20 jun. 2011

Asqueados

La siesta es algo excepcional siempre y cuando se tenga la cabeza vacía. En un vano intento de desconexión de los acontecimientos de las últimas semanas intenté relajarme y dormitar en el más amplio sentido de la palabra. Pero no pudo ser. Una idea obsesiva me martilleaba la conciencia. Desde que empezó el 15-M decenas de miles de personas se han movilizado en España. Hasta ahí iba bien, pero llegué más lejos. ¿Por qué tan pocas? El país está en la ruina. Nuestras instituciones de gobierno se encuentran en manos neoliberales o en manos corruptas, quizá sea lo mismo, el resultado final sí lo es. Entonces qué sucede. ¿Por qué los manifestantes no son millones? Abandonando toda esperanza de dormirme me puse a racionalizar y fue peor porque los interrogantes florecieron como la mala hierba.
Racionalizar lo que se dice racionalizar se puede racionalizar todo. Incluso la idea de un dios es razonable. Muchas personas llegan a la conclusión lógica de que dios tiene que existir porque la vida que les toca en suerte es detestable aunque no sea de las peores. Por eso afirman que tiene que haber un paraíso que les compense de tanto sufrimiento, sino están «jodidos». Yo, particularmente, pienso que hagan lo que hagan están «jodidos», pero como dijo alguien: «Mejor morir de pie que vivir de rodillas.»
En esa línea elucubré que aunque en las manifestaciones, asambleas y concentraciones hay todo tipo de personas, desde niños hasta ancianos, faltaba mucha gente de diversos sectores que de manera directa está sobrellevando los rigores de «La Crisis». Hice una lista subjetiva y repasé a sus componentes. Cito a algunos.
Los parados, unos cinco millones según la encuesta de población activa. Es evidente que no están participando en la «indignación» de manera masiva. Una incógnita. Los trabajadores con contratos precarios son legión en nuestro estimado país y sin embargo les parece innecesario incorporarse a la rebelión. Los trabajadores con puesto fijo permanecen impasibles ante una reforma laboral que en la práctica no solo elimina derechos sino que deja las manos libres al empresario para despedir a quien quiera, cuando quiera y a bajo coste. Los universitarios no han ocupado ni movilizado las facultades a pesar de que la enseñanza cada vez va a ser más restringida para las clases desfavorecidas y, lo que es peor, cuando terminen sus carreras, después del esfuerzo realizado, se van a incorporar a las filas del desempleo o o si trabajan lo harán con un contrato miserable. Pero sigamos repasando. ¿Qué pasa con los funcionarios en general? Les bajan los salarios, les amenazan con echarlos a la calle en las próximas reestructuraciones que se anuncian y ellos, sumisos, a la expectativa.
El profesorado —también funcionarios—, hasta hace no mucho bastante combativo, se ha abandonado a la abulia general y se olvida de la reducción de salarios, de la privatización de la enseñanza y del menoscabo de la educación pública. Como aparte de mano de obra también somos padres —los que lo sean, claro—, me pregunto si no estamos preocupados por el porvenir de nuestros vástagos. Pues parece que no. También he echado en falta a los ciudadanos «con papeles» de otras nacionalidades que brillan por su ausencia, a pesar de tener unas condiciones de vida mucho peores que el resto de la población. Tampoco he visto a los «sin papeles» y eso que en cuanto los coja la policía los puede internar en un «centro de concentración» para más tarde expulsarlos. Me faltan las abuelas y abuelos que con buen criterio se deberían estar cuestionando el porvenir de sus familiares de generaciones anteriores. Yendo más lejos, dada la cantidad de hipotecados que hay en España, este colectivo sin futuro tendría que salir a la calle en defensa de su techo; pues tampoco.
Se me olvidaba el sector de la policía —funcionarios de pro—, últimamente trabajando a destajo, persiguiendo y dando «hostias» a los «perro flauta» con el calor que hace, corriendo el riesgo de que en algún momento se las devuelvan multiplicadas; hay que reconocer que eso cansa y les produce estrés. No es necesario que diga que tampoco protestan.
