20 feb. 2011

La libertad no se pide, se conquista

Con la crisis económica —generada por la voracidad ilimitada del sistema capitalista, con el cual colaboramos a diario— tenemos una oportunidad única de revisar nuestros planteamientos vitales. Modo de vida que no elegimos hasta la edad adulta. Por decirlo de una manera comprensible, un día nos despertamos y descubrimos que nos encontramos dentro de él; inmersos en un engranaje de absurdos ideológicos del que pensamos no poder liberarnos nunca.
Estamos aprendiendo muchas cosas, si nos fijamos. La primera es que los gobiernos no gestionan el bien común de la mayoría sino el patrimonio de una minoría. Otra segunda lección que hemos aprendido es que los profesionales de la política en realidad no son servidores públicos, sino que atienden a intereses que están muy por encima de la base popular, por ejemplo al Banco Mundial, al Fondo Monetario internacional o al todopoderoso Club Bilderberg. A estas instituciones los pueblos, las naciones, los ecosistemas, les importan muy poco. Su máxima es la obtención de un beneficio siempre creciente y están dispuestos a conseguirlo a cualquier precio. En tercer lugar, por ejemplo, podemos constatar que el modelo democrático de las sociedades modernas se basa en un conjunto de falsedades a las que llaman derechos. Tenemos derecho a la educación pero se recortan sus gastos hasta niveles tercermundistas. Tenemos derecho o nos conceden el derecho a la sanidad pero también ésta sufre recortes y la asistencia cada día que pasa es más precaria. Tenemos derecho al trabajo. Un gran eufemismo. Se podría decir que sufrimos la obligación de tener que vendernos al mejor postor pero nuestro gran derecho, en realidad, es el de morirnos de hambre, eso sí de una manera políticamente correcta: sumisos y callados. Aún así no están conformes. Las mentes bien pensantes de las instituciones antes mencionadas se plantean el siguiente interrogante: ¿Si no se revelan contra nosotros es porque ocultan algo? ¿Quizá aún podemos quitarles más? A continuación la hacienda pública en vez de investigar a las grandes fortunas del país inicia una campaña  de inspecciones a parados y a autónomos porque les parece raro que no protesten.
Se me olvidaba que tenemos derecho a una vivienda digna. Solo hay un problema previo que resolver: sin trabajo, sin perspectivas de futuro y con un sistema de relaciones laborales basado en la precariedad, es muy difícil afrontar una deuda hipotecaria para toda la vida.
Por supuesto a los militares no se les baja demasiado los presupuestos, ni se les quita las subvenciones a la Iglesia, no se vayan a enfadar. El ejército es la garantía de que sus privilegios están seguros y la Iglesia, con su modo de actuar sinuoso e hipócrita, adormece nuestras conciencias con resignación cristiana y promesas de lograr una vida mejor, naturalmente después de la muerte.
El panorama, cuando menos, resulta grotesco. Si sacamos conclusiones rápidas vemos que el único derecho que tenemos es a votar cuando nos dicen, a confirmar y dar el visto bueno a nuestros opresores.
Alguien dijo que la libertad no se pide, se conquista. Nosotros a diario pedimos, suplicamos, pero no exigimos, no nos revelamos contra nuestra condición de esclavos modernos.
En nuestra mente somos auténticamente libres y es a partir de esa rebelión interior contra el absurdo en dónde se encuentra nuestra fuerza y nuestra esperanza de construir, desde abajo, sin mediadores, un mundo mejor.

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