si bien a sus hijos les proporcionó una educación laica. Teníamos una vida acomodada y sobre todo ilustrada. En 1835, con 17 años, empecé a estudiar en la Universidad de Bon Filosofía y Literatura. Como peculiaridad diré que entonces yo era un gran aficionado a la bebida, lo mismo que mi gran enemigo político el gigantón ruso Mijaíl Alejandrovich Bakunin; si bien beber más de la cuenta entre los rusos es algo trivial que forma parte de su idiosincrasia. No obstante yo no me quedé atrás, llegué a formar parte del Club de la Taberna de Tréveris. Ni que decir tiene que esos fueron otros tiempos, yo era muy joven. Siguiendo con el tema de mis estudios académicos, en Bonn no me fueron bien las cosas, no estaba muy motivado para el estudio y mi padre tomó cartas en el asunto; su decisión irrevocable fue mandarme a la Universidad de Berlín; decisión acertada, por cierto. En 1836 me comprometí, a pesar de ser una cría, con una amiga de la infancia, que sería mi compañera de por vida, Jenny von Westphalen, una auténtica baronesa prusiana que abandonó su rancio abolengo aristocrático para iniciar una vida de penurias a mi lado. La cosa, indudablemente, tuvo mucho mérito por su parte. No creo que ninguna mujer la haya envidiado. Es evidente que el matrimonio no era bien visto, yo de origen judío y ella aristócrata, mal asunto. Tuvimos que esperar unos años para conseguir casarnos.

»En la universidad me lo pasé bien. Hubo un poco de todo: estudios, juergas, buenas amistades, disputas y debates encendidos. En 1841 terminé mi tesis doctoral: Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro. En ella defendía el ateísmo de Epicuro. En aquel entonces podría haber emprendido una trayectoria académica convencional en la que tal vez me habría acomodado y vivido como un burgués liberal, cualidades no me faltaban para ello; sin embargo, ese no era mi destino, un año después me trasladé a Colonia para escribir en un periódico considerado por el gobierno como radical, la Gaceta Renana. En mis artículos criticaba la política de los mandatarios europeos así como a los políticos liberales que en nada contribuían a la mejora de las clases sociales más depauperadas. El periódico fue cerrado por las autoridades en 1843. En ese año se publicó mi Crítica de la filosofía del derecho de Hegel en donde arremetí contra la religión y en la que se reflejaba esa célebre frase que tanto se ha repetido: “la religión es el opio del pueblo”, sobre la que me reafirmo.

»A continuación un nuevo periódico me abrió sus puertas como director: Anuarios franco-alemanes, esta vez en París. Con los padres de Jenny fallecidos y ganando suficiente dinero para mantener una familia, nos casamos y nos fuimos a vivir allí. Unos meses después nació mi hija Jenny. En aquellos años París era una continua olla en ebullición por donde circulaban los textos revolucionarios más avanzados de los pensadores del momento. En ese caldo de cultivo caí en la cuenta de que el mundo no se cambia simplemente por las ideas sino por la acción práctica. Un buen punto de partida sobre el que construir mi teoría política.

»Con la suerte económica que ha definido mi vida, los “anurarios” pasaron a mejor vida y comencé a escribir en otro periódico, Vorwärts!, que estaba patrocinado por la Liga de los Justos, más tarde conocida como la Liga de los Comunistas. En 1845 este periódico fue cerrado y yo expulsado de Francia. ¡Pobre Jenny, menuda vida le esperaba!

