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21 ago 2012

La peste



Por Ángel E. Lejarriaga



Han pasado 65 años desde que Albert Camus publicó La peste, y ahora, quizá, tenga más sentido que nunca releerla y ver qué conclusiones extraemos de sus páginas.
El texto nos abre las entrañas de la tragedia que se vive en la ciudad de Orán. Una estructura formal de novela oculta simbólicamente otra tragedia, la que vive Francia bajo la ocupación nazi. El nazismo es la «peste» que contamina y mata azarosamente a los que se encuentran encerrados en la ciudad.
La historia comienza de una manera sutil con la presencia de ratas que salen a la luz para morir. Algo está sucediendo y nadie parece darse cuenta. Bernard Riux, médico, sabe lo que ocurre y trata de llamar la atención sobre los riesgos para la población pero las autoridades obvian el asunto, le restan importancia, prefieren mantener el orden público a toda costa, un orden que podría verse en entredicho si la noticia se extendiera. No se toman las medidas de prevención adecuadas, esperan que ocurra un «milagro» que salve la situación sin que el equilibrio que sustenta la sociedad se trunque.
Así las cosas, la vida cotidiana se desarrolla con una «normalidad» perturbadora, irreflexiva, inconsciente, que conduce al abismo. Naturalmente los acontecimientos se precipitan y la gravedad de la situación obliga al aislamiento del mundo exterior. La ciudad cierra sus puertas y los habitantes se convierten en prisioneros de sus muros. La peste ya no es una anécdota sino que se sitúa en el centro de atención de los enclaustrados. Muchos intentan escapar pero no es posible. En un primer momento solo tienen la peste y su memoria, luego solo quedará la peste. No existe futuro. Quizá pueda haberlo pero no hay forma de aventurar cuál puede ser.
Pasa el tiempo y el mal se acepta como algo inevitable. Cada uno lo afronta como puede. Unos se evaden a través de un hedonismo evasivo; otros crecen desde su dignidad y practican una solidaridad ejemplar, sincera, anónima. La peste solo puede combatirse mediante la cooperación y la suma de voluntades.
El libro cuenta que los cines están llenos pero todas las sesiones exhiben el mismo celuloide. También cuenta que en los transportes públicos la gente ni se roza, temen contagiarse; permanecen encerrados en muros interiores que de nada sirven ante el poderoso mal que flota en el aire.
Al final, el día a día se traduce en supervivencia, los valores se relativizan, no hay mañana ni pasado, solo resta luchar por vivir un día más.
En el fondo de sus mentes desean que las cosas vuelvan a ser como antes, ajenos al peligro siempre presente de la peste, aunque esta pueda permanecer oculta de manera temporal.
Hasta aquí llega este rápido esbozo de la historia; con él podemos realizar algunos paralelismos con nuestro tiempo. Ya no estamos en Orán, aunque podríamos estarlo; nos encontramos en cualquier ciudad española, griega, portuguesa, irlandesa o italiana. La tragedia existe; la peste se podría llamar «crisis económica», en realidad un subterfugio para oprimir aún más a las poblaciones, es decir, acumular riqueza sin dar nada a cambio. No, la peste no es la «crisis»; la enfermedad que hace sufrir, hiere y mata despiadadamente se llama «explotación del hombre por el hombre» e «injusticia social»; siempre ha estado ahí pero no hemos querido verlo, hemos apartado la vista a otro lado o imaginado que nunca nos iba a tocar a nosotros. Vivíamos en universos de consumo y bonanza aparente que al final se han convertido en un lastre en sí mismos.
Las ratas nos avisaron hace tiempo de que algo estaba pasando. En este caso las ratas fueron la especulación galopante, la corrupción política, el endeudamiento, la acumulación y dependencia de bienes inútiles o prescindibles, la cesión de soberanía… Algunas mentes preclaras se dieron cuenta y nos avisaron de que el capitalismo benefactor, la «sociedad del bienestar» y en sí la democracia parlamentaria eran un artificio pasajero, una forma de gobernar que sería utilizada mientras la correlación de fuerzas estuviera equilibrada. Cuando ese equilibrio ha desaparecido ya no es necesaria su aplicación. Las autoridades sabían lo que estaba ocurriendo y le restaron importancia, huyeron hacia delante sin escrúpulos, eso sí, manteniendo sus privilegios. Los más sagaces y malévolos esperaban su momento para aplicar su plan de destrucción. La enfermedad, con toda su crudeza, estaba gestándose sin que los sistemas inmunitarios sociales estuvieran preparados para contenerla.
En ese contexto, la vida asumió una ceguera mortal. Los males que antes he citado, las ratas, no solo no disminuyeron sino que se acrecentaron hasta llegar al paroxismo. De pronto comenzó a aumentar el paro, los desahucios, la desesperación. La peste estaba servida. La plaga empezó a destrozar nuestras vidas sin piedad. Camus dice en su novela que todos los miembros de la sociedad estaban afectados por la posibilidad fortuita de que la muerte les alcanzara sin previo aviso. En eso, nuestro momento es diferente, no todos corren riesgos, los ricos son más ricos, los acomodados se han vuelto precariados y los que ya eran pobres ahora son miserables. La peste ya no es algo irrelevante que pasa de vez en cuando como un mal bíblico sino que se ha instaurado en nuestras vidas sin que tengamos posibilidad de escape.
Hemos llegado a aceptar el mal como irremediable también; no tenemos salida. Esperamos otro milagro que no llega, tal vez porque los milagros no existen más que en la mente de los niños y en la de los ignorantes. Podemos intentar evadirnos, y de hecho lo hacemos, pero la única forma de afrontar la situación es mediante la solidaridad, recuperando la responsabilidad sobre nuestras vidas, que hemos cedido a poderes perversos que siempre han estado ahí y estarán mientras no acabemos con ellos.
Todos los días ponemos la televisión y la radio y vemos y escuchamos las mismas cosas, aún así permanecemos embobados ante ellas, quizá incrédulos, pensando que esto no puede estar sucediendo. Sobrevivimos como podemos y añoramos aquellos tiempos en que nos creíamos ricos y, por encima de todo, seguimos deseando volver al orden anterior, que la peste se vaya, a pesar de los cadáveres que va dejando a su paso, despreciando al que vive en la calle, al parado, al que escarba en los contenedores de basura en busca de comida, al «extranjero»: están más apestados que nosotros. Pobres necios, la peste nunca nos dejará pues se alimenta de nosotros.

