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7 jul 2025

Nuevos estudios sobre la salud mental en España


Por Ángel E. Lejarriaga


Este año se ha publicado un Estudio Internacional del Grupo AXA sobre Salud y Bienestar Mental, presentado por la Fundación AXA, que se ha realizado en 8 países de Europa, con muestras representativas de población con edades comprendidas entre los 18 y los 75 años. Los países estudiados han sido España, Reino Unido, Francia, Italia, Bélgica, Suiza, Alemania e Irlanda.

En la presentación del estudio estuvo el presidente del Consejo General de la Psicología en España, Francisco Santolaya, quien destacó la gravedad de la situación en nuestro país, haciendo hincapié en el hecho de que la salud mental en los últimos años no hace más que empeorar, a pesar de la palabrería de los voceros políticos que dicen estar estudiando el tema y mejorando los recursos: el porcentaje de personas que manifestaron tener problemas psicológicos en 2022 fue del 26% mientras que en 2023 el porcentaje ascendió al 34%.

El estudio que se cita pone el acento en la depresión, el trastorno por estrés postraumático y los problemas de ansiedad en general; estos trastornos serían los que más afectan a la población española, estadísticamente hablando.

Cuando se pregunta a las personas encuestadas en España por el estrés que padecen en su vida cotidiana, el 62% responde que está bastante estresada, frente al 54% de los franceses, por ejemplo. Cuando se las pregunta por las causas de su malestar, también a la población española, el 34% lo achacan al sufrimiento psicológico, el 28% a problemas económicos y el 25% al aislamiento social (soledad).

Este malestar emocional supone directamente un aumento significativo del consumo de antidepresivos, somníferos y ansiolíticos, que ahora el Gobierno quiere reducir a toda costa sin intervenir sobre las causas que lo provocan. El consumo de estos fármacos no es continuo, si exceptuamos los antidepresivos. Sobre este tema, un 16% responde que consume los psicofármacos una vez a la semana, el 27% afirma que los consume una vez al mes. En cualquier caso, lo que constata el estudio es que los datos que ofrece España, en lo que se refiere al consumo de psicofármacos, son los más elevados de los países encuestados.

Otro dato relevante es que los españoles (hombres y mujeres) acudimos al especialista con más frecuencia que el resto de los países participantes en el estudio. Un 65% afirma haber visitado a un médico en el último año para describirle su malestar emocional; y un 32% haber acudido a asistencia psiquiátrica o psicológica.

Las recomendaciones para afrontar el malestar social que ofrece Francisco Santolaya no tienen desperdicio: dormir bien, una alimentación saludable, hacer ejercicio físico, realizar actividades gratificantes, compartir nuestras emociones, pensar de manera optimista, mantener relaciones positivas, condiciones saludables en el trabajo y reforzamiento de recursos en salud mental en el sistema sanitario público. Para lograr esto en la hostil sociedad en la que vivimos habrá que darle la vuelta a la “tortilla”, es decir, realizar una transformación radical de la vida cotidiana. Si no es así, las recetas no sirven.

La depresión llega a causar el 20% de las bajas laborales (España); y lo que es más trascendente, 3.900 personas, también en España, se suicidaron en 2020, 4.003 en 2021, 4097 en 2022; todavía no hay datos oficiales del año 2023, pero por la secuencia descrita observamos que las cifras de muerte autoinducida aumentan año tras año.

Las personas entrevistadas consideran que en la mayoría de las áreas de su vida falta bienestar, no llegan a alcanzar unos mínimos de calidad, lo cual conlleva un predecible deterioro psicosocial. También expresan que se sienten estancadas, que ven pocos aspectos positivos en sus vidas, lo que las desmotiva significativamente.

Mucho me temo que Santolaya no se ha enterado en qué sistema socio-económico vivimos. Enfermamos porque nuestra calidad de vida se va empobreciendo año tras año. Estamos sometidos a condiciones opresivas a nivel de vivienda, de acceso a la sanidad, a la enseñanza, a una alimentación sana debido a la subida desproporcionada de los productos de primera necesidad. Nos expulsan de las ciudades a las periferias, nos desarraigan. Nuestros puestos de trabajo son precarios, de duración incierta, con salarios insuficientes para afrontar los costes básicos de subsistencia. A esto se suman la desconexión familiar, la carencia de redes de apoyo en las que sustentar y desahogar nuestro dolor, relaciones superficiales e insatisfactorias. En sí, vidas precarias que correlacionan con una salud física y mental precaria. Y lo que es peor, sin un horizonte de cambio en perspectiva, sin esperanza. Quizá, en gran parte, ésta sea la clave del profundo malestar que nos domina: estamos enfermos de desesperanza, desconsolados porque no poseemos una perspectiva novedosa que nos induzca a ilusionarnos con un futuro mejor a corto plazo.

El estudio presenta, finalmente, una pirámide que de cumplirse nos conduciría a la estabilidad emocional. Dicha pirámide posee un problema de partida, en su base se encuentran la “seguridad laboral y las relaciones sociales”. Ambos aspectos son nuestros puntos débiles en estos momentos históricos. Les suceden la seguridad financiera y un trabajo satisfactorio, habilidades de adaptación, salud física, el autoconocimiento; de cumplir todo lo anterior alcanzaríamos la autoaceptación. Esta última parte no es más que un discurso falaz, retórico, que nos presenta un bienestar ambiguo que no sabemos qué significa. Sí, sabemos que el punto de partida de su proyección es fallido, ni tenemos seguridad financiera, ni un trabajo decente, ni condiciones de vida con un mínimo exigible de calidad. Como siempre, la psicología oficial analiza bien los datos pero se pierde en las soluciones, que necesariamente pasarían por el compromiso crítico con las víctimas de una sociedad injusta y decadente.

Publicado en el periódico Rojo y Negro, número 391, de Julio de 2024

13 abr 2025

Calidad de vida y bienestar psicológico


En el año 2023 se publicó un interesante estudio en la revista Apuntes de Psicología, firmado por Isidro Maya-Jariego, Elena González-Tinoco y Andrés Muñoz-Alvis, de título: «Frecuentar lugares de barrios colindantes incide en el sentido psicológico de comunidad: estudio de caso en la ciudad de Sevilla». En este artículo queda patente que los barrios son una fuente de recursos que nos sirven de protección frente a los estresores de la vida cotidiana. Es un hecho obvio que las características del lugar en el que vivimos generan unas condiciones de vida, y que un bienestar mejor o peor está relacionado con éstas. Es decir, la inmersión permanente en un contexto estresante provoca no sólo una disminución de nuestra calidad de vida, sino un deterioro en nuestra salud física y mental.

El artículo establece una relación directa entre pobreza, desigualdad y salud. La literatura científica publicada al respecto lo ha confirmado con anterioridad, y establecido que los barrios de bajos ingresos tienen una tasa mayor de problemas de salud: más elevada mortalidad, mayor prevalencia de enfermedades crónicas y enfermedades cardiovasculares, así como un empeoramiento significativo de la salud mental y el consumo de psicofármacos. El estudio hace hincapié en que «una exposición continuada a condiciones físicas insalubres o a circunstancias estresantes (por ejemplo, hacinamiento, acumulación de basuras, contaminación, ruido del tráfico), puede tener un efecto directo en el deterioro de la salud; mientras que la existencia de zonas verdes y parques (junto con otros escenarios en los que se pueda realizar ejercicio físico) se relacionan con una menor prevalencia de obesidad, diabetes e hipertensión». En el mismo estudio se destaca que las zonas urbanas mejor dotadas de servicios correlacionan con niveles menores de sintomatología ansioso-depresiva.

En lo que se refiere al entorno social, se observa que una convivencia continuada con situaciones violentas, vandalismo, delincuencia, falta de servicios públicos, abandono de infraestructuras urbanas, consumo y tráfico de estupefacientes en los espacios compartidos, influyen de un modo negativo en la salud en general, afectando a las personas residentes de manera distinta, pero siempre en una única dirección, la enfermedad. Son destacables el aumento de los trastornos mentales: ansiedad, insomnio, depresión, irritabilidad y en última instancia problemas del comportamiento. Sobre esto último hay que decir que en las personas más jóvenes, la presencia constante de conductas que afectan al bien común, denominadas como antisociales o anómicas, provocan mimetismos en éstas; aprenden o imitan dichas conductas, bien como formas de evasión, bien como señas de identidad con las que trascender su condición social precaria, caracterizada por la desesperanza ante el futuro.

En el estudio también se destacan otros aspectos interesantes que podrían indicarnos una línea de trabajo a seguir en los barrios, siempre actuando a nivel comunitario; lo mismo que las zonas urbanas precarizadas son fuente de deterioro de la calidad de vida, también pueden ser fuentes de protección frente a situaciones estresantes y a las problemáticas derivadas de la vida cotidiana. Por ejemplo, la participación en la gestión de recursos urbanos, el apoyo mutuo entre vecinos, la disponibilidad de servicios comunitarios, en sí la autoorganización vecinal; todo esto genera una mayor cohesión en los vecindarios y la convivencia, mejora la salud en general y disminuye la probabilidad de padecer un trastorno mental. El británico Johann Hari en su libro Conexiones perdidas (2019) pone numerosos ejemplos sobre este tema registrados en EEUU. Es decir, las personas que viven en barrios con menor calidad de vida se sienten aislados y desesperanzados con respecto a su futuro a corto y largo plazo.