»Dicho y hecho, hicimos las maletas y nos marchamos a Bruselas. En cuanto llegué contacté con la comunidad socialista procedente de diversos países de Europa, unos exiliados y otros no, que estaba instalada allí. Mi querido Engels se encontraba entre ellos. En 1847 publiqué La miseria de la filosofía en respuesta a La filosofía de la miseria, escrita por Proudhon. Nos habíamos conocido en París en 1844 y mantuvimos un fluido contacto al menos durante un año pero luego acabamos mal. La verdad es que siempre desdeñé la capacidad filosófica de Proudhon, un error imperdonable por mi parte. Sus teorías no acababan de convencerme. Era un hombre sin formación académica, ¡un autodidacta!, y su pretensión filosófica pura basura; así me lo pareció en aquellas fechas. Cuando sacó a la luz su libro La filosofía de la miseria no me gustó, he de reconocerlo, y quizá fui muy duro con él; creo que le llamé un poco de todo: “utópico” y “pequeño burgués” entre otras lindezas. Cosas de mi carácter, siempre ha sido un poco agrio y autoritario. En fin. Lo cierto es que desde la perspectiva actual asumo el hecho de que Proudhon, cuando tuvimos nuestro primer contacto, ya tenía su pensamiento filosófico bastante elaborado y su propia concepción de la dialéctica. Proudhon apostaba “por un equilibrio de fuerzas antagónicas, sin que haya ningún principio superior que las sintetice, y se negaba a aceptar el ‘absolutismo’ de ningún elemento. El acercamiento a la verdad se produciría gracias al equilibrio, a una permanente tensión y contradicción”. Yo, sin embargo, siempre he apostado por los postulados hegelianos: tesis, antítesis y síntesis. Para Proudhon solo había dos, no hay un final sintetizador, sino equilibrio. La polémica estaba servida y ambas posiciones en vez de confluir nos distanciaron; digamos que seguimos diferentes caminos.

He de reconocer, hoy puedo, que Proudhon nos dejó dos magníficas obras ¿Qué es la propiedad? y El principio federativo, que sentaron las bases para el posterior desarrollo de las ideas anarquistas; ideas que nunca he compartido y sigo sin compartir, aunque tienen su gracia, lo reconozco. Yo, por supuesto, continúe con la línea de trabajo que me había trazado, y con Engels, en 1848, publicamos el Manifiesto Comunista, estableciendo lo que pienso es un axioma fundamental de mi pensamiento: “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. Una buena ocurrencia por mi parte sobre la que no tengo ninguna duda a pesar de los años transcurridos. Pero sigo con mi relato. Ese año, 1848, fue un año revolucionario para muchos países. Parecía que Europa estallaba en levantamientos violentos contra los estados totalitarios. Yo apoyé con mis escritos esas luchas, y nuevamente la historia me pasó factura: fui acusado de financiar y fomentar levantamientos armados por lo que me detuvieron, aunque sin mayores consecuencias. Así que tuvimos que huir a Francia país en el que en ese momento había un gobierno republicano. Pero no me conformé con esa huida defensiva, y de manera aventurada volví a Colonia, tenía la idea de que la revolución iba a estallar allí; me puse manos a la obra y edite el periódico Neue Rheinische Zeitung, financiado con la herencia de mi padre que acababa de recibir. Las acusaciones y juicios no tardaron en llegar, mas en todos los casos fui absuelto. Hasta que el propio emperador Federico Guillermo IV tomó cartas en el asunto, cambió el gobierno, el periódico fue cerrado y yo expulsado del país. Bueno, qué le iba a hacer. Todas estas idas y venidas me apenaban sobre todo por Jenny y los niños pero… De vuelta a París me encontré con que el “poder” estaba ocupado por un gobierno reaccionario y, encima, había una epidemia de cólera. En cuanto llegue comencé mi actividad conspirativa y de inmediato la policía intervino.

»En 1849 tuve que buscar refugio en Londres con Jenny, que estaba embarazada, y mis tres hijos. Una vez encontré un más que modesto aposento en el Soho en el que albergar a la familia, volví a mi trabajo de estudio, escritura y sobre todo de agitación. En Londres establecimos la sede de la Liga de los Comunistas. Mis ingresos eran un desastre y trajeron consecuencias, sobre todo para mis pobres criaturas. De mis seis hijos con Jenny tres murieron: Guido, Franziska y Edgar… Y murieron de miseria, por una alimentación inadecuada, por la falta de calefacción y por la humedad de la casa. Pagué un alto precio por mi afán revolucionario. Ese coste no fue diferente al que pagaban a diario millones de obreros en el mundo, que trabajaban en condiciones de explotación extrema, con salarios que solo les permitían mal comer. Londres era un buen ejemplo de ello. En cuanto te alejabas de los barrios burgueses, las calles se convertían en cenagales inmundos en donde encontrabas seres infrahumanos, sucios, hambrientos, sin esperanza. Mis paseos no me aliviaban del dolor que sentía en mi casa al ver el drama que vivía mi familia, muy por el contrario, el mal ajeno se sumaba y me angustiaba aún más, me hacía concebir ideas locas de acabar con todo, de demoler hasta la última piedra de una sociedad que toleraba y alentaba semejante podredumbre e injusticia.