«El bacilo de la peste nunca muere o desaparece, puede permanecer dormido, en la casa, en los muebles y en las camas, aguardando pacientemente en los cuartos, los sótanos, los cajones, pañuelos y papeles, y quizá un día, solo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir a una ciudad feliz.» (Albert Camus, La peste)

Lectura recomendada:
  • La peste. Albert Camus


18 oct 2011

No hay libertad en la miseria (II)

El grito mudo



Por Ángel E. Lejarriaga



Las pupilas del hombre se abren ante el sol que decae, un misterio en forma de sombra funesta le rodea con una consigna desesperada. ¿Qué le ocurre? ¿Por qué tiembla? ¿Por qué duda? No tiene nada que perder. Dos pasos más adelante le aguarda una cita espesa de emociones.
Es solo un hombre perdido. Podría ser también una mujer, un niño, una persona, un indignado, un solitario, una arpía, un imbécil, un transeúnte, un desalentado, tal vez un parado. La digresión lingüística se ha detenido ante esa categoría evolutiva infernal: un parado, un desasistido, un paria. Una realidad biológica que existe a pesar de que se trate de obviar.
Es una especie antigua que se oculta bajo las alfombras de la opulenta Europa. Una entidad poco útil, siniestra. Un merodeador nato que da vueltas y más vueltas, sin sentido, sin orden, sin unos puntos cardinales que le orienten en una dirección. En ocasiones se le ve sentado en un banco solitario, a la espera de que ocurra algo excepcional que le libere del estigma que le condena al ostracismo de la no existencia.
El individuo que observo ni tan siquiera reflexiona sobre estos términos; orden, sentido, futuro, carecen de significado en el caos atemporal en el que vive. Su mente acumula un rencor fiero, ardiente. Una bocanada de bilis le abrasa la lengua con un ácido denso que surge de lo profundo de sus entrañas. Su mundo se ha derrumbado hace tiempo y desde entonces permanece sumergido en un universo hecho de nada y de la nada no se sale porque en ella no hay esperanza.
Avanza unos metros y se detiene, su respiración es entrecortada. Su corazón escupe latidos como gritos, anhelando una ayuda imposible, un sortilegio balsámico que lo eleve sobre su cotidianidad de mugre y hastío. A veces piensa que ya no es un ser humano. Su conciencia le sugiere la idea peregrina de que quizá ha penetrado en un submundo hecho de horror y desprecio, en el que las miradas huidizas de los otros le atraviesan como espadas de acero.
Él se esconde, no hiere, le hieren. Él no humilla le humillan. Él ya no habla porque le cortaron la lengua el día en que le convencieron de que si era bueno en su trabajo triunfaría, si era obediente la sociedad le recompensaría, si cumplía las reglas alcanzaría la gloria del bienestar indefinido. Todo ese conglomerado de frases ampulosas se ha derretido ante el muro ignominioso que le circunda. Está fuera, le han expulsado de la sociedad de los prodigios, a pesar de haber sido el más sumiso de los ciudadanos, y eso no puede soportarlo. Es joven todavía, lo es aunque ronde los cincuenta años. Tiene esposa e hijos, que le miran con un poso de lástima. ¿Qué va ser de él? ¿Qué va a ser de ellos? ¿Qué va ser de todos nosotros?
Sus puños apretados se aferran al metal indiferente que sostiene. No hay dureza en su rostro, tampoco lágrimas. Quiere morir de una vez y no sabe cómo hacerlo. Le dicen que está deprimido pero no lo entiende, él solo quiere trabajo y nadie le escucha. Le enseñaron que ese era su fin en la vida, vender su fuerza al mejor postor. Lleva ese mensaje tatuado en la piel de manera imborrable. Lo marcaron como a una res al nacer y desde entonces ha respondido de manera eficiente a lo que se esperaba de él, ha cumplido con su deber de ciudadano decente. Pero ahora ha perdido sus derechos, que creía inalienables, porque ya no cobra un salario ni tan siquiera un subsidio. De repente es un ente infecundo. Los amigos le han dado de lado para que no les pida dinero aunque nunca lo ha hecho, por si acaso. Da miedo ver a un parado cerca, es presagio de miseria y la miseria puede contagiarse, es peor que la lepra.
Desea vivir a pesar de todo. En un rincón peregrino de su destartalado cerebro todavía existe un atisbo de luz. Antes quería morir y en este instante se resiste a ello. Da dos pasos más en dirección al supermercado. Está dentro. La cajera le mira con ojos despavoridos, no le reconoce, no entiende por qué lleva la cara tapada y por qué empuña una escopeta. Él no quiere hacer daño a nadie pero todos los que le rodean son culpables, nadie es inocente si permanece pasivo ante la pobreza y la exclusión de sus semejantes. Con sus manos sudadas acaricia inútilmente el gatillo del arma descargada, porque no tiene dinero para comprar cartuchos. Aún así un arma es un arma y sus dos ánimas, como dos ojos negros amenazadores, encañonan a los rostros aterrados que le observan. Apenas puede hablar, balbucea, con la escopeta señala la caja registradora. El resto de los personajes flotan en la escena embriagados por un hedor gélido que proviene del pozo de la historia.
Le gustaría expresar el dolor que siente ante ese arrebato de necesidad y a la ve de justicia. Pide el dinero, más bien lo suplica, con lágrimas en los ojos. La cajera le entiende pero no es capaz de moverse, presiente la tragedia en los labios cortados del hombre sin rostro. Él la empuja con el cañón para que le obedezca y ella al fin reacciona. Es escaso el tesoro que obtiene pero aún así lo coge, se vuelve hacia la calle y de pronto las piernas se le doblan, algo le ha golpeado en el pecho con violencia. Ha creído escuchar un estampido, como un petardo infantil. Le confunde que las piernas no le sostengan. Se deja caer sobre un costado, muy cansado, mientras una masa viscosa carmesí le rodea como un aura. Oye gritos y palabras entrecortadas, confusas. Desde el suelo, muy cerca, percibe dos pies calzados con botas negras brillantes, parte de un uniforme, y un familiar olor a pólvora. No entiende lo que ha pasado pero tiene sueño. Próximo a la inconsciencia cree oír el sonido de una sirena que se aproxima. Los parpados le pesan y tiene frío, mucho, frío.