El estudio que se cita en este artículo se ha llevado a cabo en cuatro barrios limítrofes en la Ronda del Tamarguillo (Sevilla), caracterizados por ser zonas urbanas con diferentes niveles de recursos socioeconómicos. En la investigación participaron 225 residentes. Los resultados citados más arriba, además, han ofrecido evidencias relevantes sobre el hecho de que los residentes en las zonas más vulnerables tienen un menor sentido de comunidad, y se interesan más por otros barrios con mejores condiciones urbanas, en detrimento del interés que muestran en su propio contexto vivencial. Estos datos han llevado a los autores de la investigación a concluir que un desapego de tu propia zona de residencia conduce necesariamente a un alejamiento de la búsqueda de soluciones comunitarias y por tanto a un distanciamiento emocional y vivencial entre las propias vecinas: «un fuerte sentido psicológico de comunidad se relaciona con mayores niveles de participación comunitaria y compromiso cívico, y contribuye de forma positiva al bienestar psicológico y a la percepción de seguridad y protección».

Artículo publicado en el periódico Rojo y Negro, número 390, de junio de 2024  

4 mar 2025

Vidas de mierda


Por Ángel E. Lejarriaga


Vivimos en una sociedad cruel, poblada por individuos sin juicio, desregulados emocionalmente. En cualquier momento un gato muerto puede provocar un intenso drama familiar, los veinticinco mil menores asesinados por Israel en Gaza, simplemente se ignoran, no son importantes, parece no haber punto de comparación entre ambos sucesos. Eric Fromm dijo en su momento que los seres humanos resolvemos el miedo y la incertidumbre con sumisión a la autoridad, porque dicha sumisión nos ahorra asumir responsabilidades frente al mundo. Hoy en día nos desarrollamos emocionalmente a través de Tinder o apadrinando perros —para mayor gloria de ellos—, sin olvidarme de los teléfonos iPhone y demás fetiches de consumo. El miedo nos convierte en seres huecos, vacíos de contenido, que vivimos en los extremos, bien dominados por un continuo lamento por lo desgraciados que somos, bien extasiados por una nueva y efímera experiencia, póngasele el nombre que se quiera. Hay quien tiene hijos, por ejemplo, para realizarse como persona —que en más de una ocasión le harán la vida difícil—, quien se busca novios, novias o ambos, simultáneamente, de manera incesante, para sentirse más seguro, con una mayor percepción de confort; también quien se compra un coche carísimo al que adora como a un tótem, aunque tal adoración le cueste llegar a fin de mes, o quien tiene pobres animales «prisioneros» en su casa ―aparte del perro adoptado― para dulcificar su desamor; quizá no tenemos a nadie que escuche nuestros melodramas pueriles pero al menos poseemos un perro, un gato, peces, tortugas o un caimán, que nos hacen compañía, por qué no. Guy Debord habló de la «sociedad del espectáculo», la nuestra lo es; nada de lo que sucede a diario es del todo creíble, y todo, al mismo tiempo, parece posible; después de Debord, Manuel Toharia nos habló de la «sociedad del despilfarro»; Bauman de la «sociedad líquida»; otras autoras han reflexionado sobre la «sociedad narcisista». ¿Por qué no juntar todas las definiciones en una sola y hablar de una «sociedad infantilizada» en la que el día a día se vive como un eterno juego en el que se espera ganar, si bien pocas personas lo logran. Desde luego, siempre tenemos a mano premios de consolación en forme de perro, de gato, de tortuga, de IPhone, de BMW, de Audi, de vacaciones en Japón o de sexo fácil y sin compromiso en Tinder.

Formamos parte de una sociedad capitalista fatua, ignorante, infantil y sin curiosidad alguna salvo para lo superfluo y banal. Vivimos en un mundo sin horizontes de cambio entre otras cosas porque estamos embrutecidas o alienadas, que se decía antes. Es cierto que se quiere ganar la partida como sea, esa que se supone estamos jugando. Cada persona desde que nace tiene la suya. En algunos casos sólo se trata de llegar a fin de mes, de pagar el alquiler, de conseguir una beca de comedor, de que alguien te escriba unas líneas cariñosas en wasap, o en última instancia, si no hay otra cosa, una visita a un caro «musical» —algo muy de moda— o a Primar si no se tienen más de cincuenta euros en el bolsillo. Por supuesto, la clase pudiente, la que tiene mayor poder adquisitivo, mientras tanto, navega en yates de lujo, celebra cenas espectaculares y se desplaza en los últimos modelos de coche, muy satisfecha de sus logros siempre con un sentido claro de su estar en la existencia; esta clase siempre gana. Mientras tanto, un despertador suena a las seis de la mañana en un piso de mierda, y alguien acaricia a un perro, a un gato o a ambos, se despide de sus compañeras de piso durante doce horas, se mete en hora punta en un transporte público abarrotado que le lleva a un trabajo de mierda, eso sí, se entretiene por el camino con la pantalla de su teléfono que le muestra playas exóticas, yates, coches de lujo, ropas elegantes, destinos turísticos lujosos, casas espléndidas, en sí bienes materiales e inmateriales que nunca tendrá, pero que sueña poseer algún día. Dramáticamente el objetivo de la partida que juega es resistir la repugnante jornada que le espera; eso sí, feliz y agradecida por sobrellevar unas horas más una vida de mierda.

15 oct 2024

Sobre el periodismo basura

EL HONOR PERDIDO DE KATHARINA BLUM (1974)

Heinrich Böll



Ángel E. Lejarriaga



Heinrich Theodor Böll (Colonia, 1917-Langenbroich, 1985), de origen social obrero, siguió los estudios primarios y secundarios en colegios a los que acudía la clase trabajadora de su tiempo. Le tocó vivir una época difícil; tenía quince años cuando fue consciente de lo que significaba el nazismo y la represión que éste ejercía sobre las disidencias en Alemania; en consecuencia, coherente con sus principios progresistas, se opuso a ingresar en la Juventudes Hitlerianas. Un poco más adelante viviría la denominada “Noche de los cuchillos largos” y el ascenso imparable al poder de los nazis. En este contexto autoritario, represivo y violento, en 1937 entró a trabajar en una librería para aportar ingresos a su familia. En 1939 fue movilizado por el ejército alemán y combatió en los frentes en donde fue ubicada su unidad. A punto de concluir la guerra mundial fue hecho prisionero por el ejército norteamericano, y recluido durante un tiempo en un campo de concentración de los aliados. Durante la guerra se casó y tuvo un hijo. Finalizada ésta y liberado del campo, se instaló en Colonia y trabajó como carpintero en el taller de su familia. En los ratos libres escribía sin cesar. En esa época se matriculó en la universidad mientras mantenía el trabajo. Su compañera Annemarie Böll era la que realmente sostenía la unidad familiar. Con el tiempo se convertiría en una renombrada traductora y trabajaría como profesora.

Hacia 1947 comenzó a enviar su producción literaria a diversos medios periodísticos con limitado éxito. No logró vivir de la escritura hasta 1951. En 1949 se publicó El tren llegó puntual, su primera novela, con escasa resonancia. En 1950 apareció su primera colección de cuentos, La muerte de Lohengrin. Y por fin llegó su año de lanzamiento en la escena literaria alemana, ganando un premio con la novela Las ovejas negras.

Si bien en un principio la literatura de Böll estaba centrada en los problemas derivados de la Segunda Guerra mundial y el papel de Alemania en la misma, en los años cincuenta, abandonó esa temática y se centró en la Alemania moderna. Sus obras fueron bien aceptadas por el público. Se posicionó en contra de la represión soviética en Hungría en 1956 al lado de Albert Camus. Fue muy criticado por sus ensayos sobre la Iglesia Católica, a la que acusaba de estar siempre posicionada del lado de los poderosos. También criticó el sistema capitalista desde posturas cristianas en la revista que coeditaba, Laberinto. Se opuso firmemente a la construcción del muro de Berlín. En 1963 publicó el libro que le dio fama internacional, Opiniones de un payaso. Böll durante toda su vida mantuvo un compromiso político con las causas que consideraba justas. En 1967 fue testigo, mientras visitaba Praga, de la invasión de los tanques del Pacto de Varsovia contra la nueva política de Alexander Dubcek. En 1972, durante la violencia armada de la RAF (Fracción del ejército rojo), Böll fue detenido y acusado de proteger terroristas; un taxista le había denunciado por llevar a dos personas sospechosas a su casa; se trataba de un profesor de universidad y de su esposa. La policía montó un gran aparato de vigilancia en la zona en la que vivía y su casa fue registrada. Al final todo se quedó en nada; así funcionaba Alemania en aquellos días. En el año en que se desarrollaban estos hechos, recibió el Premio Nobel de Literatura. Como curiosidad, en su casa vivió refugiado otro premio Nobel, Alexandr Sozhenitsyn. Hasta caer enfermo en los años ochenta, Böll mantuvo su activismo en defensa de los derechos humanos allí donde se vulneraran. Murió en 1985.