»Lo que voy a contar a continuación es un poco escabroso pero no puedo negar su realidad. Tuve otro hijo… Sí, el séptimo, pero no fue con Jenny. No estoy orgulloso de lo que ocurrió pero… se me fue la cabeza. El caso es que la familia de Jenny en vez de mandarnos dinero, que nos hubiera venido muy bien, nos mandó una criada de confianza que ayudaba a Jenny con los chicos y en las tareas domésticas. Y, bueno, Helene Demuth apareció en un mal momento, Jenny estaba enferma y yo estaba agobiado, y claro… Engendré a Freddy Demuth. Sin embargo nunca admití que fuera mi hijo; mi ángel guardián, Engels, lo reconoció como propio y me libró del conflicto con Jenny. Luego, el niño fue dado en adopción… Un suceso bastante lamentable. Prefiero no recordar esos hechos. Todos tenemos secretos que nos gustaría que no salieran a la luz…

»Aparte de Guido, Franziska, Edgar y Freddy, tuve tres hijas más. Jenny fue mi hija mayor. Muy lista y responsable. Fue militante socialista y escritora. Se casó con un veterano de la Comuna de París, Charles Longuet, con el que tuvo una niña y cinco niños. Pero la suerte no la sonrió y murió de cáncer muy joven, a los 38 años. Ya fue meritorio que sobreviviera a las penalidades que tuvo que padecer a mi lado.

»Luego estaba Laura. Nació durante nuestra estancia en Bruselas, lo que quiere decir que también tuvo un recorrido digno de encomio. En Londres conoció a Paul Lafargue, periodista, médico y revolucionario francés de origen cubano, cuando este trabajaba para la Primera Internacional. Se casaron en 1868. Sus vidas fueron durísimas, tuvieron hijos que murieron a corta edad, fueron perseguidos por la policía y se vieron obligados a llevar una vida de ocultamiento y miseria. Contribuyeron a la expansión de la Asociación Internacional de los Trabajadores y a la difusión del marxismo en Francia y en España, además de ayudarme en la traducción de El Capital. Llegaron a pertenecer a la dirección de la Segunda Internacional. Estoy muy orgulloso de Laura. Las cosas mejoraron un poco para ellos cuando Engels les dejó una parte de su herencia en 1895. Su final fue trágico pero honesto y coherente. En 1911 Laura y Paul se suicidaron, cumplieron un acuerdo previo según el cual se quitarían la vida en el momento en que su salud “no les permitiera mantener su independencia y dignidad vital”.

»Me queda hablar de Eleonora. ¡Qué chica! Salvaje, impulsiva, tenaz, la más inteligente de mis hijas, precoz en todo y con un carácter inaguantable, como el mío; mi preferida. Fue la pequeña de la familia, una alegría para Jenny y para mí. No la llevamos al colegio, la educamos en casa con esmero; y lo debimos hacer bien pues a los catorce años ya discutía alguno de mis escritos que pasaba a máquina, lo cual me sacaba de mis casillas. Desde muy pronto fue una activista socialista y feminista que desarrolló una gran actividad intelectual. Escribió números artículos en publicaciones socialistas y tradujo obras de la literatura universal como Madame Bovary de Flaubert o Enemigo del Pueblo, de Ibsen. Tanta energía y arrojo se fue por la borda en 1898; por suerte yo ya estaba muerto y no tuve que sufrir su suicidó, según se dijo, debido a una contrariedad amorosa con su compañero de entonces, Edward Aveling.

»Todo muy trágico, muy trágico…

»Volviendo un poco atrás, en 1851 trabajé durante un corto espacio de tiempo como corresponsal para el New York Tribune. Después de eso Jenny y yo, para variar, nos quedamos sin recursos, lo que significaba vivir en la más extrema pobreza; sobrevivíamos gracias a Engels que nos daba parte de sus ingresos de los negocios familiares.