En fin, como se ve, mucha gente en este país tendría motivos para «indignarse», «cabrearse» y «asquearse» sin embargo parece que no es así.
Analicemos por qué. Pueden existir varias explicaciones para cada caso. No se descarta una tara genética de nacimiento en la mayoría de la población mundial que nos impulsa a la sumisión. También puede que seamos simplemente felices y por tanto nos conformemos con lo que el poder nos da porque no necesitamos más. Pero razonemos antes de llegar a simplificaciones arriesgadas.
Los parados no protestan porque quieren dejar de estar parados y quizá piensan que si acosan demasiado a los poderosos la cosa va a ser peor, así que a aguantar hasta que lleguen tiempos mejores, es decir, a la siguiente burbuja financiera, o a acabar en la indigencia durante la espera. Los trabajadores con contratos precarios callan por temor a que los echen aunque las sucesivas reformas laborales impliquen que a partir de ahora todos los contratos sean precarios. Los trabajadores fijos cierran los ojos y los oídos a la realidad y sueñan con que el gerente de turno no considere la posibilidad de pérdidas a corto plazo, quiera mantener el beneficio de la empresa a toda costa y se cuestione reducir la plantilla para prevenir el riesgo de ganar menos.
Los universitarios quieren triunfar antes de los treinta años sin más consideraciones y evitan como la peste la visión de los contratos en prácticas, el «mileurismo» y el hecho fehaciente de que vivirán con los padres por tiempo indefinido. En lo que respecta al personal de enseñanza, su filosofía es rotunda: «De aquí no hay quien me eche». ¿Que la enseñanza no tiene calidad?, la culpa es de los padres, o del ministerio o de cómo está el mundo. A fin de cuentas el sueldo lo cobran todos los meses. Pedagógicamente ellos no tienen ninguna función, la obvian. La desidia les ha liberado de tal responsabilidad. Del resto de funcionarios se puede decir algo parecido con la salvedad de que se habla con insistencia de despidos en ayuntamientos. ¿Puede ser solo el principio del fin de su cómodo status? Tal vez. En cualquier caso, de momento pueden aguantar.
Si hablamos de los padres y madres y de la deuda ética que tienen ante sus hijos, de dejarles un mundo mejor, está claro que hace tiempo que han tirado la toalla por muchas de las razones ya expuestas, sea cual sea su posición. Viven al día, temerosos de perder lo poco que tienen, aunque no posean nada porque lo deben todo.
Los «inmigrantes» bastante tienen con sobrevivir pero el problema es que cada vez la situación va a ir a peor y perderán hasta el derecho a tener derechos. No obstante sueñan con que las cosas cambiarán para bien. Los abuelos y abuelas directamente ya no creen en nada y han olvidado la historia del mundo y en particular la de su propia nación. Qué decir de los endeudados, hipotecados y desahuciados… Estos verdaderamente esperan el milagro de los panes y los peces porque no existe otra explicación. También algunos se encomiendan al altísimo y confian en la máxima de que «dios premia a los buenos y castiga a los malos». ¿O era «dios premia a los malos y castiga a los tontos»?
Por último me quedan los sufridos defensores del orden público —funcionarios con vocación profesional—: los policías. Está claro que ellos van a sacar tajada de todo esto: horas extras y primas por peligrosidad, hay mucho «perro flauta» suelto. Al final van a redondear un buen sueldo.
Si nos damos cuenta, en todas estas hipótesis hay una construcción irracional: desear que las cosas mejoren porque sí, que la situación cambie por arte de magia.
Llegados aquí nos queda responder a algunas preguntas: ¿Somos conscientes de que nos auto engañamos? ¿Estamos tarados o tenemos algún tipo de déficit intelectual que nos hace permanecer inmunes a las agresiones del medio? ¿Somos felices a pesar de los pesares? Evidentemente no tengo las respuestas y eso me aturde. Solo puedo añadir lo que un conocido me comentó un día sobre la felicidad: «En este mundo solo los gilipollas son felices».

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