El honor perdido de Katharina Blum (1974) es una novela corta que se ha llegado a calificar de “parábola”, sobre la manipulación de los medios de comunicación. Yo diría que es una narración directa, sin subterfugios ni amaneramientos, una denuncia clara y directa sobre un estado de las cosas ―la prensa corrupta―que en 1974 ocupaba el primer plano en la vida política y que hoy lo sigue haciendo. Cuando se les pregunta su opinión a los españoles y a las españolas sobre los aspectos de la vida social que les preocupan, ponen en primer lugar, asombrosamente, “la emigración”. Si me preguntaran a mí, pondría en primer lugar el derecho a la vivienda y en segundo lugar la manipulación constante de los medios de comunicación. Medios que hace tiempo han dejado de informar sobre lo que ocurre en nuestro país y en el planeta, para ser voceros interesados de los pilares del “poder” y adalides de la mentira, sin que importen las consecuencias. Es cierto que la sociedad alemana de los años setenta estaba dominada por una lucha armada que atentaba contra esos pilares del poder que he mencionado, pero no es menos cierto que los medios de información magnificaban su protagonismo con campañas de prensa que pretendían proteger al ciudadano de una amenaza latente (RAF) pero que en realidad le estaban volviendo paranoico. Es indudable que el miedo dominaba la escena social y este miedo fue aprovechado por los medios de comunicación para señalar, juzgar y condenar a cualquiera que se pusiera en su punto de mira. La vulnerabilidad crítica de la población convertía la democracia liberal en un régimen autoritario asumido y defendido por la mayoría. En nuestra novela el periódico protagonista se llama Zeitung pero realmente podría ser otra cabecera sensacionalista de cualquier país (por ejemplo el Bild), responsable de la persecución y “martirio” de una ciudadana alemana inocente: Katharina Blum.

La forma de narrar de Heinrich Böll es fría, descarnada, como si estuviera leyendo un informe que ha absorbido de diversas fuentes. Describe los acontecimientos que se desarrollan desde el momento en que Katharina asiste a una fiesta en la que conoce a Ludwig Götten, al que ayuda a escapar de la policía, y el asesinato del periodista Werner Tötges. El relato tiene dos tesis fundamentales. Por un lado el papel de la prensa “amarilla”, despiadada, sin escrúpulos y cruel, para la que cualquier inmundicia falaz es bienvenida con tal de vender más periódicos a un público infantilizado y acrítico, hambriento de noticias emocionantes que le extraigan de su embrutecimiento cotidiano. La mentira se vende mejor que la verdad.

¿Quién es Katharina Blum? Es una mujer atractiva, joven, que lleva una vida independiente sin cumplir la vida convencional que se espera de ella (casarse y reproducirse), trabaja y sale poco, hasta que un día se enamora en una fiesta de alguien con un presente antagónico con la justicia. Azar, puro azar. Antes hablaba de varias tesis. La primera citada era la impudicia de la prensa —por cierto, el periódico Bild sigue existiendo, en la actualidad hace el mismo tipo de periodismo que ha hecho siempre; las sociedades parece que no aprendemos—; pero hay otra tesis, la del acoso sexual a que se ve sometida Katharina por hombres debido a su atractivo desde que tiene uso de razón. En este tema el acoso periodístico se convierte también en acoso sexual patriarcal; a la policía, a la prensa y por supuesto al público, le interesaba mucho con quién se acostaba ella, cuántas veces, en dónde lo hacía. La novela es contundente a la hora de presentar ambas tesis, aunque a estas alturas del inmundo tiempo histórico que vivimos parezca que nada nos puede sorprender. A diario recibimos la mentira como una posverdad en la que nada es lo que parece y todo es posible; así hasta llegar a la confusión más absoluta, a la incredulidad total y al desaliento.

OBRAS

· Der Mann mit den Messern (1948)
· Der Zug war pünktlich (El tren llegó puntual, 1949)
· Wanderer, kommst du nach Spa… (Caminante, si vienes a Spa..., 1950)
· Die schwarzen Schafe (en España, publicado como Mi triste cara; Las ovejas negras, 1951)
· Wo warst du, Adam? (¿Dónde estabas, Adán?, 1951)
· Nicht nur zur Weihnachtszeit (1952)
· Die Waage der Baleks (1953)
· Und sagte kein einziges Wort (Y no dijo ni una palabra, 1953)
· Haus ohne Hüter (Casa sin amo, 1954)
· Das Brot der frühen Jahre (El pan de los años mozos, 1955)
· Irisches Tagebuch (Diario irlandés, 1957)
· Im Tal der donnernden Hufe (1957).
· Die Spurlosen (1957)
· Der Bahnhof von Zimpren. En: Die Zeit (1958)
· Doktor Murkes gesammeltes Schweigen und andere Satiren (Los silencios del doctor Murke y otras sátiras, 1958)
· Billard um halbzehn (Billar a las nueve y media, 1960)
· Erzählungen, Hörspiele, Aufsätze (1961)
· Ein Schluck Erde. Drama (UA Düsseldorf 1961)
· Als der Krieg ausbrach. Als der Krieg zu Ende war (1962).
· Ansichten eines Clowns (Opiniones de un payaso, 1963)
· Entfernung von der Truppe (Alejamiento de la tropa, 1964)
· Ende einer Dienstfahrt (Acto de servicio, 1966)
· Hausfriedensbruch (1969)
· Gruppenbild mit Dame (Retrato de grupo con señora, 1971)
· Erzählungen 1950-1970 (Algo va a suceder y otros relatos: 1950-1970, 1972)
· Die verlorene Ehre der Katharina Blum (El honor perdido de Katharina Blum, 1974)
· Berichte zur Gesinnungslage der Nation (1975)
· Du fährst zu oft nach Heidelberg und andere Erzählungen (El viaje a Heidelberg y otros cuentos, 1979)
· Fürsorgliche Belagerung (Asedio preventivo, 1979)
· Was soll aus dem Jungen bloß werden? Oder: Irgendwas mit Büchern (1981)
· Das Vermächtnis (publicado en España como El legado; La herida y otros relatos, 1982)
· Die Verwundung und andere frühe Erzählungen (1983)​
· Frauen vor Flußlandschaft (Mujeres a la orilla del río, 1985)

Publicados póstumamente:

· Der Engel schwieg (El ángel callaba, 1992)
· Der blasse Hund (1995)
· Kreuz ohne Liebe (Cruz sin amor, 2003).
· Am Rande der Kirche (2004)
· Man möchte manchmal wimmern wie ein Kind. Die Kriegstagebücher 1943-1945 (2017)





16 sept 2024

Caminando


Por Ángel E. Lejarriaga



A pesar de jactarnos del conocimiento acumulado desde hace varios miles de años, a pesar de nuestro impresionante desarrollo tecnológico, a pesar de todo esto y mucho más, sabemos poco de nosotras mismas, de la especie humana, de su esencia ―si es que tal cosa existe―. De hecho, se podría decir que no sólo no sabemos sino que tampoco queremos saber.

Sustituimos ese posible autoconocimiento por una existencia volcada en emociones banales, en aspectos superficiales de la vida cotidiana, continuamente hambrientos de consumo y de una felicidad ilusoria que tal vez sólo podremos conseguir a través del consumo de drogas.

Bien, entonces, ¿qué somos? Lo que hacemos, nuestras conductas, nuestras manifestaciones. ¿Existen factores innatos que impulsan dichas conductas? Tal vez. La ciencia todavía no lo ha determinado, aunque en ocasiones hablemos de ello como si fuera un hecho. Mencionamos los impulsos, las tendencias, las sendas trazadas por aspectos de nuestro “ser” que van más allá de la razón. Obviamente, pisamos un terreno inestable que desconocemos hacia dónde nos puede llevar.

¿Nos estamos refiriendo a una intuición, a algo no medible ni cuantificable, hablamos de pensamiento mágico? Resulta difícil responder a estas preguntas. Precisamente, como no podemos hacerlo hipotetizamos que esos impulsos o tendencias plantean horizontes de posibilidades, opciones sobre las que tenemos que reflexionar y tomar una decisión en un momento dado.

¿Qué hacemos entonces? Ver las ventajas e inconvenientes de cada opción y elegir sin miedo, asumiendo las posibles consecuencias de ese acto. Es decir, "apostar", en la mayoría de las ocasiones sin los suficientes datos como para pronosticar un acierto seguro. Sólamente existe un suceso inequívoco: la muerte; todo lo demás es probable. Pero entonces, cuando nos planteamos un objetivo lejano, ¿cómo saber si estamos haciendo lo correcto?, ¿cómo saber si vamos a alcanzarlo? No podemos saberlo. Corremos riesgos, aceptamos la posibilidad de no tener éxito, mas crecemos durante el viaje. Un viaje que no va a ser fácil porque va a estar compuesto por una cadena de decisiones cuyas consecuencias continuamente hay que analizar.

Aunque la educación ―nuestros padres, el colegio, el “sistema”― nos pretende hacer creer que nuestras vidas están determinadas, dirigidas al hecho inapelable de tener que "ganarnos la vida" del modo que sea ―nacer no supone tener derechos ni garantías para la subsistencia―, si pensamos de una manera racional y crítica nos daremos cuenta que es imprescindible cuestionar los valores impuestos, revisarlos, ponerlos sobre la mesa y estudiarlos con detenimiento. A partir de ese instante nuestro trabajo personal consistiría en decidir si nos convienen o no, si se encuentran dentro del “bien común” o no. Alcanzada esa resolución, iniciaremos una andadura en la que no hay caminos, como dijo el poeta Antonio Machado “se hace camino al andar”. Eso es la existencia, ni más ni menos, una tierra sin caminos, un proceso experimental continuo, que es más fácil recorrer en compañía; con un horizonte que toma forma según nos aproximamos a él.