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1 oct 2011

Al borde del principio



Por Ángel E. Lejarriaga


El título parece ampuloso pero en realidad posee un significado dramático: los supuestos o creencias en los que sustentaba la ciudadanía su vida han muerto, están a punto de hacerlo o han dejado de tener valor, tal vez porque nunca han existido salvo en nuestra ilusión.
Para desarrollar el análisis que quiero exponer me tengo que retrotraer a la dictadura franquista, a la denominada «transición política» —que podríamos llamar pos franquismo— y a lo que ha venido después, que conocemos como «sociedad del bienestar». En un primer momento histórico, durante el franquismo, las clases más desfavorecidas por el reparto de la riqueza —los trabajadores— tenían claro que vivían una situación de explotación extrema, sin libertades básicas (de manifestación, de expresión y de reunión), fundamentada en la defensa a ultranza de los privilegios de una casta dirigente, surgida de los vencedores de la Guerra Civil y apoyada en la Iglesia católica, la Banca y las Fuerzas armadas. Entonces se era consciente de que resultaba imprescindible un cambio drástico que hiciera progresar a la sociedad, es decir que la empujara hacia un futuro de progreso y justicia social. Los grupos de resistencia entonces existentes, en su mayoría impulsaban los movimientos sociales con un enfoque revolucionario. Difícilmente, se pensaba, podría recuperar el pueblo llano el protagonismo y los derechos que le correspondían sin dirigirse hacia un proceso que acabara drásticamente con las relaciones de opresión imperantes.
En los años 60 y 70 —con una Europa revuelta por la crisis del petróleo, con movilizaciones constantes y grupos armados que golpeaban a los detentadores del poder político y económico— desde las más altas más altas instancias de gestión del capital se promovió un tipo de organización política de la sociedad que podríamos denominar como blanda (dictablanda vs dictadura), de apariencia democrática (se puede votar cada cuatro años y realizar protestas autorizadas), que dedicara una parte de los excedentes de riqueza no acumulados por la clase dominante, a la generalización del bienestar económico. Indudablemente los ricos seguían siendo ricos o más ricos, las clases medias aumentaban y teóricamente la pobreza se reducía a cifras marginales. Esto, naturalmente, a costa de la miseria del Tercer mundo. En ese punto la izquierda revolucionaria fue dando pasos hacia atrás y se acomodó en el posibilismo.
En España el PSOE ha sido el gran artífice de esta transformación, más bien cambio de decorado. Desde el momento en que saltó a la palestra política los estrategas del mundo financiero lo vieron como una tercera vía entre la izquierda revolucionaria y la derecha fascista que deseaba perpetuarse en el poder. Su ascenso fue meteórico, personajes hasta ese instante desconocidos, como Felipe González, alcanzaron un protagonismo excepcional en poco tiempo. El plan estaba en marcha. Había que adormecer voluntades para poder seguir gestionando la riqueza del país con tranquilidad. El PSOE ocupó ese papel protagonista de la mano de su carismático líder. Ese posibilismo equívoco nos llevó a abandonar en sus manos cualquier factible creatividad revolucionaria. Todo aquel que se posicionaba a la izquierda del PSOE fue criminalizado, de la noche a la mañana se convirtió en un terrorista de facto o en potencia. La ciudadanía, alimentada por los medios de comunicación, lo entendió así y rechazó cualquier tipo de enfrentamiento contra los nuevos padres de la patria. A partir de ese momento, de ser personas con capacidad crítica pasamos a ser consumidores sumisos. Dejó de importarnos la amenaza permanente de un ejército golpista y reaccionario, la presencia insultante y nociva de la Iglesia católica en la vida pública, la venta del país al mejor postor o la imposición de una trasnochada y enfermiza Casa Real, obviando que la bonanza económica no podía ser más que un espejismo transitorio. A fin de cuentas, según los ideólogos socialdemócratas del PSOE, ya éramos un país democrático que se dirigía ineludiblemente hacia su modernización. Había que hacer borrón y cuenta nueva, y sobre todo olvidar. Y olvidamos… De nuestra memoria desaparecieron las víctimas del franquismo, aquellas que precisamente habían contribuido con su sacrificio al progreso de la sociedad. De pronto empezamos a adormecernos, entrando en un letargo de centro comercial y programas televisivos de cotilleo. Los sindicatos se convirtieron en una institución más del estado del bienestar, con su papel mediador incuestionable e imprescindible para mantener la paz social: ellos desarmaban conciencias y a cambio recibían subvenciones lucrativas que garantizaban su existencia. En lo que respecta al resto de la diluida izquierda —exceptuando al incombustible PCE que no aportó nada en todo este proceso salvo su cooperación crítica con el modelo parlamentario— desapareció literalmente en grupos ecologistas, antimilitaristas o feministas que durante años intentaron sobrevivir, en un afán incansable por hacer despertar a una nación que de repente se había vuelto indiferente.
Han pasado muchos años desde entonces. Hemos padecido una crisis económica en el año 92, que significó la caída de un PSOE corrupto y sin escrúpulos; que hizo reconversiones industriales salvajes y aplico sin miramientos el terrorismo de estado. De ese período emergió un PP hambriento de poder que durante los ocho años siguientes hizo y deshizo, dejando entrever una práctica de gestión neo liberal que no le dio tiempo a aplicar del todo. La aventura bélica de Aznar en Irak y los atentados islamistas en Madrid consiguientes le costaron el gobierno. Vuelta a empezar, el PSOE subió al poder y Zapatero prometió que no iba a decepcionar a sus votantes. La ciudadanía votó a Aznar para librarse de Felipe González y luego a Zapatero para librarse de Aznar. Sumamos y seguimos.
Los años de la burbuja inmobiliaria hicieron que nuestro sueño de siervos voluntarios fuera más profundo. Llegamos a creer que éramos o podíamos ser ricos, y consumimos sin cuento; pensamos que habíamos alcanzado un orden perfecto en el devenir de la economía, que siempre sería así. Antes he dicho que estábamos dormidos, ahora afirmo que, además, estábamos ciegos.
El sueño se ha acabado, la dictadura de los mercados se ha impuesto, pero seguimos faltos de visión, he ahí nuestro gran problema. Desarmados ideológicamente, esperamos que el nuevo gobierno que surja de la urnas el 20N (probablemente  del PP) nos devuelva el bienestar perdido cuando parece que su previsión programática es seguir la política de su hermano aventajado de clase: el PSOE (toca cambio de gestores). Ya no les es necesario mantener la «sociedad del bienestar», no hay peligro de que los más desfavorecidos se levanten y les exijan responsabilidades. No hay una contestación social significativa. Pueden volver a actuar con impunidad.
La realidad nos resituará aún más, como siempre hace, con toda crudeza y entonces tendremos que decidir qué hacemos: ¿Esperamos a que nos regalen los derechos costosamente adquiridos a lo largo de tres décadas o nos ponemos en marcha, dispuestos a conquistar no solo la libertad sino el futuro que nos pertenece? Si elegimos la primera opción repetiremos la historia reciente. Si por el contrario optamos por luchar nos espera un camino de «sangre, sudor y lágrimas». Ambas vías son duras pero la segunda nos abre una perspectiva pendiente de explorar, la de la transformación profunda de las estructuras sociales, la de la auto responsabilidad, la de la solidaridad; en resumen, una lucha sin cuartel contra una dinámica de explotación del hombre por el hombre, humillante e injusta.
Las castas opresoras nunca han regalado nada, cualquier derecho siempre ha habido que arrancárselo a sangre y fuego. Ahora, al borde del abismo, nos encontramos con otra decisión. ¿Luchamos por la revolución, en pro de un modelo social justo o aceptamos la esclavitud de nuevo cuño que la dictadura de los mercados nos impone? Personalmente creo que la revolución es el camino, largo y penoso por supuesto, pero la única vía a través de la cual la Humanidad en algún momento conseguirá evolucionar positivamente. Para ello es necesario organizarse y preparar la resistencia. Todas las batallas por nimias que estas parezcan hay que pelearlas hasta el final, sin que la derrota sea una opción. El enemigo es poderoso pero la ciudadanía está introducida en todos los estamentos sociales. Desde el barrendero hasta el ingeniero o el profesor de universidad, todos tenemos un papel importante que desempeñar en ese proceso de contestación frontal contra el sistema. Sin nosotros la sociedad no puede avanzar, nosotros somos el motor de la Historia. Generamos riqueza, cultura, arte y alegría. Ellos, los poderosos y sus adláteres, solo acumulan beneficios. Para ganar estar guerra tenemos que empezar por saber quiénes son «ellos» y quiénes somos «nosotros». Hay que conocer sus fuerzas y también conocer las nuestras. Desde esta inteligencia colectiva, con la determinación y la paciencia adecuada, nada nos será imposible.

