Por Ángel E. Lejarriaga
¿Quién es Chinaski? Buena pregunta. No sé si cuando pienso
en él, al imaginármelo, visualizo a un fantasma o al auténtico Charles Bukowski.
Se ha dicho y repetido hasta la saciedad que Chinaski es el alter ego del escritor, de origen alemán
y afincado en los EE. UU. Quizá tengan razón. También se ha publicado en
numerosos ensayos que la obra de Bukowski es prácticamente autobiográfica. No
voy a cuestionar estas tesis. Aceptándolas, vuelvo a interrogarme sobre la personalidad
del personaje. ¿El autor se identificaba con su engendro? ¿Lo utilizaba
simplemente para expresar su malestar ante un mundo decadente? Puede ser también
que le importara todo muy poco —por todo me refiero a los valores establecidos—
y sus escritos fueran un testimonio fehaciente de lo que experimentaba y
sentía. ¡Quién sabe!
Cuando te introduces en el mundo de Henry Hank Chinaski,
recibes sensaciones contradictorias, por un lado fétidas, por otro
irreverentes, antiautoritarias, corrosivas, soeces, machistas, autodestructivas,
en ocasiones sumisas, otras violentas. Y sin embargo no puedes evitar carcajearte.
Te hace gracia lo corrosivo que es, incluso su estupidez de alcohólico
impenitente. Te ríes de su falocracia, de su machismo provocador e inaceptable,
de su cosificación de la mujer. Es como si su universo íntimo se redujera a
conseguir unos pocos dólares para comprar whisky, jugar a las carreras de
caballos y acostarse, in extremis, junto
al «cálido culo de Betty» —El cartero—,
es decir, su Betty de turno. Siempre parece haber una Betty a su alrededor. Él,
que es tan «macho», tan autosuficiente, necesita de manera constante tener una
mujer con la que pasar el rato, a ser posible borracho. Sus contactos humanos,
salvo excepciones derivadas de compromisos laborales, empiezan y terminan ahí. ¿Qué
es Chinaski sin alcohol, sin relaciones superficiales con mujeres y sin un
bistec? Vacío. Chinaski no aporta nada. Su conducta es un mensaje en blanco. Te
gusta o no te gusta. No hay nada encubierto en su discurso. Chinaski es un
individuo anónimo, como cualquier persona corriente, que sobrevive como puede,
sin ideología, sin un objetivo que vaya más allá de la simple supervivencia y
de los momentos de placer que obtiene con sus limitados objetos de deseo. Su
vida se desarrolla entre dos inconsciencias. La primera definida por el
«infierno» de sus miserables trabajos —dentro de una sociedad modelo de
libertad y abundancia— sobre el que es mejor no pensar para no volverse loco;
la segunda, por la inconsciencia derivada del alcohol y el anhelado sueño
reparador que se deriva de su abuso. Ambiciona solo vivir, dentro de un cubo de
basura, pero vivir a fin de cuentas, sin más pretensiones, sin un compromiso
que no esté basado en lo inmediato.
Después de todo lo visto, me cuestiono si nuestra pobreza
existencial no está definida también, de algún modo, en ese estilo. ¿Cotidianamente
no nos comportamos como serviles robots de carne y hueso? ¿No luchamos a diario
por un salario, mejor o peor, con el que pagar la comida o el alquiler? Chinaski
o Bukowski, parece estar al margen del sistema pero en realidad es la
representación de una de las formas de vida que se pueden desarrollar dentro de
él. Quizá se expresa de manera cruda, soez, grosera, pero veraz. Es un
individuo sin futuro, lo sabe, y le da igual. ¿Por qué no? En la sociedad de su
tiempo, fue aceptado y rechazado. Aplaudido por los que se identificaban con él
y denostado por aquellos a los que les gustaba esconder la basura debajo de la
alfombra. No están bien vistos los antihéroes, ni los fracasados, ni los que no
comulgan con banderas ni música militar.
Dicen que fue un maldito, quizá si miramos de la punta de nuestra
nariz hacia dentro y tomamos conciencia del grado de alienación de nuestras
vidas, la repulsión que nos producirá la visión nos hará también sentirnos unos
malditos; si es así, por qué no manifestarlo, sin escrúpulos, sin miedo, sobre
todo sin miedo.
Sería interesante conocer el motivo que impulsó a Bukowski a
escribir y a intentar publicar su obra. Posiblemente lo hizo para trascender al
«cálido culo de Betty», al cuartillo de whisky diario y a las habitaciones
sórdidas y mugrientas. Eligió la opción de morirse de hambre antes que seguir
trabajando de cartero, después de doce años; entonces rondaba la cincuentena. Gesto
atrevido por su parte. Luego, el azar le proporcionó éxito. Dudo que él lo
buscara como fin último, quiero pensar que a lo largo de su vida intentó hacer
lo que le apetecía y casi al final tuvo suerte.
Obras recomendadas:
- El cartero
- Factotum
- Mujeres