Durante ese recorrido pueden suceder variados acontecimientos, estamos rodeados de variables incontroladas que nos hostigan y acechan, de obstáculos dificultosos que inevitablemente tenemos que superar de una manera o de otra. Nuestro propio pensamiento puede cambiar o incluso reafirmarse en dicho recorrido. A veces, incluso, el horizonte se desdibuja, se torna secundario durante un tiempo, y vuelve a renacer con fuerza más adelante, no podemos saberlo. Es la experiencia la que nos va a ir enseñando. Nuestros miedos viajan en nuestra mochila, en ocasiones generándonos angustia e incertidumbre, lo que nos hace tambalear y que nos tengamos que tomar un respiro para poder pensar con calma.

Decía más arriba que somos lo que hacemos, y así parece. Aunque el horizonte esté lejano, el viaje es valioso en sí mismo, y lo conseguiremos alcanzar o no, pero nuestra fuerza reside en el propio intento, en el recorrido, en la vivencia percibida e incorporada a esa inmensa base de datos que somos, en la que acumulamos saber y que ojalá fuéramos capaces de transmitir.

Sabemos tan poco, la vida es tan corta, sufrimos y nos frustramos tanto, da pánico pensar en estos términos pero una vez que somos conscientes de nuestra existencia, que nos identificamos como seres únicos con capacidad volitiva, y hemos decidido vivir de manera cosnciente, entonces aparecen los horizontes creativos que nos pueden conducir a la autorrealización y a una autentica revolución interior, siempre dentro de nuestra esfera de posibilidades, analizada ésta desde una perspectiva empírica.

Todavía hoy no estamos programados, necesariamente no tenemos que cumplir lo predispuesto por la sociedad, podemos rebelarnos, individual y colectivamente, y perseguir nuestros sueños, pasando por encima de donde tengamos que pasar; cueste lo que cueste. No hay que tener miedo al error sino a no intentar conseguir nuestros objetivos. Si tropezamos seguiremos adelante, si nos caemos nos levantaremos, y seguiremos adelante. Ese es el camino. No hay dioses, ni mesías, ni líderes, ni partidos, ni amos, ni autoridades infalibles que nos guíen. Todos ellos sólo buscan nuestra obediencia, y precisamente será la desobediencia nuestra mejor consejera. Si conseguimos ser conscientes de lo que no queremos, ya hemos avanzado mucho, si además sabemos lo que queremos, seremos libres, al menos de pensamiento, y nos regocijaremos en la lucha diaria por perseguir nuestra visión particular y colectiva.

La vida en sí misma está plagada de misterios que tal vez nunca logremos explicar, no importa, en nuestras manos reside la posibilidad de transformar la realidad. Somos vulnerables y falibles, pero el compromiso con nuestros sueños, la voluntad y la buena compañía nos ayudarán en el proceso. Nos dará miedo la responsabilidad pero como contrapartida podemos forjarnos un destino que no esté escrito.

Cuando después de muchos años las fuerzas se nos agoten y haya llegado el momento de partir, es posible que tengamos tiempo de transmitir a las generaciones más jóvenes lo que hemos aprendido durante nuestro viaje; no será una verdad universal, sólo nuestra verdad; quizá ellas la puedan asimilar y utilizar como método para realizar su propio viaje.

Publicado en Rojo y Negro, número 386 de febrero de 2024

10 sept 2024

Vida, amor, muerte


Por Ángel E. Lejarriaga



Vida, amor, muerte. Un camino. Una liberación. Una consecuencia imparable. La vida se agota poco a poco o de golpe; el amor aparece y desaparece, y vuelve a aparecer cuando menos lo esperas. Mas en ocasiones lo hace de manera tardía, cuando las fuerzas se agotan y el deseo está hecho de cenizas. Esta visión descarnada de la existencia no es pesimista, aunque lo parezca, se representa en ella un escenario real que llegado a un punto reconocemos sin engaño. Es insano pensar demasiado en la muerte pero aunque no lo hagas, en ocasiones la sientes cercana, como un aliento invisible que te ronda por mucho que lo quieras ignorar. Hay instantes exultantes, divertidos, que exponen la alegría de vivir a los ojos perplejos de observadores externos. Pero eso no es más que un espejismo, es demasiado el dolor acumulado, el sufrimiento incrustado bajo las uñas, como un fango sucio que no hay forma de extraer. Podríamos amputarnos las manos, y todavía notaríamos el hedor nauseabundo atravesar los poros de la piel, procedente de oscuros rincones de la memoria. Quizá fuera mejor no recordar que fuiste otra persona rebosante de ilusiones. Nada hay que esperar de las horas venideras, tal vez el deseo íntimo de reducir el sufrimiento a la mínima expresión. El amor puede salvarnos, desde luego, eso se afirma de continuo. Sin embargo, a partir de un momento dado ya no hay salvación posible, ni ilusiones que dirijan nuestros pasos. No obstante, podemos admirar y, poniendo gran imaginación al asunto, creer que somos otros, que vivimos en un tiempo diferente, y entonces encontrarnos con esa figura anhelada que tal vez no hemos visto nunca más que en el terreno dominado por los párpados caídos. Amar es bueno, desear ser amado una obsesión. Amar es una cura precisa y vivificante. Apetecer el amor un castigo de nuestro cerebro, embrutecido por el afán de poseer. La noche se diluye en el flujo turbio de mi pensamiento, se estampa en esta madrugada sin sol, sé lo que hay tras ella, con un poco de suerte, si estoy dormido, despertar de nuevo.

20 ago 2024

Despropósito nocturno

Por Ángel E. Lejarriaga



¿Qué es estar solo? ¿No relacionarse? ¿Vivir en ese mundo interior que se oculta en nuestro cerebro? ¿Necesitamos realmente a todo lo demás, los objetos de la realidad, los animales no humanos y humanos? Es decir, ¿nuestro cerebro pensante los necesita en cuanto suponen fuentes de estímulos? ¿La existencia se reduce a simple estimulación cerebral y a respuestas conductuales adaptativas? ¿Podríamos existir al margen de nuestros cuerpos, relacionándonos con entes digitales o simplemente imaginados? ¿La cordura y la locura tienen algo que ver con nuestra relación con lo que nos rodea? ¿Qué hace que un estímulo sea agradable o desagradable: el aprendizaje, la herencia genética? ¿Nuestro procesamiento de información interior realmente puede ser autónomo? ¿Podemos pensar y tomar decisiones por nosotros mismos?

22 jul 2024

Sobre la escritura y otros menesteres

Por Ángel E. Lejarriaga




Escribir, ¡qué gran obsesión! Me he pasado gran parte de mi vida armado de papel y pluma, impulsado por la idea de describir mi percepción del mundo; gran misión la emprendida, desde luego. Escribir sobre los sucesos de la existencia no es algo novedoso. Se hace desde que nació o se inventó la expresión escrita. Lo hacemos muchas personas con diverso acierto, desamparadas ante la soledad de la conciencia, ante el peso de estar presentes en cada latido del tiempo.

Cambiando de tema, hoy he soñado con desaliento que había elecciones legislativas, de nuevo la población estaba invitada a votar, a ejercer nuestro papel teatral, lo que supone una confirmación del impenitente drama de la inacción, de la sumisión al orden establecido, que podríamos denominar resignación, o cesión ―no importa el nombre― de nuestra capacidad de transformación individual, a una “banda” de personajes oportunistas, aventureros y desaprensivos que sólo pretenden hacer carrera a costa del erario público. Eso quieren “vivir del cuento” que diría mi padre, de la palabrería fácil y las promesas vacías que nunca cumplen. Claro, ellos y ellas hacen “política real”, remarcan, y nosotras, pobres ignorantes, pedimos y pedimos, como si fuera tan fácil resolver los problemas que se nos plantean en el día a día. Aunque ya posea menos motivación para levantar la voz ante los leguleyos y oradores de turno, sigo diciendo ¡no! a sus mentiras.

Por suerte ha sido sólo un sueño, eso sí, desasosegante. No importa, sigo adelante. Menos mal que me quedan mis convicciones, algunas personas que estimo con nombres y apellidos, un buen racimo de libros y mucha música. ¡Viva el silencio de los corderos!

1 abr 2024

Memoria y vida



Por Ángel E. Lejarriaga


I

A mi memoria acuden recuerdos frescos de cuando jugaba al beisbol con mis amigos de mi barrio, o de cuando cursaba mi último año del Bachiller en un instituto próximo, sin calefacción y con goteras. En un instante, esas imágenes resultan muy cercanas pero no lo son. Al contrario, son eventos lejanos, mucho. La distancia que me separa de ellos me lleva a imaginar un tiempo futuro definido por la decrepitud, la soledad y la muerte. Llega un momento en la existencia humana en el que no existe un horizonte de ilusión en el que concentrar la atención. Envejecer representa una tragedia irremediable; cumplir años es asentarse en la incertidumbre y en la desolación. El azar biológico nos roza como un espíritu invisible cuyo significado es impredecible. Es algo así como lanzar una moneda al aire, pura zozobra; sí, es eso, pura zozobra y miedo, una sensación que aturde por momentos. Esperada, desde luego, pero no por ello causante de menor malestar. Asumimos el fin de los días pero quizá no tanto el deterioro orgánico ni la abrumadora ausencia de nuestros seres queridos; ellos nos han mostrado previamente el sendero que debemos seguir, que no conocemos, que nadie conoce hasta llegado su tiempo, único.

