19 jul. 2016

El cuento de Navidad de Auggie Wren

Estoy de vuelta con Paul Auster, en este caso con un cuento, ni más ni menos. Independientemente de su contenido, del que ahora hablaré, lo más interesante es todo lo que le rodea en el momento en que es creado y lo que generará después.

La historia del mismo comienza a finales de 1990 cuando Auster recibe la propuesta del New York Times de escribir un relato de Navidad. El encargo le dejó estupefacto, qué sabía él, precisamente, de la Navidad. La frase que exclamó en el instante de recibir la noticia fue algo parecida a la que he expresado. Sin tener ni idea de cómo afrontar el asunto salió a pasear por su Brooklyn querido, y en el estanco que regentaba su amigo Auggie Wren (fotógrafo aficionado que a ratos retrataba la misma esquina que veía desde su tienda) encontró las claves secretas de su inmersión en el universo literario de la Navidad. Wren, aparte de venderle los puritos holandeses objeto de deseo de Auster, le contó una historia sobre una billetera perdida y su intento de devolución a su dueño.

Tras escucharle, Auster sabe que tiene su relato y le pregunta a Auggie por lo que quiere como recompensa, este se lo cambia por un almuerzo. No está mal. El texto que surge de ese encuentro es muy corto, pero daría pie al guion de la película Smoke, de Wayne Wang. Indudablemente, aquel frío paseo por Brooklyn le resultó rentable a Auster, el azar la favoreció sin que sirva de precedente. En 1994 escribió el guion y al año siguiente la película ganó el Oso de Plata y el premio del Jurado y de la Crítica Internacional del Festival de Cine de Berlín.

 El almuerzo con Auggie le salió barato, muy barato. Auggie renegó un poco de la película, no quiso que apareciera su nombre auténtico, su personaje en la película no salía muy airoso, vamos que no se gustó en él. Hay quien dice que todo esto que estoy contando es ficción. Tal vez ni existe Auggie. Qué más da. Lo que narra el cuento es muy hermoso, y es una buena forma de enfocar esa otra ficción a la que llamamos Navidad. Como si viviéramos una ficción dentro de otra ficción. La vida misma.
«Me detuve un momento y estudié a Auggie mientras una sonrisa maliciosa se extendía por su cara. No podría asegurarlo, pero en ese instante tenía una mirada tan misteriosa, tan llena de algún profundo regocijo, que de pronto se me ocurrió que había inventado todo. Estuve a punto de preguntarle si me había engañado, pero enseguida comprendí que nunca me lo diría. Yo le había creído y eso era lo único que importaba. Mientras haya una sola persona que se la crea, no hay historia que no sea cierta.»
La forma en que narra Auster es ligera, sin dar demasiado cuartel a lo que se salga del foco de atención. Quieres leer rápido porque deseas saber qué pasa al final; pero ahí surge la contradicción básica cuando te metes en su mundo, también deseas que la historia no se acabe, tienes la sensación de que puedes estar dejando algo importante de lado, la tensión que te genera resulta excitante y atractiva.

Este cuento de Navidad no es un cuento para niños aunque estaría bien que lo leyeran los futuros adultos, porque habla de soledad, de solidaridad y de amor al prójimo por encima de todo. Supongo que ese es el manido trasfondo de esta fiesta cristina. Por lo menos una vez al año tendríamos que meter un pobre en nuestra vida, ser solidarios con nuestra madre y ayudarla a recoger la mesa, visitar a la abuela, saludar a la vecina y pensar que los otros, esos que deambulan a nuestro alrededor, no son nuestros enemigos.



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