30 ene. 2020

Pólvora, tabaco y cuero


Última novela del periodista y escritor Javier Valenzuela, nacido en Granada en el año 1954. Digamos que el periodismo no le ha surgido al escritor espontáneamente sino que lo lleva en la sangre ya que es hijo, sobrino y ahijado de periodistas. Lo curioso es que empezó estudiando la carrera de Económicas en la universidad de Valencia; pero ese esfuerzo, aparte de dotarle de título universitario, le sirvió para muy poco, su ambición existencial buscaba otros senderos. A principios de los setenta comenzó a escribir para la vanguardista y ácrata revista Ajoblanco. Este hecho lo podemos conectar con la novela que comento hoy. Aunque Javier Valenzuela no era un anarquista al uso de rompe y rasga (de pólvora, tabaco y cuero) sí que llegó a ser definido por el director de la revista, Pepe Ribas, como un “libertario pragmático”. Hasta donde yo sé, ahí se acabó todo su activismo conocido. A partir de la citada publicación barcelonesa trabajó en el recién fundado Diario de Valencia, hasta que en 1982 fue fichado por el diario El País en el que estuvo durante treinta años en los que hizo un poco de todo: entrevistas, crónicas de sucesos y reportajes; en 1986 pasa a ser corresponsal, primero en Beirut, luego en el Líbano, en Marruecos, en Francia y en los Estados Unidos. Al final acabó como director adjunto del periódico en Madrid. Su vida profesional siguió evolucionando y recién entrados en el siglo XXI alcanzó el puesto de Director General de Información Internacional de la Presidencia del Gobierno de España. En 2012 abandonó El País y participó en la fundación del diario digital infolibre.

Ha escrito nueve libros periodísticos: El Partido de Dios (1989), La última frontera (1996), España en el punto de mira (2002), Viajando con Zapatero (2007), De Tánger al Nilo (2011), Usted puede ser tertuliano (2011), Crónica del nuevo Oriente Próximo (2012), Crónicas quinquis (2013) y La Ínsula Barataria (2017). Y tres novelas: Tangerina (2015), Limones negros (2017) y Pólvora, tabaco y cuero (2019).

Su última novela, Pólvora, tabaco y cuero, es claramente un homenaje al anarquismo madrileño que tan denostado, ninguneado y negado ha sido por los que han escrito la historia de este país, tanto de izquierdas como de derechas. Desde ese punto de vista regenerador de la memoria, damos la bienvenida a la obra para que forme parte de la historiografía libertaria.

La obra abarca un periodo histórico de la Guerra Civil Española comprendido entre el 24 de diciembre de 1937 y el 6 de enero de 1937. La situación en Madrid en esas fechas era extrema, estaba cercado por las tropas sublevadas dirigidas por el general Franco, salvo por la carretera de Valencia; el Gobierno había huido a Valencia, la ciudad era bombardeada a diario por la artillería y la aviación fascista, y a pesar del internacional y popular “¡No pasarán!” pocos creían en sus posibilidades de resistencia y menos en la victoria de su causa. A pesar de ello Madrid resistió con valentía, con una convicción revolucionaria que en pocas ocasiones se ha manifestado en la historia de la humanidad: el pueblo en armas enfrentándose a un ejército profesional sublevado.

Pues en ese contexto tan desventurado, un antiguo sargento de la guardia de asalto, Ramón Toral, anarquista, delegado de Seguridad del barrio de Tetuán tiene que realizar una investigación. Estamos ante “el primer detective anarquista en la historia de la novela negra”. La narración comienza con la denuncia de una maestra, Marcela Burgos, pionera de Mujeres Libres y madre soltera. Esta mujer exige el esclarecimiento del asesinato a puñaladas de una compañera y vecina del barrio. Todas las sospechas, inducidas por ella, conducen hacia el marido de la asesinada; es conocido de antemano que esta vecina tenía un amante por lo que, en un principio, se establecen como móvil del crimen los celos. Marcela defiende la igualdad de las mujeres y su derecho a relacionarse con quien les dé la gana, igual que han hecho los hombres desde siempre. Pero lo cierto es que aclarar el asesinato no va a ser fácil para Toral porque el contexto bélico en el que se mueven es muy machista, y esa muerte, si había cuernos por medio, de algún modo se considera un “crimen de honor”. No todo el mundo piensa así pero el concepto fluye sobre las cabezas de algunos de los participantes en la investigación. Además, qué importa una muerte más entre el desfile de cadáveres que se cosechan a diario por causa de los bombardeos. Ramón Toral habla con Cipriano Mera, le expone el caso y este considera que el crimen machista es un “asunto de traición”, y hay que perseguirlo hasta el final, no puede quedar impune. Mientras investiga por el frente de batalla, por los cabarés o por los hospitales, recibe otro encargo del general Miaja en persona: descubrir al responsable o responsables de una red de falsificación de salvoconductos. Ramón Toral tiene trabajo por delante y sus indagaciones van a ponerle en contacto con los ya citados: Mera, Miaja o García Oliver, y también con el mismísimo Arturo Barea que vive prácticamente enclaustrado en el edificio de la Telefónica, controlando las comunicaciones de los corresponsales extranjeros.

La novela es amena y supone un repaso histórico por un Madrid que parece olvidado, pero que para los anarquistas sigue presente. Este homenaje que hace Javier Valenzuela es para ellos y ellas, para Mujeres Libres, para los milicianos y milicianas que acudieron a los sindicatos confederales para ofrecerse como voluntarios para combatir el fascismo, a esos hombres y mujeres que amamantados en el ideario anarquista quisieron cambiar el mundo, y construir sobre las ruinas una vida de esperanza, de solidaridad y de justicia social.

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