II

Pensar en una vida satisfactoria, plena, me lleva a reflexionar sobre la muerte. Puro antagonismo, desde luego. Recapacito sobre ella porque me da miedo no reconocerla o demorarla demasiado. Cuando nos arrojan al mundo nos arrancan todo atisbo de libertad. No elegimos vivir, tampoco podemos elegir morir con dignidad; sí, podemos ejercer nuestra última voluntad saltando por la ventana o metiendo la cabeza en el horno como Sylvia Plath, pero si buscamos una resolución menos dramática, no se nos proporcionan los elementos básicos para ejecutar esa decisión con una cierta comodidad; al menos nos merecemos eso. Cuántas veces he jugado con la idea de poseer una cápsula letal, oculta, por ejemplo, en un camafeo colgado del cuello, siempre dispuesta para mí, para el libre ejercicio de morir ―apunto que me gusta la vida que llevo―; de ese modo, cuando yo lo estimara oportuno, podría poner punto y final a mi existencia sin sufrir mayores penas. Es obvio que con la mentada cápsula en mi poder el proceso sería más cómodo. Otras opciones no me resultan agradables, aunque nunca se pueden descartar. Es que me estimo demasiado como para maltratarme en exceso. Me quiero bien casi siempre, y deseo que mi muerte sea plácida. ¿Es mucho pedir? Parece que sí. Las razones para no proporcionarnos esa ayuda son incomprensibles. Supongamos que tengo 80 años, vivo solo, cobro una pensión (no demasiado buena pero suficiente). Mi existencia le cuesta dinero al Estado; si me suicido se ahorraría la paga y mi asistencia médica, casi siempre insuficiente. Además, los herederos, de haberlos, mejorarían su bienestar temporalmente con mis bienes, aunque tuvieran que pagar algunos impuestos (lo que también beneficiaría al Estado). Desde mi punto de vista no constato más que beneficios para las partes implicadas. No obstante, la obstinación de los poderes públicos es pertinaz. Se congratulan jocosos de bombardear a población civil indefensa en Gaza, de matar a miles de niños sin pudor ni arrepentimiento, a un coste armamentístico muy caro, pero no me pueden proporcionar una ayuda cuando yo valore que mis ansias de vida han llegado a su fin. ¡Incomprensible!

18 mar 2024

Utopía o barbarie



Por Ángel E. Lejarriaga



Pasan los años y todavía me sorprendo del mundo distópico en el que vivo. Hojeo los periódicos del día, y de sus páginas surgen escenarios terribles, contradictorios cargados de tensión. Los valores democráticos liberales se hunden, la corrupción, la rapiña, la irracionalidad y la ignorancia dominan la sociedad, se palpa. Las pateras invaden las costas europeas cargadas de desheredados de la tierra. Pronto los estados opulentos las hundirán en alta mar a cañonazos. Los poderosos se protegen endogámicamente, la guerra es más rentable que vender trigo, la «verdad» o su aproximación ya no es un horizonte intelectual, de hecho, quedan pocos intelectuales, pocas voces críticas ante los males del mundo; además, cualquiera puede convertirse de la noche a la mañana en un líder carismático, surgen como hongos de la nada, de las sombras, de las miradas perdidas, de los brazos caídos o crispados alrededor de una persona que sufre; es la hora de los bandidos, de los saqueadores, de los analfabetos, de los ambiciosos, de los rencorosos, de los mercenarios, de los vendidos. Sí, es la hora de la barbarie. Asimov lo anunció en su Trilogía de las fundaciones. Era ciencia ficción, desde luego, las personas que la leyeron tal vez se rieron de su ocurrencia, pero su premonición fue un regalo para el futuro.

El cerebro humano permanece atrapado en un sistema de creencias pobre en valores, más próximo al de un ser desquiciado que nada sabe de orden natural, ni de igualdad, ni de amor al prójimo. El epicentro psicológico que promueve su conducta es el interés en sí mismo, como si no hubiera nada ni nadie a su alrededor; así, poco se le puede oponer salvo una bala justiciera. La palabra como transporte de ideas permanece muda. El concepto de justicia social se encuentra perturbado por los espejismos del consumo. Los intereses de unas minorías son perjudiciales para unas mayorías sometidas.

¿Qué somos? ¿En qué nos estamos convirtiendo? Quien pueda que responda a estas preguntas. Hoy, cuando se aventura la hipótesis de que la Inteligencia Artificial puede llegar a amenazar la supervivencia de nuestra especie tampoco tenemos nada que decir, sólo nos dejamos llevar por la corriente imparable que no sabemos a dónde nos conducirá.

De alguna manera, seguimos unidos a la primera horda nómada de la que partimos, nos mantenemos atrapados a su inercia. Nos hemos quedado sin dios ―en realidad, nunca lo tuvimos―, estamos solos ante mezquinas debilidades. Nuestras vidas son cortas en comparación con el curso de la historia. Pero, ¿podríamos existir más años con plena conciencia del terrible mundo en el que nos desenvolvemos? Sin empatía es posible. ¡Vivo para mí!, podemos gritar con un trasfondo de desesperación por lo efímero del planteamiento. Ese podría ser el motivo fundamental de la nueva forma existencial de relacionarnos. ¡No me comprometo!, quizá enuncie alguien, uno o muchos, convertidos en esclavos de sus deseos transitorios, sin mirar más allá del techo de su habitación convertida en celda. El siglo XXI está generando un nuevo mundo en el que las utopías son más necesarias que nunca para contrarrestar el horror hipotetizado de lo que está por venir.

13 feb 2024

Feliz año 2024



Por Ángel E. Lejarriaga



Otra Nochevieja ha transcurrido sin pena ni gloria. Aunque he de reconocer que tuvo momentos dife­rentes y también buenos. No añoré nada ni desee nada que no estuviera presente en ella. La situación, en su perfecta definición y contextualización, me resultaba en gran medida irrelevante. La primera fase de la misma fue la de preparación: mecánica, ordenada, realizada con método; los cubiertos y los platos fueron colocados en el lugar y orden adecuado, con las copas como acompañantes imprescindibles. Luego llegaron los comensales previstos, felices de concluir el año en un aceptable estado físico y psíquico. Sin sorpresas se escanció un buen vino, y la comida entró en escena en abundancia, como era de esperar. Los apetitos se saciaron sin voracidad. Las conversaciones fueron mesuradas, en armonía con la cadencia irrefrenable de la masticación, teñida con el regocijo que el evento se merecía; esta última parte pudo componer la segunda fase.

A continuación comenzó la tercera fase, llegaron los postres y los licores, ya desganados, muy atentos a la hora para que no nos sorprendiera el instante decisivo e irrepetible anualmente, ese que marca el reloj de la Puerta del Sol. Por cierto, antiguo centro de tortura durante la dictadura franquista, desgraciadamente maquillado y olvidado hoy. Cada vez que paso por su puerta me gustaría gritar ¡aquí se torturaba! La desmemoria es una enfermedad grave de difícil sanación, sobre todo cuando no se desea tal cura.

Entre la recogida de la mesa y alguna que otra broma corrieron los minutos, sin desasosiego, como es habitual, no nos sorprendió su sucesión, fue la esperada. Sabíamos lo que nos aguardaba a las 12 de la noche, a las 00 horas. Nuestras miradas estaban cautivadas por esos extraños personajes que suelen presentar las campanadas de fin de año en la televisión; cada cadena tiene sus protagonistas, masculinos y femeninos, algunos y algunas indescriptibles por lo grotesco de su oratoria y presentación. No todas las personas presentes en la cena pensaban lo mismo que yo sobre el espectáculo retransmitido, la convención tiene sus reglas y preferencias idiosincráticas. Lo que para unas podía suponer asco y tedio, para otras significaba regocijo, y formaba parte de su bagaje vital. Es evidente que no existen verdades generales o exportables para todo el mundo, salvo que impusiéramos una ortodoxia de carácter autoritario, y no era el caso.

Cuando llegó el momento decisivo los presentes nos mostramos ciertamente inquietos, más por la tensión general que por el hecho en sí. Primero sonaron los cuartos y luego, por fin, las esperadas campanadas: una dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce. ¡Feliz año 2024! Vocearon los presentadores del canal que teníamos conectado, lo mismo coreamos las reunidas, nos abrazamos y besamos en absoluta promiscuidad. Deseo pensar que ese abrazo era sentido, quién sabe; simultáneamente, las botellas de cava dejaron escapar en estampida corchos explosivos que se estrellaron contra el techo, con algún que otro sobresalto. Las copas se racimaron con estrépito de cristal, y recibieron una lluvia amarilla de burbujas que flotaron en el aire durante unos segundos. Bebimos, nos refrescamos las gargantas, y nos deseamos lo mejor para el año que acababa de nacer. Trescientos sesenta y cinco días impredecibles nos planteaban un desafío, provocadores; tal vez cargados de esperanza. ¡Ojalá! Esta palabra tan necesaria se me atraganta sólo de pensarla, la incertidumbre es la dueña y señora de nuestras vidas. En última instancia, nos deseamos mutuamente que la vida nos fuera bien. No es mala aspiración, por líquida que sea. El azar se encarga en su momento de colocarnos en nuestro sitio, nosotros como siempre tenemos que poner la voluntad.