Recomiendo ver la película También la lluvia, de la directora Iciar Bollaín, una representación pedagógica del enfoque que tenemos que abordar a partir de ahora si queremos evitar el abismo que se presenta en nuestro horizonte más cercano.

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11 sept 2011

La isla



Por Ángel E. Lejarriaga


El tren se detuvo con suavidad y el pitido de la puerta me anunció  que tenía que bajarme: estaba en Sol, en la puerta del Sol, ya sin acampados. Al ascender al exterior me encontré con un autocar de la Cruz roja aparcado en medio de la plaza, solicitando donaciones de sangre. Le circundaban numerosos turistas que se hacían fotos junto a la escultura del oso y el madroño, símbolo de Madrid. El edificio más próximo, en obras, que durante el mes de mayo había albergado una decena de pancartas con consignas revolucionarias, permanecía despejado de la alegría que proporciona la utopía. Su lugar era ocupado por una miríada de obreros, trabajando en su fachada. La entrada a la sede de la Comunidad de Madrid, antiguo centro de tortura durante la dictadura del General Franco —entonces Dirección General de la Seguridad del Estado— concentraba a un centenar de ciudadanos cobijados a su sombra. Suele ser un lugar habitual de citas. Hombres vestidos con chalecos amarillos reflectantes ofrecían comprar oro a buen precio. Con un rápido vistazo de trescientos sesenta grados pude comprobar que la presencia policía era inexistente. Puedo afirmar, sin lugar a duda, que el entorno estaba tranquilo y transmitía una imagen de ciudad sosegada, sin problemas acuciantes, sin tensiones y por supuesto sin enfrentamientos.
Tanta tranquilidad me inquietó. Cómo podía existir ese orden y armonía cuando el país, el nuestro, se vende sin escrúpulos a los grandes estamentos financieros internaciones; cuando nuestra autonomía como pueblo está siendo sacrificada por la clase política.
Las manos me sudaban. Recordé los días del campamento de la República de Sol y me emocioné; en aquel campamento me sentí libre.
La «normalidad» me oprimía. Comencé a subir por la calle de Alcalá y a la altura del metro de Sevilla escuché una voz fuerte, amplificada por un megáfono, que denunciaba la rapacidad de la banca y los desahucios de miles de familias en España sin que las instituciones, que según la Constitución debieran protegerlas, hicieran nada por frenarlos. Mientras oía los mensajes del valiente compañero de la PAH de Madrid, observé a un hombre bien vestido, vendiendo indiferente, en un trapo tendido en el suelo, bisutería a los turistas. También un norteafricano ofrecía películas, siempre con la mirada expectante ante la posible aparición de la policía. Si era detenido le quitarían la mercancía y si no tenía papeles lo encerrarían en un campo de concentración a la moda del siglo XXI, para ser posteriormente expulsado. Como todo el mundo sabe, un extranjero indocumentado es una nueva categoría antropológica, ya no se trata de un ser humano sino de un infrahumano, utilizable y desechable a voluntad, sin que ninguna ley le ampare.
Frente al número 29 de la calle Alcalá se encontraba la sede de IberCaja, una entidad especialmente activa en la ejecución de expedientes de desahucio. Esa mañana actuaba sobre una familia de Fuenlabrada. A su entrada había una isla de corsarios que gritaban hasta desgañitarse, agitando pancartas y carteles en los que se describían frases referidas a los desahucios de viviendas. Al escucharles sentí su impotencia clavarse en mi carne.
Crucé la calle y me uní a ellos. Éramos unos veinticinco, encerrados en diez metros cuadrados de acera. Una treintena de policías antidisturbios, perfectamente uniformados y pertrechados de cascos y porras, nos rodeaba amenazadora, como una jauría de perros rabiosos acosando a su presa. A pesar del acoso el minúsculo grupo corsario resistía. El que parecía ser el jefe de los uniformados se dirigió a nosotros con gesto duro y nos anunció que si formábamos un grupo superior a veinte personas seríamos disueltos por la fuerza. Nuestra concentración, según la ley Corcuera, era ilegal, no se había pedido autorización a la autoridad gubernativa. Aunque la Constitución garantiza sobre el papel el derecho de reunión y manifestación, las leyes posteriores la corrigen, la adaptan a las necesidades represivas del Estado. Un policía joven, bien afeitado, con cara de no haber roto un plato en su vida, se dedicó durante un buen rato a filmar las caras de todas las personas congregadas en la isla. Luego procedió a identificarnos minuciosamente.
Tres metros nos separaban del bloque defensivo que formaban. Constituían la barrera de protección de la entidad financiera. Nosotros éramos una pequeña isla en medio de un bullicio de coches, de viandantes que hacían sus compras, de jóvenes impasibles, de caminantes aburridos que ni siquiera se detenían por curiosidad a mirar por qué estábamos allí. En algún momento tuve la impresión de que suponíamos una molestia innecesaria e imprevista en su vagar lúdico. Los locos molestan los infames utópicos molestan, los mendigos molestan, los pobres molestan, los parados molestan. Si pudieran los exterminarían o en última instancia los esconderían debajo de la alfombra de lo políticamente correcto.
Pero a pesar de los inconvenientes, de la soledad, de las amenazas de los antidisturbios, del desprecio y la indiferencia de muchos ciudadanos, la isla se mantuvo firme, enarbolando incansable su bandera de resistencia.