»En ese tiempo desarrollé mis ideas sobre «la lucha de clases» y «la dictadura del proletariado. Me pasaba los días enteros en el Museo Británico, estudiaba y trabajaba en la que iba a ser mi obra más famosa, El capital, que vería la luz mucho más tarde, en 1867.

»En 1864 asumí el liderazgo de la Primera Internacional, también conocida como Asociación Internacional de los Trabajadores. La internacional se extendió por Europa como un reguero de pólvora. Sin embargo, mi enfrentamiento con Bakunin comenzó de inmediato, ambos no podíamos estar juntos. No soportaba al gigante ruso ni a sus discursos incendiarios; así que se produjo lo inevitable, expulsamos a Bakunin y a sus seguidores en 1872. Jenny me criticó por ello y tal vez tenía razón, éramos cuatro gatos y echábamos a uno; sin comentarios. Tal vez podría haber actuado de otra manera pero no lo hice.

»En 1871 ocurrió un acontecimiento que me conmocionó, bueno que conmocionó a toda Europa y sobre todo a los revolucionarios del mundo que tuvieron conocimiento de él: La Comuna de Paris, también conocida como La Commune. Fue la primera y auténtica revolución proletaria de la historia. Apenas duró dos meses pero demostró que la gente sencilla, con convicciones y una voluntad férrea y valiente, podía poner patas arriba la sociedad burguesa. Los hechos se desarrollaron entre el 18 de marzo y el 28 de mayo e instituyeron un proyecto social próximo a lo que podría ser un esbozo de comunismo. Esta explosión popular se produjo tras la derrota y captura de los ejércitos franceses a manos de Prusia en una corta guerra personalista inducida por Napoleón III. Tras dicha derrota París fue sitiada durante cuatro meses. Finalmente, las tropas prusianas entraron en la ciudad y se retiraron de inmediato tras la proclamación imperial de Guillermo I de Alemania en Versalles.

Pero la población de París no aceptó la rendición y el presidente de la república y su gobierno, Thiers, decidieron abandonar la capital, por si las moscas, e instalarse a una distancia de seguridad en Versalles, protegido por las tropas que le quedaban. París, en esas circunstancias, se quedó sin una autoridad legal. ¡Cómo disfrutó Bakunin con esa situación! Estaba en su ambiente: fuego, explosiones, olor a pólvora… Pero bueno… El caso es que la Guardia Nacional, una milicia compuesta por ciudadanos, bien armada y con artillería, se hizo con el control para garantizar la seguridad de la ciudad. Con la ciudadanía en la calle, dominada por un gran descontento debido a las penurias que pasaban para llegar a fin de mes, se produjo un movimiento a favor de la instauración de una república democrática. El Gobierno se dio cuenta de la situación e intentó hacerse con la artillería, en ese momento estalló la revolución, la población se alzó en armas. Con la ciudad en las manos del pueblo, se convocaron elecciones municipales y los puestos los ocuparon republicanos radicales y socialistas. ¡Ah! La commune… Añoro ese momento… Sigo… En tan poco tiempo de existencia se consiguieron cosas que parecen imposibles de lograr hoy en día, con todo lo listos que nos creemos y que os creéis. Se autogestionaron las fábricas abandonadas por los dueños, se crearon guarderías, se proclamó un Estado laico, la remisión de los alquileres no pagados, etcétera. En sí, medidas que pretendían paliar la pobreza.

»Fueron momentos muy hermosos… pero La Commune no podía sobrevivir, su ejemplo era demasiado peligroso para los gobiernos reaccionarios francés y prusiano. Enseguida París fue asediado y las consecuencias de las luchas que se produjeron y la subsiguiente derrota, sangrientas. Se luchó calle por calle hasta el final. Treinta mil citoyens de La Comuna fueron asesinados durante la heroica resistencia.