Después de tantas emociones se inició la cuarta y última fase, un compás de espera o, si se quiere, unos minutos de tránsito en los que unas personas se preparaban para marcharse a una fiesta o entorno más apetecible, mientras que el resto nos conformábamos con lo que en ese instante podíamos tener a nuestro alcance. En ese intervalo de tiempo, no demasiado largo, la televisión asumió aún más protagonismo; en nuestro caso a través de un programa de nombre “Cachitos” que presentaba fragmentos de actuaciones musicales de hacía 50 años, por lo menos. Las canciones que presentaban de aquellos tiempos remotos eran muy populares; tampoco había demasiado donde elegir. Esa noche al escucharlas y ver la actuación de las artistas, me resultaron risibles, ridículas, proporcionaban una idea aproximada del televidente al que iban dirigidas, probablemente acrítico y con un paladar musical y cultural poco exigente. Me llamó poderosamente la atención que la mayoría de las presentes se congratularan ante el espectáculo, cantaran las canciones e incluso las bailaran.

¿Qué hacía yo en aquellos años? Me pregunté intrigado. En lo que recuerdo no veía la televisión, no tenía; escuchaba la radio, generalmente música anglosajona, básicamente rock; también oía discos de música clásica, de jazz, de folk y de cantautores; leía mucho, libros y revistas, y participaba en todo tipo de actividades culturales. Ninguna de estas conductas coincidía, por supuesto, con los escenarios expuestos en la televisión, ni con la experiencia manifestada por mis compañeras de velada. Por un momento llegué a pensar que era evidente que me había perdido algo. Incluso me sentí extraño, como un náufrago en una isla desierta. Más tarde, en los albores del sueño, se fue encendiendo una luz en mi cabeza, primero de manera tenue, hasta cobrar intensidad; en ese relámpago, casi místico, me sentí afortunado de no haber participado de esas vivencias, y a la vez orgulloso de esas otras, particulares, que me convirtieron en una persona diferente al conjunto social. He de agradecer a esa velada de Nochevieja una toma de conciencia que me ha permitido alcanzar la conclusión de que mi vida, después de todo, no ha sido tan mala como yo la recordaba, sino más bien al contrario, fue rica y creativa.

Después de todo lo dicho hay que concluir que cada persona tiene su forma de sumergirse en las agitadas aguas del mundo, y en este mundo hay muchos mares. Sin desear ser demasiado reduccionista ―aunque entonces y hoy sigue existiendo una perenne separación crítica, y cada persona está a un lado u otro de ella―, hay que reconocer que en ambos lados existen barricadas secundarias que nos obligan o coaccionan a posicionarnos en uno u otro sentido, cada uno con sus reglas y condicionamientos. Y las gentes que poblamos el planeta, según el grado de comprensión que nos define, nos distribuimos en las distintas dimensiones posibles, sin poseer una visión global del conjunto. Desde ese punto de vista todas estas visiones son válidas, al menos para el individuo en sí mismo. La perspectiva cambia si nos elevamos del suelo y valoramos desde arriba lo que significa un criterio u otro. Cuanto más reducida es la perspectiva menos vislumbramos el conjunto, y por tanto menor es, a su vez, nuestra visión transformadora.

Así está hecho nuestro universo social, y es difícil que se produzca una comunión coincidente de visiones que impulse una línea de desarrollo progresivo de la historia. Las dinámicas sociales las catalizan las masas, las mayorías, manipuladas o no. Ponerse delante de esa multitud para intentar frenarla o reconducirla es un esfuerzo infecundo que conlleva sacrificios inútiles. Esto no quiere decir que los “pocos” nos sumemos a los muchos, y es escasamente probable que el fenómeno se produzca en sentido contrario. Los “pocos” nos recreamos en nuestras posiciones, nos reafirmamos en ellas e intentamos aproximarnos al presente con la objetividad que en alguna medida nos proporciona el conocimiento. Desde este enfoque somos capaces de valorar lo afortunados que somos. Intentar cambiar el mundo, si bien es loable y necesario, no deja de ser una pretensión mesiánica dadas las circunstancias. Nadie puede salvar a nadie. El común social se salva a sí mismo o perece en el intento, para reiniciarse más tarde en un nuevo común que siempre está por determinar.

9 ene 2024

La historia y su enseñanza


Por Ángel E. Lejarriaga



A pesar de los años acumulados me resulta difícil entender en toda su complejidad al ser humano, incluso a mí mismo. Existen distintas formas de pensar, de vivir, de experimentar el sufrimiento, de amar, de motivarnos a la hora de ejecutar tareas, de estar en el mundo. ¿Qué determina seguir una dirección u otra en la planicie sin sendas de la existencia? No hay una exclusiva variable. No es el estímulo el que provoca la respuesta, o no lo es solamente. Podemos predecir algunas conductas esperadas con la necesaria información que es necesario contrastar. El proceso es complejo pero factible.

La filosofía se ha preguntado y se pregunta por los hechos del “hombre” y la ciencia ha intentado desde sus inicios ofrecer respuestas sobre el tema. Las religiones nos han suministrado un consuelo fundamentado en la fe ciega y en rituales fantásticos alienantes. La sumisión y la ignorancia, o el no querer saber, han colocado al individuo en una posición cómoda, desde luego. Vivir duele, pensar duele, comprender que se vive en el absurdo es aún peor, un lastre insufrible que nos angustia hasta tal extremo que llegamos a pensar en la muerte como salida única para encontrar el anhelado descanso, cuando deberíamos, quizá, pensar o imaginar, si se quiere, una vida diferente plena basada en la fraternidad y en la cooperación. Pero no, “no hay paz para los malvados”; tal vez eso somos, unos malvados por acción o por omisión; malhechores sin empatía, sin capacidad de expiación ni propósito de enmienda, que provocamos agresiones e infortunios en un “eterno retorno” decadente y lesivo. Así se comporta la humanidad porque, entre otras cosas, no aprende de la historia.


6 nov 2023

Solidaridad



Por Ángel E. Lejarriaga



Este poema está incluido dentro del poemario "El circo de los necios" (2018).


Una mano
más otra mano
más dos brazos
más cuatro pares de ojos
más un sin número de cerebros,
un conjunto que confluye,
ardiente y rico,
en una sola dirección,
en una fusión de piezas armoniosas
y funciones trascendentes,
que tapan los huecos
verosímiles y fortuitos
de la fragilidad individual,
hasta conformar
un único organismo,
una fortaleza de voluntades
y decisiones colectivas
que hacen más fácil
el viaje por la existencia
y proyectan,
hacia adelante,
la idea porfiada,
soñada y apremiante,
de hermandad entre las gentes.

Sumamos amor,
sumamos esfuerzo,
sumamos inteligencia
y también una furia infinita,
que impulsa y asusta,
ante la injusticia incrustada
en la narrativa histórica.

Añadimos y abrimos,
con fiereza,
sin retroceder un paso,
todas las puertas cerradas,
y superamos entre risas
las trincheras mendaces
hechas con cuentos
de dioses y mesías
de carne y hueso,
amamantados con balas
y fusiles sin flores,
preparándonos para la higiene final,
arrojándoles al retrete del olvido.

26-11-17


23 oct 2023

Condenados a trabajar



AMADO AMO (1988)
Rosa Montero



Por Ángel E. Lejarriaga



Rosa Montero Gayo (1951), madrileña, hija de banderillero y ama de casa. Aunque pueda resultar inverosímil, escribió su primera novela a la edad de cinco años. Es obvio que sus aptitudes intelectuales sobresalían a tan temprana edad. Tras realizar los estudios primarios y el bachillerato, se matriculó en la Universidad de Madrid, corría el año 1969. Su intención era estudiar Filosofía y Letras para más tarde matricularse en Psicología, sin olvidarse del periodismo, que estaba registrado en su plan de viaje. Aunque se esforzó en acabar los estudios de psicología lo cierto es que empezó a trabajar como periodista a los diecinueve años; así las cosas, su suerte parecía echada, dejó la psicología y se matriculó en la Escuela Superior de Periodismo de Madrid. Aparte del periodismo, en aquella época le interesaba mucho el teatro y de hecho participó en grupos independientes como Tábano.

Comenzó a trabajar para el diario El País poco después de salir éste al público, y llegó a ser redactora jefe del suplemento dominical entre 1980 y1981. Su labor durante su vida profesional estuvo muy centrada en las entrevistas en las que llegó a tener un gran prestigio nacional e internacional, pues les dio una vuelta y las convirtió casi en un género literario que superaba las simples preguntas y respuestas acostumbradas; al día de hoy se la estudia como referente en la “entrevista”. También ha escrito variados artículos de opinión sobre los más diversos temas.

Ha dado conferencias en universidades de gran parte del mundo. Su colaboración en prensa internacional es inmensa: The Guardian, Clarín, Stern, Mercurio o Liberation, entre otros periódicos.

Su primer libro publicado fue Crónicas del desamor (1979); en él cuenta cómo vivían el amor muchas mujeres durante la “Transición” española. Después de este siguieron otros que enumeramos al final, así como cuentos infantiles y gran número de ensayos.

Los premios que ha recibido Rosa Montero han sido profusos, cito algunos: Premio Nacional de Periodismo 1981, Premio Primavera 1997 por La hija del caníbal, Premio Qué Leer 2003 a la mejor novela española por La loca de la casa, Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid 2005 a toda su trayectoria, Premio Qué Leer 2005 a la mejor novela española por Historia del Rey Transparente, Premio de la Crítica de Madrid 2014 por La ridícula idea de no volver a verte, Premio José Luis Sampedro 2016 por el conjunto de su obra, Premio a la Trayectoria Profesional del Club Internacional de Prensa 2017, Premio Nacional de las Letras Españolas 2017.