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20 jul 2011

Vergüenza



Por Ángel E. Lejarriaga


H
oy miércoles 20 de julio del año 2011 algunas personas nos hemos estrellado contra un muro hecho de violencia, insolidaridad y vergüenza, en cuya construcción han participado diversos cómplices. Sé desde hace bastante tiempo que no hay justicia para los verdugos pero esta mañana la gente que había en la calle, tratando de impedir el desahucio de una mujer en paro y sus dos hijos, también lo ha aprendido de un modo cruel al observar la implacabilidad de los poderes públicos: jueces, funcionarios judiciales y policías, unidos contra tres personas indefensas ante la ley de los mercados financieros y la maldición de la pobreza.
Sobre las ocho de la mañana si cruzabas la calle de Alcalá a la altura del metro de Pueblo Nuevo lo primero que te llamaba la atención era la presencia de una decena de policías antidisturbios, distribuidos estratégicamente alrededor de la boca del metro. A los viandantes les miraban con ojos inquisitivos, supongo que buscando criminales peligrosos; a unos les dejaban pasar y a otros les paraban para que se identificaran. Más adelante, superado este primer obstáculo, introduciéndote por la primera calle a la izquierda, enseguida te dabas cuenta que todas las vías estaban cortadas por policías de todo tipo: nacionales, municipales y muchos antidisturbios. El paso era libre hasta cierto punto, cercano unos cincuenta metros al número 140 de la calle Virgen del Lluch, lugar en el que a las 9,30 de la mañana estaba previsto un desahucio. A partir de ahí una fuerza policial desproporcionada, con respecto al número de personas presentes, impedía el acceso. La gente gritaba, se desgañitaba, algunos hasta lloraban de rabia e impotencia; pero todo era inútil, solo contábamos con unas razones llamadas ilusión, justicia y equidad, frente a un aparato represivo basado en la poderosa convicción que proporciona el dinero. Al final el desahucio se produjo, sin contemplaciones, sin que los protagonistas dudaran: «La ley es la ley», aunque sea injusta. Lo que me ha gustado del espectáculo es que el Estado se ha quitando la careta por fin, ha dejado de ocultar su verdadero rostro, el derivado del autoritarismo y la defensa de los privilegiados detentadores de la riqueza. El Estado todopoderoso es la herramienta de gestión de los recursos económicos del mundo financiero y no tiene inconveniente en demostrarlo cara a cara, sin prejuicios. Si tiene que bordear la ley y demostrar claramente que la democracia es una ilusión con la que alimentar la impotencia de las clases populares, lo hace. Es innecesario que trate de disimularlo la clase política con gestos hipócritas y frases ampulosas, sus palabras no tienen credibilidad, ni sus leyes, ni sus promesas; falsedades interesadas de las que algún día tendrá que rendir cuentas ante la ciudadanía.

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20 jun 2011

Asqueados


Por Ángel E. Lejarriaga


La siesta es algo excepcional siempre y cuando se tenga la cabeza vacía. En un vano intento de desconexión de los acontecimientos de las últimas semanas intenté relajarme y dormitar en el más amplio sentido de la palabra. Pero no pudo ser. Una idea obsesiva me martilleaba la conciencia. Desde que empezó el 15-M decenas de miles de personas se han movilizado en España. Hasta ahí iba bien, pero llegué más lejos. ¿Por qué tan pocas? El país está en la ruina. Nuestras instituciones de gobierno se encuentran en manos neoliberales o en manos corruptas, quizá sea lo mismo, el resultado final sí lo es. Entonces qué sucede. ¿Por qué los manifestantes no son millones? Abandonando toda esperanza de dormirme me puse a racionalizar y fue peor porque los interrogantes florecieron como la mala hierba.
Racionalizar lo que se dice racionalizar se puede racionalizar todo. Incluso la idea de un dios es razonable. Muchas personas llegan a la conclusión lógica de que dios tiene que existir porque la vida que les toca en suerte es detestable aunque no sea de las peores. Por eso afirman que tiene que haber un paraíso que les compense de tanto sufrimiento, sino están «jodidos». Yo, particularmente, pienso que hagan lo que hagan están «jodidos», pero como dijo alguien: «Mejor morir de pie que vivir de rodillas.»
En esa línea elucubré que aunque en las manifestaciones, asambleas y concentraciones hay todo tipo de personas, desde niños hasta ancianos, faltaba mucha gente de diversos sectores que de manera directa está sobrellevando los rigores de «La Crisis». Hice una lista subjetiva y repasé a sus componentes. Cito a algunos.
Los parados, unos cinco millones según la encuesta de población activa. Es evidente que no están participando en la «indignación» de manera masiva. Una incógnita. Los trabajadores con contratos precarios son legión en nuestro estimado país y sin embargo les parece innecesario incorporarse a la rebelión. Los trabajadores con puesto fijo permanecen impasibles ante una reforma laboral que en la práctica no solo elimina derechos sino que deja las manos libres al empresario para despedir a quien quiera, cuando quiera y a bajo coste. Los universitarios no han ocupado ni movilizado las facultades a pesar de que la enseñanza cada vez va a ser más restringida para las clases desfavorecidas y, lo que es peor, cuando terminen sus carreras, después del esfuerzo realizado, se van a incorporar a las filas del desempleo o o si trabajan lo harán con un contrato miserable. Pero sigamos repasando. ¿Qué pasa con los funcionarios en general? Les bajan los salarios, les amenazan con echarlos a la calle en las próximas reestructuraciones que se anuncian y ellos, sumisos, a la expectativa.
El profesorado —también funcionarios—, hasta hace no mucho bastante combativo, se ha abandonado a la abulia general y se olvida de la reducción de salarios, de la privatización de la enseñanza y del menoscabo de la educación pública. Como aparte de mano de obra también somos padres —los que lo sean, claro—, me pregunto si no estamos preocupados por el porvenir de nuestros vástagos. Pues parece que no. También he echado en falta a los ciudadanos «con papeles» de otras nacionalidades que brillan por su ausencia, a pesar de tener unas condiciones de vida mucho peores que el resto de la población. Tampoco he visto a los «sin papeles» y eso que en cuanto los coja la policía los puede internar en un «centro de concentración» para más tarde expulsarlos. Me faltan las abuelas y abuelos que con buen criterio se deberían estar cuestionando el porvenir de sus familiares de generaciones anteriores. Yendo más lejos, dada la cantidad de hipotecados que hay en España, este colectivo sin futuro tendría que salir a la calle en defensa de su techo; pues tampoco.
Se me olvidaba el sector de la policía —funcionarios de pro—, últimamente trabajando a destajo, persiguiendo y dando «hostias» a los «perro flauta» con el calor que hace, corriendo el riesgo de que en algún momento se las devuelvan multiplicadas; hay que reconocer que eso cansa y les produce estrés. No es necesario que diga que tampoco protestan.
En fin, como se ve, mucha gente en este país tendría motivos para «indignarse», «cabrearse» y «asquearse» sin embargo parece que no es así.
Analicemos por qué. Pueden existir varias explicaciones para cada caso. No se descarta una tara genética de nacimiento en la mayoría de la población mundial que nos impulsa a la sumisión. También puede que seamos simplemente felices y por tanto nos conformemos con lo que el poder nos da porque no necesitamos más. Pero razonemos antes de llegar a simplificaciones arriesgadas.
Los parados no protestan porque quieren dejar de estar parados y quizá piensan que si acosan demasiado a los poderosos la cosa va a ser peor, así que a aguantar hasta que lleguen tiempos mejores, es decir, a la siguiente burbuja financiera, o a acabar en la indigencia durante la espera. Los trabajadores con contratos precarios callan por temor a que los echen aunque las sucesivas reformas laborales impliquen que a partir de ahora todos los contratos sean precarios. Los trabajadores fijos cierran los ojos y los oídos a la realidad y sueñan con que el gerente de turno no considere la posibilidad de pérdidas a corto plazo, quiera mantener el beneficio de la empresa a toda costa y se cuestione reducir la plantilla para prevenir el riesgo de ganar menos.
Los universitarios quieren triunfar antes de los treinta años sin más consideraciones y evitan como la peste la visión de los contratos en prácticas, el «mileurismo» y el hecho fehaciente de que vivirán con los padres por tiempo indefinido. En lo que respecta al personal de enseñanza, su filosofía es rotunda: «De aquí no hay quien me eche». ¿Que la enseñanza no tiene calidad?, la culpa es de los padres, o del ministerio o de cómo está el mundo. A fin de cuentas el sueldo lo cobran todos los meses. Pedagógicamente ellos no tienen ninguna función, la obvian. La desidia les ha liberado de tal responsabilidad. Del resto de funcionarios se puede decir algo parecido con la salvedad de que se habla con insistencia de despidos en ayuntamientos. ¿Puede ser solo el principio del fin de su cómodo status? Tal vez. En cualquier caso, de momento pueden aguantar.
Si hablamos de los padres y madres y de la deuda ética que tienen ante sus hijos, de dejarles un mundo mejor, está claro que hace tiempo que han tirado la toalla por muchas de las razones ya expuestas, sea cual sea su posición. Viven al día, temerosos de perder lo poco que tienen, aunque no posean nada porque lo deben todo.
Los «inmigrantes» bastante tienen con sobrevivir pero el problema es que cada vez la situación va a ir a peor y perderán hasta el derecho a tener derechos. No obstante sueñan con que las cosas cambiarán para bien. Los abuelos y abuelas directamente ya no creen en nada y han olvidado la historia del mundo y en particular la de su propia nación. Qué decir de los endeudados, hipotecados y desahuciados… Estos verdaderamente esperan el milagro de los panes y los peces porque no existe otra explicación. También algunos se encomiendan al altísimo y confian en la máxima de que «dios premia a los buenos y castiga a los malos». ¿O era «dios premia a los malos y castiga a los tontos»?
Por último me quedan los sufridos defensores del orden público —funcionarios con vocación profesional—: los policías. Está claro que ellos van a sacar tajada de todo esto: horas extras y primas por peligrosidad, hay mucho «perro flauta» suelto. Al final van a redondear un buen sueldo.
Si nos damos cuenta, en todas estas hipótesis hay una construcción irracional: desear que las cosas mejoren porque sí, que la situación cambie por arte de magia.
Llegados aquí nos queda responder a algunas preguntas: ¿Somos conscientes de que nos auto engañamos? ¿Estamos tarados o tenemos algún tipo de déficit intelectual que nos hace permanecer inmunes a las agresiones del medio? ¿Somos felices a pesar de los pesares? Evidentemente no tengo las respuestas y eso me aturde. Solo puedo añadir lo que un conocido me comentó un día sobre la felicidad: «En este mundo solo los gilipollas son felices».