»Yo escribí un largo artículo sobre el tema y, por supuesto, Bakunin también, faltaría más

»En 1872, tras la ruptura con los bakunistas, trasladé la sede de la Primera Internacional a Nueva York, lo que supuso la decadencia de la misma. Bakunin pasó de mí sin vociferar ni insultarme demasiado, y montó su propia internacional a la que llamó en aquel momento algo así como “Internacional antiautoritaria”; lo cierto es que, visto lo visto, no le fue mal del todo. Hoy en día, por lo que sé, todavía existe la Asociación Internacional de Trabajadores de la que forman parte pequeños sindicatos anarcosindicalistas de todo el mundo. Me pregunto si el ruso loco no tendría razón y hubiéramos debido empezar por destruir la sociedad capitalista hasta los cimientos para partir de cero, sin respetar nada ni a nadie. No lo sé ni ya hay forma de saberlo….


»El tiempo pasó deprisa desde entonces y cuando me quise dar cuenta mi querida esposa Jenny había muerto, era diciembre de 1881, y yo cogí una gripe que me llevaría a la muerte quince meses después, el 14 de marzo de 1883. Morí como un apátrida, y a mi funeral asistieron unas diez personas. Después de todo lo vivido me hubiera gustado que una multitud acompañara mi féretro pero no pudo ser. Estuve jodido hasta el final.

»Se me acaba el tiempo. ¿Por qué os he contado todo esto? Sencillo. Mis ideas y las de Bakunin, y las de otras muchas personas como nosotros, intentaron armar intelectualmente a la clase trabajadora para que ganara la guerra de clases en la que estaba implicada inevitablemente. Debimos de fracasar en nuestro empeño porque por lo que veo en la prensa de hoy las cosas siguen igual solo que parece que ya no os interesan nuestros textos, nuestros conceptos. Y estáis equivocados, muy equivocados. No sabéis cuánto. Quizá poseáis un coche, o una casa, que pagaréis con suerte a los setenta años, pero las condiciones de vida a que tenéis que someteros para conseguir eso son de máxima explotación. Si reviso las noticias de este periódico de tirada nacional que tengo en las manos veo que en el primer semestre del año 2015 han muerto trescientas treinta personas en accidentes laborales. También leo que los desahucios han subido en el primer semestre, treinta y siete mil seiscientos ocho en total, que se suman a los casi cien mil anuales de los últimos cuatro años. Pero hay más, trece millones de españoles están en el umbral de la pobreza, es decir, viven con alrededor de seiscientos euros al mes o menos. Creo que la cifra de “trece millones” se queda muy corta. En Francia, sin ir más lejos, el umbral de la pobreza está en los mil cuatrocientos euros. Si aplicamos ese umbral a España, ¿cuántas personas son pobres aquí? Además, hay cerca de seis millones de parados. La sanidad es precaria. La enseñanza cara y de baja calidad. No sigo, para qué. Mi pregunta, la que me hago y os hago, es: ¿A qué esperáis? Sí, a qué esperáis para organizaros y luchar, luchar, si es preciso hasta la muerte. Porque es preferible que la vida sea corta pero digna, sin dignidad qué somos. El capitalismo ha evolucionado y vosotros y vosotras no, os habéis creído las historias esas que dicen que ya no hay lucha de clases, que todos somos iguales. Una buena mierda que solo los imbéciles se creen. Luchad porque si no estáis perdidos. Recuperad la esperanza en ese mundo nuevo que Bakunin y yo teníamos siempre en mente. Nadie os va a dar nada y menos el Capital, el Estado y sus instituciones. La libertad no se pide se conquista. Cualquier mejora en vuestras vidas tendrá que conseguirse a través del combate, sin mirar atrás, sin miedo, hasta la victoria, imbuidos con el espíritu de La Commune. La emancipación de las clases asalariadas será obra de esas clases o no será. Mi consejo de despedida es: ¡Organizaos y luchad!»


3 comentarios:

  1. Muy bueno el abuelo Marx. A ver si aprendemos algo y de una puta vez nos decidimos a pasar a la acción. Salud

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  2. Respuestas
    1. Cada persona a partir de su juicio, equivocado o no, decide qué hacer con su vida. Una de las opciones es la lucha por la transformación de la sociedad, si es posible desde lo cotidiano. Marx tomó su decisión. Y como él muchas mujeres y hombres. Yo no creo que actuaran así por los demás, pienso que lo hicieron por sí mismos. Era su forma de estar en el mundo.

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