En Amado amo (1988) realiza una reflexión psicológica brutal tanto desde el interior del protagonista como de lo que se refiere a su mundo exterior, del ambiente laboral en que se desenvuelve y que sufre de manera despiadada. La historia nos habla de personas asalariadas que cobran un sueldo, unas de mayor cuantía y otras menor, unas están, de momento, posicionadas arriba en el escalafón, otras ya han caído y agonizan, como le sucede al propio protagonista después de atravesar un periodo bueno. El entorno es común, el escenario podría ser cualquier oficina de esas que conocemos en las que trabaja mucha gente; mas tras esa apariencia inocente se desarrolla una tragedia también común de tanto repetida. Las buenas caras, poco a poco, se van transformando en hostiles, en despreciativas, es el olvido en su forma más corrosiva el que amenaza, para finalmente conducir a la víctima a la aniquilación. También hay pasiones frustradas y amores confusos, que no cuajan, pero esto es solo una parte del problema.

Amado amo es la historia de un mundo desalmado, sin principios ni valores morales, done el objetivo prioritario es conservar el puesto de trabajo un día más, a cualquier precio. La autora cuenta una historia asombrosa, dentro de la historia principal, acontecida en tierras de los todopoderosos EEUU, en el año 1889, en Oklahoma. En aquel tiempo, diez mil personas corrieron un día de abril una carrera infernal para conseguir un pedazo de tierra, hacia “el corazón de las tinieblas”, parafraseando a Joseph Conrad; la muerte del competidor, la mutilación del que iba delante, formaban parte del viaje, lo mismo que no había tierras para todos tampoco había vida para todos. Vida o muerte, ese era el juego, en una carrera en la que de partida los participantes estaban vencidos porque se convertían, tanto si ganaban como si perdían, en seres alejados de lo mejor del ser humano: la fraternidad. Eso es, sintéticamente, Amado amo, una competición diabólica por mantener el sueldo a toda costa, un ínfimo privilegio que todo lo más paga las facturas, mientras los interesados, hombres y mujeres, se transforman en seres abyectos que ignoran o apartan de sí los significados de dignidad y solidaridad. El amigo de hoy es el enemigo de mañana; el puesto de trabajo la antesala del patíbulo por el que necesariamente tienen que pasar todas, como si estuvieran sometidas a una maldición inevitable. En ese escenario terrible, las cabezas se dislocan, enloquecen, se pierden en disquisiciones y rumiaciones que giran siempre alrededor de la supervivencia laboral, como un fin en sí mismo: hoy se arrastran, se envilecen, espían a un compañero o compañera, mienten, le empujan al abismo, le destruyen, mancillan a ese otro que tienen a su lado, en otra mesa; con el deseo infantil de que no les toque a ellos ser espiados, destrozados en los corrillos, machacados por las intrigas, empujados a ese abismo temido que es el despido, el ostracismo laboral, la autodestrucción, el alcoholismo, o al litro de lejía fatal como autocastigo por fracasar, por haber decepcionado a los jefes, por no ser lo suficientemente sumisos, lo suficientemente productivos. Así es, son culpables de ser maltratados porque sí, porque es la costumbre, porque esa rivalidad enfermiza y criminal entre los hombres y mujeres que componen la plantilla es buena para la empresa. Tal vez como apunta Émile Zola en su universal obra Germinal, la solución a tanto dolor y enajenación pasaría por quemar la empresa.

OBRA

Novelas
  •  Crónica del desamor
  •  La función Delta
  •  Te trataré como a una reina
  •  Amado amo
  •  Temblor
  •  Bella y oscura
  •  La hija del caníbal
  •  El corazón del tártaro
  •  La loca de la casa
  •  Historia del Rey Transparente
  •  Instrucciones para salvar el mundo
  •  Lágrimas en la lluvia
  •  La ridícula idea de no volver a verte
  •  El peso del corazón
  •  La carne
  •  Los tiempos del odio
  •  La buena suerte
  •  El peligro de estar cuerda
  •  La desconocida
Literatura infantil y juvenil
  • El nido de los sueños
  • Las barbaridades de Bárbara
  • El viaje fantástico de Bárbara
  • Bárbara contra el doctor Colmillos
Relatos
  • Amantes y enemigos. Cuentos de parejas
Ensayo
  • Periodismo y literatura
  • España para ti para siempre
  • Cinco años de país
  • La vida desnuda
  • Historias de mujeres
  • Entrevistas
  • Pasiones
  • Estampas bostonianas y otros viajes
  • Lo mejor de Rosa Montero
  • El amor de mi vida. Artículos publicados entre 1998 y 2010 en El País
  • Maneras de vivir
  • Nosotras: Historias de mujeres y algo más
  • El arte de la entrevista. 40 años de preguntas y respuestas
Teatro
  • Bruna Husky (2019)

16 oct 2023

El viajero


Por Ángel E. Lejarriaga




Este poema está incluido dentro del poemario "El circo de los necios" (2018).


El viajero cree que está varado
pero navega,
flota en una viscosa marea
de pérdidas irrecuperables,
sin tierra firme,
sin puertos a los que dirigirse.

El viajero simboliza su tiempo
como un tesoro en llamas
que se consume imperfecto,
gastado o malgastado,
no hay un juicio válido
que lo determine.

El viajero calla
porque sus palabras
carecen de fuerza,
de espontaneidad creativa,
su brillo se ha marchitado
como la frescura de sus músculos.

El viajero no sueña,
bebe de un presente subterráneo,
de hábitos desnudos,
de lugares conocidos
que le protegen de la furiosa tormenta,
del olvido inevitable.

El viajero se alimenta
de horas robadas
a libros secuestrados,
con historias de otros,
con recueros de aquellos
que ya no están.

El viajero no sabe nada,
no quiere nada,
no espera nada,
el deseo le ha abandonado
con el lento declinar
de su antigua ilusión.

El viajero navega,
el viajero calla,
el viajero no sueña,
el viajero reposa,
el viajero quema horas de otros,
el viajero se apaga.

El viajero observa la tierra
que mañana le acogerá
con el cansancio propio del héroe
que quiso ser y nunca fue,
porque el viajero
fue un luchador
que perdió el barco,
la brújula
y la bandera sin patria,
fue un orador
que se mordió la lengua,
fue un soñador
que se durmió para no despertar,
fue un degustador de libros
en los que quedó atrapado.

El viajero se va despacio,
silencioso,
sin mirar atrás,
sin arrepentimiento,
con la certeza alegre
de que no volverá a nacer.

21-11-17

12 sept 2023

Alegría



Por Ángel E. Lejarriaga



Este poema está incluido dentro del poemario "El circo de los necios" (2018).

Palabras próximas
dicen sufrir mi tristeza,
mi negatividad ácida,
que yo denomino realista,
y me preguntan 
por la alegría de vivir.

¿Qué sé yo de la alegría?

¿Cómo puedo sonreír
en esta torre áspera y desangelada,
en la que vivo roto,
desde la que observo distante el mundo?

No lo sé.

Miro hacia el horizonte
como un viejo farero
que vigila la noche,
perpetua y terrible,
y emito al éter descarnado
una pobre señal
con la ilusoria idea
de evitar más naufragios.

¿Eso me contenta,
me regocija,
me hace feliz,
alivia mis males?

¿Cómo puedo sentir un éxtasis
que no esboza mi razón
en términos tangibles?

¡Alegría!,
grito con un aullido impío
porque no es veraz,
surge de una embriaguez efímera
de un alocado instante,
mas tan fugaz
que un simple parpadeo
levanta un abismo inabordable
entre presencia y ausencia.

¿Qué tendría que ocurrir
para que ese poderoso sentimiento
me cubriera con su túnica musical?

Lo ignoro.

Quizá alguna vez
poseí la fórmula secreta
para provocar su explosión
pero hoy esa alquimia,
esa obra hermética y personal,
se ha quedado atrapada
en alguna encrucijada de mi historia.

Quisiera abrir los ojos y sentir
que ese simple hecho
es razón suficiente
para estar exultante,
pero no es así,
no me basta,
y mientras,
mi cuerpo se desmorona
como una muralla antigua
y mi imaginación busca instantes
en los que la alegría
fue el estandarte de mis días,
con la esperanza
de que una mañana,
al despertarme,
descubra colores embriagadores
que alumbran mi ventana.

13-11-17

4 sept 2023

¿Quién soy?



Por Ángel E. Lejarriaga



Leo a Fernando Pessoa, sus tribulaciones constantes sobre variados temas que se repiten, que en ocasiones parecen ricos circunloquios en los que me veo envuelto con deleite y al mismo tiempo con desánimo, porque su disforia es contagiosa, me temo. En este instante dejo constancia de su obsesión por ser “él mismo”. No sé qué es eso, a qué se refiere, y no puedo preguntárselo. Hace poco he leído en un artículo de prensa que es conveniente alejarse de esa idea de aceptación incondicional hacia uno mismo, sea cual sea, es decir, asumir nuestro “sí mismo”, a pesar de los pesares. El articulista puntualizaba que somos un perenne edificio en construcción por lo tanto autodefinirnos de un modo radical y sentencioso es poner freno a un cambio que, por otra parte, es imparable.

Si ya el manejo de las emociones supone una tortura a lo largo de la existencia, incidir en esta búsqueda de señales de identidad puede inducir ―en lo que se refiere a mí al menos― a una locura cierta; algo que temía Pessoa de una manera fóbica. Con este temor subyacente asumo que de momento estoy cuerdo, algo que me parece un atrevimiento, un dislate. ¿Cómo puedo saber que mantengo la capacidad de raciocinio? ¿Es que acaso dentro de mi locura no puedo imaginar que estoy cuerdo?