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18 may 2011

No hay pan suficiente para tanto chorizo




Por Ángel E. Lejarriaga


Los movimientos sociales de estos días expresan la angustia y la impotencia de la ciudadanía ante una situación social vergonzosa y despótica. Los poderes públicos y la búsqueda de beneficio económico de los poderosos determinan nuestras vidas, hipotecan nuestro presente y nuestro futuro. La indignación y la resistencia son pulsiones que nos empujan hacia delante pero no suficientes porque no existe un cuerpo social de resistencia estructurado que lo sostenga en el tiempo. Toda la energía alegre y combativa que se está desarrollando en muchas ciudades del país puede extinguirse en cualquier momento en cuanto el cansancio, la falta de apoyos y el aparato represivo del Estado empiecen a funcionar. Por ello es importante organizar el movimiento desde la base, empezar a construir una democracia directa, sin mediadores, una democracia auténtica, en la que tod@s seamos responsables de nuestro destino.
A partir de esta introducción propongo que nos organicemos desde la afinidad, por simpatía, empezando desde abajo, sin intentar convencer a nadie. Cada individuo debe elegir su destino. Una asamblea puede iniciarse solamente con dos personas. Que sea la práctica y el afecto solidario los que vayan uniendo voluntades.

Asambleas permanentes de barrio (en pueblos grandes).
Donde se debaten ideas, propuestas y de paso se vive cooperativamente.

Coordinadora de Asambleas de barrio – comité permanente del pueblo.
Acuden l@s delegad@s de las asambleas de barrio, solo con voz, todo se aprueba por consenso. 
Se ponen en común los acuerdos de las asambleas de barrio.

Coordinadora de provincia. 
Acuden l@s delegad@s de los distintos comités coordinadores de los pueblos.

Coordinadora de nacionalidad.
Donde acuden l@s delegad@s de las distintas provincias de la nacionalidad.

Federación de delegad@s de nacionalidades del Estado.
Donde se reúnen l@s delegad@s de las distintas nacionalidades del Estado.

Las asambleas de base siempre son soberanas. Ellas eligen y quitan a l@s delegad@s. L@s delegad@s solo son la voz de sus representados no acumulan ni poder ni privilegios, no representan al movimiento. Para que su funcionamiento sea práctico los nuevos medios telemáticos pueden facilitar la democracia directa. Por ejemplo, imaginemos que hay que tomar una decisión sobre concentraciones a nivel del Estado. Un comité coordinador de una nacionalidad, a propuesta de sus asambleas, propone una acción. De inmediato la información se transmite en tiempo real a través del correo electrónico de arriba abajo. Todas las asambleas permanentes federadas reciben de inmediato de la propuesta, debaten y envían a través de la estructura de delegad@s los acuerdos. Si es necesario debatir a nivel federal ciertos matices, por video conferencia se puede seguir el rumbo de las discusiones y volver a tomar decisiones de abajo a arriba rápidamente.
Esto es una propuesta quizá fantástica pero pendiente de experimentar. Si queremos construir un auténtica democracia hay que ponerle imaginación al tiempo presente y no esperar a que otros nos la elaboren mediante los procedimientos ya conocidos. Tenemos que asumir nuestro destino y convertir cada jornada en una fiesta de la libertad y la utopía, siempre mucho mejor que lo que ahora tenemos.