Podemos ser varias personas a la vez, Machado así lo afirmó en su “Juan de Mairena”. Nuestras emociones fluctúan en función de los acontecimientos internos y externos, suben, bajan, se encrespan, se tornan patéticas. Pero ahí está presente nuestro pensamiento presumiblemente científico, vigilante hasta la náusea, con la insolente pretensión de imponer su criterio; actitud vana, desde luego.

¿Quién soy yo? ¿Qué constructo de mí mismo pretendo imponerme y también imponer al mundo material y sensible? Quizá de eso se trata, de constructos mentales. Soy bueno, soy malo, medio bueno, medio malo, alegre, triste, simpático o su contrario, antipático. ¿Puedo hacer una valoración objetiva de mi ser? No, rotundamente. ¿El pensamiento ajeno, variado y tan desquiciado como el mío, va a definirme, a juzgarme? Intolerable e insoportable. ¿Entonces qué hago? Difícil respuesta en este mar de confusión, dudas y mortificaciones. Al final soy muchas cosas: deseos, sueños, autovaloraciones de todos los colores y signos, juicios de otros entes que pululan a mi alrededor y, sobre todo, conductas externas, porque las internas no son constatables. Las conductas observables son medibles, cuantificables y por tanto tienen o pueden tener un valor esperado. ¿Soy algo por simple repetición? No hay duda que esto último, dicho así, no es el todo que constituyo, pero a fin de cuentas es tangible. Soy algo más que una probabilidad; asumo roles puntuales, actúo según el guion previsto; algo que hago la mayor parte de las ocasiones. En este laberinto multiforme, pensar no es suficiente; tal vez abrazar un código moral, y ser consecuente con él en la práctica, facilite un estar en el mundo social de un modo equilibrado, lejos del “desasosiego” interior, que para eso está, para no imponer límites a nuestra inmersión en el universo multidimensional al que tenemos acceso. Mi Yo se compone de materia, tiempo, espacio, conocimiento ilimitado, posibilidades que se dibujan en el aire y se desdibujan a tal velocidad que se tornan inaprensibles, sin que esa experiencia interior pueda ser narrada más que a través del lenguaje, que le da carácter y valor, y que también acota su potencialidad expansiva. De momento vivo y pienso, y me pregunto dubitativo si todavía es cierto que pienso y por tanto vivo.


20 ago 2023

Silencio negro




Por Ángel E. Lejarriaga

Este poema está incluido dentro del poemario "El circo de los necios" (2018).


El tiempo es negro,
las horas son negras,
negras,
la luz es negra,
no hay sol,
los pulmones duelen
al respirar el llanto de ceniza,
el vacío más lóbrego
tapiza lo que estuvo lleno de vida,
las llamas se han elevado
sobre nuestras cabezas veladas,
lamentable corona
provocadora e hiriente,
sedienta del oro tibio
del negocio fácil,
de la rapacidad sin límites,
del lucro obtuso y mezquino.

Pobres engendros,
de mirada fría,
que arrasan lo que no es suyo
y que no es de nadie,
por la moneda traidora.

Espectros tristes,
sin faz,
espectros.

Amamantados por pupilas crueles
y huecas,
que nada saben
del rumor del viento fresco,
de la espesura verde,
ni del agua
que las piedras transpiran,
ni de las caricias de seda
de lo helechos,
ni de meigas,
ni de trasgos.

Monstruos,
vestidos de traje negro y corbata negra,
armados de calculadoras
y sonrisas falsas,
como la dignidad con la que hablan
de cuentas de resultados
y de pingues beneficios;
seres infames
que solo conocen
la aritmética de los ceros a la derecha
que define su fortuna.

¡Malditos seáis por siempre!,
os gritan los muertos,
todos los muertos,
de todas las especies,
ahora carbonizados;
maldita vuestra estirpe,
repulsiva y estéril.

Mi llanto
no puede apagar el fuego
pero se transforma en semilla
que algún día,
tal vez,
escupirá sobre vuestras tumbas.

Con mi último aliento
emito una voz de guerra
y de venganza
que perdurará.

¡Escuchad!

Nada vive
en lo que fue amor multicolor,
solo un silencio negro
y angustiado
se levanta del mar de llamas
y susurra airado
que hay mucho por hacer.

16-10-17


9 ago 2023

Podría escribir...



Por Ángel E. Lejarriaga



Podría escribir un “libro sobre el desasosiego”, un “ensayo sobre la ceguera” o tal vez un “ensayo sobre la lucidez”, y a continuación quemarlos, sonriente, hastiado de palabras superpuestas e impuestas en unas coordenadas absurdas, imprecisas, inconexas, inconscientes, incandescentes, inacabadas e insuficientes. Sí, podría escribir, por supuesto, un ensayo sobre el mal, sin obviar el bien como contraste, o escribir sobre el bien, y regodearme con la contemplación del mal. ¿Acaso importaría? No. No importaría a nadie. Somos levedad, cada día pretendemos pesar menos, ser más livianos, apenas un ronce en el cruce entre dimensiones opuestas. No puede trascender lo que escriba porque los pensamientos de un ahora impreciso, carecen de valor de cambio, no poseen precio, no cotizan en bolsa, no existe un mejor postor que desee pujar por ellos. Probablemente, ni tan siquiera serán leídos, mucho menos retenidos, conservados, fechados, preservados para la posteridad desconocida que se aventura tras este instante. ¡Ay!, perversidad qué poco te prodigas en estas horas ardientes de verano tórrido. Podrías proponer juegos corruptores, infames, incluso repugnantes, como imaginarnos en el papel de banqueros o de verdugos insaciables, eso sí, bien pagados, para mayor gloria de los lectores invisibles e imposibles, hambrientos de sensaciones esenciales, esos que pueblan las sinuosidades de nuestro tiempo. Tantas escenas truculentas restan por ser citadas que me abruma una impaciencia demente. Tiene que ser así, sentirme así, porque si estuviera cuerdo en estos puntos cardinales que ordenan el consenso social, debería acelerar mi muerte para no atragantarme con las convenciones ridículas y los usos correctos que el escenario reverente exige. No pide, no, eso no, reclama con urgencia, impone sumisión, obediencia ciega, y yo me niego a acatar orden alguno, al menos lo intento, ni la más nimia de las sugerencias aunque estas me sean beneficiosas, por si acaso me acostumbro a besar manos e incluso a lamerlas. La distancia es muy corta ente una y otra conducta. No estoy ciego, incluso es posible que roce una cierta lucidez, a pesar de encontrarme asfixiado por una tribulación que me convulsiona como si mis tripas fueran magma volcánico. Pensar por uno mismo tiene estos inconvenientes, hasta graciosos y corrosivos; mas tras tanta vanidad escrita solo encuentro oscuridad, negra, impenetrable, soportable, por momentos insufrible. Quizá debiera copiar los libros citados de Saramago y de Pessoa, sin complicarme la vida con más párrafos y soliloquios pueriles. Ellos escribieron bien y de manera transparente sobre el mundo y sus circunstancias, dijeron lo que tenían que decir, después se murieron, como debía ser. Aunque muertos sigan moderadamente vivos para los que les recuerdan. Hay que precisar que yo, aunque me sienta vivo, ya estoy discretamente medio muerto. ¡Qué cosas tiene el lenguaje! Es una gran gimnasia. Sorprende el fluir de las palabras, formando nubes de frases que se apilan en estas hojas como si quisieran decir y significar algo.

24 jul 2023

La mirada


Por Ángel E. Lejarriaga


Este poema está incluido dentro del poemario "El circo de los necios" (2018).


Media noche deshabitada,
doce campanadas lóbregas
anuncian la muerte de un día
y el nacimiento de otro
alumbrado por unos ojos celestes,
a pesar de no estar presentes,
que deslumbran en la oscuridad;
dos lanzas de fuego
que hablan sin palabras
con un estupor vivo
que derrama alegría,
como el agua fresca
que desborda la fuente
en la que los amantes beben
hasta ahogarse.

La sonrisa fiel acompaña
a las pupilas desamparadas
por los besos ausentes
de ese hombre hosco
que mira y admira,
perplejo,
la belleza del fulgor,
desde la distancia,
desde el vértigo de la huida,
siempre enajenado,
atemporal,
que se expresa con lenguaje
de meteoros abruptos,
aferrado a un tiempo
que no conocerá
porque no hay marcha atrás
en el curso de la historia,
y su impulso suicida,
incluso genocida,
le convierte en una pobre y mísera voz
que clama en el desierto.

Mas esos ojos le escrutan con ansia
y le llaman
con una voluptuosidad juvenil
sin comprender del todo
el desamparo del hombre que pena
ni su discurso lleno de arengas
y lamentaciones.

La sonrisa de ella bebe su desaliento
para compensar la derrota,
el mal de la memoria que le oculta,
y esa energía que exhala
y explota como dinamita negra,
sin herir a nadie
salvo a sí mismo
y a sus labios de miel.

La luz se desvanece gris
con un último e inerte hálito,
exasperado,
que describe cuentos de piratas,
de viajeros olvidados
y de una piel pálida
que se estremece
en un estrépito
de luces y sombras,
que susurra y muerde,
que grita de placer
y exige más,
que se adormece
en un abrazo satisfecho
nunca suficiente.

12-10-17