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6 may 2011

Asumir lo inasumible

Por Ángel E. Lejarriaga


Este fin de semana hablaba con mi padre sobre el devenir del mundo y se quejaba porque las cosas no han cambiado mucho con respecto a lo que él vivió en su infancia. Se quejaba… Me hablaba de su padre, de mi abuelo, y me contaba que también se quejaba. Mi madre también se quejaba de lo injusto del mundo, de que los pobres siempre han sido y serán pobres y de que los ricos siempre han sido y serán ricos.  Y añadía con un gesto de tristeza: «Desgraciado aquel que se atreva a enfrentarse a ellos.»
Si nos damos cuenta, la queja se hereda como se hereda el color del cabello o una predisposición genética a padecer una enfermedad. Nos quejamos por hábito; quizá así nos desahogamos y de alguna manera exteriorizamos la frustración de nuestras vidas. Mi abuelo se quejaba, como mi padre, mi madre, mis hermanos y yo mismo; no me gusta lo que veo. Me asquea que el Estado me suelte la cadena a su conveniencia para hacerme sentir más libre. No soporto la conmiseración de los poderosos.
Creo que nos equivocamos al quejarnos. El problema es que no asumimos nuestra condición, la que nos ha tocado por la «ley de la herencia». Hemos nacido en el bando de los derrotados, de los asalariados, de aquellos que tienen que «ganarse la vida». No tenemos nada que hacer y nos cuesta reconocerlo. No podemos influir en las decisiones importantes del planeta. No podemos dirigir nuestras vidas. ¿Por qué entonces, sabedores de todo esto, no aceptamos de una vez nuestro estatus de esclavos modernos? No me lo pregunto con ironía, no. Lo siento así. Nos iría mucho mejor si nos relajáramos y asumiéramos que formamos parte del engranaje más bajo de la escala social. Podemos tener apellidos y nombre pero ese detalle apenas posee significado, del mismo modo podrían habernos bautizado —cristianamente por supuesto— con un número impersonal. Nuestra misión en la existencia es ser productivos y consumir, nada más. El voto que emitimos periódicamente no es más que un subterfugio, un puro trámite, un terrón de azúcar generoso que pretende hacernos sentir importantes durante unos segundos. En realidad no se trata más que de una representación banal, sin valor. Nosotros mismos nos ponemos el collar al aceptar su juego y nos reímos satisfechos como lo que somos: pobres idiotas dormidos a todo lo que no sea el discurso de nuestros amos.
Yo a partir de hoy voy a dejar de quejarme, ya no es necesario. Beberé y me emborracharé para olvidar mis penas, o pegaré a mi mujer, maltrataré a mis hijos, robaré a mis compañeros, seré insolidario, repudiaré a los extranjeros, me convertiré en un racista sin que se note demasiado y me iré de putas. Me convertiré en un ciudadano modelo que vota cuando le toca y recicla la basura ordenadamente; haré lo que se espera de mí: que sea un perfecto «hijo de puta» pero dentro de unos límites admisibles, políticamente correcto. Mientras no cuestione ni al rey ni a la dictadura blanda llamada democracia burguesa, ni al ejército, ni a la iglesia, ni tire piedras a la policía ni queme bancos, todo va bien. Eso sería subversión, terrorismo, la ley de la selva. Eso nunca. Jamás cuestionaré el orden constitucional, refrendado soberanamente en las urnas.
Ya me siento mejor. Aceptar que se es una puñetera mierda descerebrada reconforta. Ya soy normal, no necesito quejarme, ni maldecir, ni cuestionar a mis opresores. Ellos me ayudan con sus carismáticos consejos, deciden lo que es mejor para mí y son tolerantes con mis pequeñas faltas, propias de mi baja casta. Por fin soy libre en mi estupidez. Saber que no tengo futuro, y que no me importa, me libera de la carga de tener que resistir. Alabada sea mi clarividencia; la asunción de mi esclavitud económica y moral me ha reconciliado con el presente. Ya no es necesario que luche, ni tan siquiera que me resigne, solo tengo que ser obediente y sonreír, sobre todo sonreír, hasta que se me parta la mandíbula y sus huesos me perforen el encéfalo. Entonces habré triunfado en la vida.

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5 abr 2011

Abril, mes de flores y utopías


Por Ángel E. Lejarriaga


Estamos en abril, un mes de flores y de luz. La poesía acaricia las calles remisas a escuchar las voces de las megafonías estridentes, de los que nos invitan a votar porque quieren ser nuestros guardianes, en esta jaula sin barrotes que es la sociedad de nuestro tiempo.
A pesar de ellos me siento libre para respirar, para decir «salud» al compañero o compañera con el que me cruzo y abrazarles con una sonrisa cálida. Ellos son miembros de mi comunidad y con ellos comparto mis horas, impotentes ante las guerras y miserias provocadas por aquellos cuyo único destino es ser más ricos.
Quizá he perdido la esperanza de que el mundo evolucione positivamente de una manera global, al menos yo no lo veré; la Historia es demasiado larga y la vida humana corta. A pesar de ello sueño y creo en que puedo hacer cambios en mi vida: ser solidario con los que me rodean, compartir no solo mi tiempo con otros sino desde la práctica modificar mi universo cotidiano.
Mi realismo optimista no me impide ser consciente de que estamos más desarmados que nunca ante el capitalismo, no me engaño. Los escenarios se repiten década tras década y los explotadores (multinacionales, mundo financiero y organizaciones económicas internacionales) siguen bien pertrechados en sus trincheras, reduciendo nuestra calidad de vida conseguida con tanto esfuerzo y sacrificio.
Estamos desarmados ante ellos porque no tenemos ideas transformadoras, porque no creemos que podamos autogestionar nuestras vidas. Queremos negociar con el capitalismo, le concedemos un margen de confianza para que nos devuelva el bienestar perdido y no es posible, ese es el más grande de los errores. Buenaventura Durruti dijo en una ocasión: «Con el capitalismo no se habla, no se negocia, se le combate y se le destruye.» Evidentemente el planteamiento es revolucionario y radical pero ¿qué tenemos que perder?, poco. Sin embargo sí tenemos mucho que ganar: nuestra dignidad como individuos libres. Einstein decía que «lo más absurdo es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes.»
No podemos hacer una revolución sin transformar previamente las conciencias. Parece una obviedad y lo es, lo escribió Tolstoi, los perros guardianes del dinero —policía y ejército— se encargarían de convencernos de lo equivocados que estamos al insistir en esa actitud. Entonces veríamos la verdadera cara de la democracia burguesa: el fascismo.
Sí podemos revolucionar nuestras mentes y armarnos de ideología para a partir de ahí ir transmutando nuestra forma de vida y organización social, al margen de las estructuras del estado y sus mensajes envenenados de demagogia.
Es exigible, además, prescindir directamente de sus medios de comunicación, de sus discursos falaces, de sus consignas moralistas e irracionales. El auténtico mal del mundo es la existencia de un poder absoluto, tenga forma humana o divina, da igual, ambos limitan la libertad y provocan la injusticia.
La vida en el planeta Tierra puede ser diferente si rompemos con las cadenas de la explotación del hombre por el hombre. Los seres humanos de un modo cooperativo y autogestionario somos capaces de vivir en paz. Con creatividad y auto responsabilidad tenemos en nuestras manos la posibilidad de construir, desde las cenizas del antiguo régimen autoritario, ese nuevo mundo, que según dijo un compañero hace muchos años, todos llevamos en nuestros corazones.

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11 mar 2011

Resistencia

Por Ángel E. Lejarriaga


S
tephane Hessel ha saltado a la fama en nuestro país gracias a un librito, Indígnate, que se ha difundido entre millones de lectores, hambrientos de ideas nuevas. En realidad el manuscrito no aporta argumentos que desconozcamos, yo diría que es políticamente correcto. Critica algunos aspectos e injusticias del modelo social pero no lo cuestiona en sí mismo como fuente de dominación.
Dos hechos destacan del fenómeno divulgativo que ha provocado su aparición. El primero indica que estamos en la recta de salida, preparados para movilizarnos —eso deseo creer—;  el segundo es proporcionarnos una oportunidad para reflexionar sobre lo que está ocurriendo en estos años, que sin lugar a dudas lleva sucediendo desde el momento en que el primer ser humano dijo «¡Esto es mío!»

La idea que subyace en Indígnate me gusta: «La resistencia». Durante el saqueo nazi de Europa fueron muchos los ciudadanos que desde la clandestinidad lucharon contra el invasor, contribuyendo con su esfuerzo y sacrificio a su derrota. Hessel fue uno de ellos. Podemos hacer un cierto paralelismo, salvando las peculiaridades de la ideología nazi, con el momento que vivimos: pérdida de derechos y libertades, estado policial, preponderancia del militarismo —camuflado bajo el eufemismo de humanitario—, persecución de la libertad de expresión si esta no comulga con la ideología del poder y discriminación y persecución de sectores de población (inmigrantes, gitanos, mujeres y pobres, por ejemplo), entre otras cosas.

Estamos llegando lejos en nuestro devenir histórico, atravesando una etapa de barbarie cuya salida no está clara y menos dada la pasividad de la ciudadanía y su escasa capacidad de auto organización.
La depredación y desprecio hacia la mayoría de la población por parte de los estamentos financieros parece no tener límites; los gobiernos se pliegan a sus demandas. Nunca hasta ahora había quedado tan claramente expresado quién está gobernando verdaderamente el mundo. Los presuntos estados democráticos —tan ensalzados por la demagogia de los profesionales de la política— están sometidos a una soberanía económica implacable. Mientras los ciudadanos de a pie pierden calidad de vida los ricos son más ricos.

Todos somos, de alguna manera, responsables de esta situación por haber delegado nuestra voluntad en sujetos que sirven a los intereses de los poderosos. Si en los años cuarenta había que resistir a la ocupación alemana, hoy en día tenemos la obligación de resistir a la ocupación de nuestras mentes por ideologías que pretenden convencernos de lo justo de nuestra condición de «nuevos esclavos». Los gobiernos y los medios de comunicación construyen mentiras sobre mentiras para asentarse en sus privilegiados puestos como defensores del «orden mundial», aunque este signifique el desastre para la «mayoría».

Después de tantos años de cultura occidental todavía no hemos aprendido la gran lección que proporciona la Historia: no debemos someternos a ningún tipo de poder, ni humano ni divino.
En este contexto, es imprescindible no solo indignarse, sino también ejercer «resistencia». Volvemos al principio. Quizá la «resistencia» no debiera cogerse y dejarse como un traje que uno se pone y se quita, a conveniencia, sino que debiera ser una actitud ante la vida: resistencia ante toda injusticia, venga de donde venga. Bakunin decía que él no podría ser nunca plenamente feliz mientras existiera un solo ser humano oprimido en el mundo.

Tenemos que oponernos a la amenaza despótica que dirige nuestro planeta; es necesario que dejemos de mendigar derechos, debemos exigirlos y conquistarlos.

La voluntad es poder, nuestra resistencia es poder; la unión de nuestras voluntades y nuestras resistencias individuales es invencible.


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20 feb 2011

La libertad no se pide, se conquista


Por Ángel E. Lejarriaga


Con la crisis económica —generada por la voracidad ilimitada del sistema capitalista, con el cual colaboramos a diario— tenemos una oportunidad única de revisar nuestros planteamientos vitales. Modo de vida que no elegimos hasta la edad adulta. Por decirlo de una manera comprensible, un día nos despertamos y descubrimos que nos encontramos dentro de él; inmersos en un engranaje de absurdos ideológicos del que pensamos no poder liberarnos nunca.

Estamos aprendiendo muchas cosas, si nos fijamos. La primera es que los gobiernos no gestionan el bien común de la mayoría sino el patrimonio de una minoría. Otra segunda lección que hemos aprendido es que los profesionales de la política en realidad no son servidores públicos, sino que atienden a intereses que están muy por encima de la base popular, por ejemplo al Banco Mundial, al Fondo Monetario internacional o al todopoderoso Club Bilderberg. A estas instituciones los pueblos, las naciones, los ecosistemas, les importan muy poco. Su máxima es la obtención de un beneficio siempre creciente y están dispuestos a conseguirlo a cualquier precio. En tercer lugar, por ejemplo, podemos constatar que el modelo democrático de las sociedades modernas se basa en un conjunto de falsedades a las que llaman derechos. Tenemos derecho a la educación pero se recortan sus gastos hasta niveles tercermundistas. Tenemos derecho o nos conceden el derecho a la sanidad pero también ésta sufre recortes y la asistencia cada día que pasa es más precaria. Tenemos derecho al trabajo. Un gran eufemismo. Se podría decir que sufrimos la obligación de tener que vendernos al mejor postor pero nuestro gran derecho, en realidad, es el de morirnos de hambre, eso sí de una manera políticamente correcta: sumisos y callados. Aún así no están conformes. Las mentes bien pensantes de las instituciones antes mencionadas se plantean el siguiente interrogante: ¿Si no se rebelan contra nosotros es porque ocultan algo? ¿Quizá aún podemos quitarles más? A continuación la hacienda pública en vez de investigar a las grandes fortunas del país inicia una campaña  de inspecciones a parados y a autónomos porque les parece raro que no protesten.

Se me olvidaba que tenemos derecho a una vivienda digna. Solo hay un problema previo que resolver: sin trabajo, sin perspectivas de futuro y con un sistema de relaciones laborales basado en la precariedad, es muy difícil afrontar una deuda hipotecaria para toda la vida.

Por supuesto a los militares no se les baja demasiado los presupuestos, ni se les quita las subvenciones a la Iglesia, no se vayan a enfadar. El ejército es la garantía de que sus privilegios están seguros y la Iglesia, con su modo de actuar sinuoso e hipócrita, adormece nuestras conciencias con resignación cristiana y promesas de lograr una vida mejor, naturalmente después de la muerte.

El panorama, cuando menos, resulta grotesco. Si sacamos conclusiones rápidas vemos que el único derecho que tenemos es a votar cuando nos dicen, a confirmar y dar el visto bueno a nuestros opresores.
Alguien dijo que la libertad no se pide, se conquista. Nosotros a diario pedimos, suplicamos, pero no exigimos, no nos revelamos contra nuestra condición de esclavos modernos.

En nuestra mente somos auténticamente libres y es a partir de esa rebelión interior contra el absurdo en dónde se encuentra nuestra fuerza y nuestra esperanza de construir, desde abajo, sin mediadores, un mundo mejor.

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