Por Ángel E. Lejarriaga
Han pasado 65 años desde que Albert Camus publicó La peste, y ahora, quizá, tenga más sentido que nunca releerla y ver qué conclusiones extraemos de sus páginas.
El texto nos abre las entrañas de la tragedia que se vive en la ciudad de Orán. Una estructura formal de novela oculta simbólicamente otra tragedia, la que vive Francia bajo la ocupación nazi. El nazismo es la «peste» que contamina y mata azarosamente a los que se encuentran encerrados en la ciudad.
La historia comienza de una manera sutil con la presencia de ratas que salen a la luz para morir. Algo está sucediendo y nadie parece darse cuenta. Bernard Riux, médico, sabe lo que ocurre y trata de llamar la atención sobre los riesgos para la población pero las autoridades obvian el asunto, le restan importancia, prefieren mantener el orden público a toda costa, un orden que podría verse en entredicho si la noticia se extendiera. No se toman las medidas de prevención adecuadas, esperan que ocurra un «milagro» que salve la situación sin que el equilibrio que sustenta la sociedad se trunque.
Así las cosas, la vida cotidiana se desarrolla con una «normalidad» perturbadora, irreflexiva, inconsciente, que conduce al abismo. Naturalmente los acontecimientos se precipitan y la gravedad de la situación obliga al aislamiento del mundo exterior. La ciudad cierra sus puertas y los habitantes se convierten en prisioneros de sus muros. La peste ya no es una anécdota sino que se sitúa en el centro de atención de los enclaustrados. Muchos intentan escapar pero no es posible. En un primer momento solo tienen la peste y su memoria, luego solo quedará la peste. No existe futuro. Quizá pueda haberlo pero no hay forma de aventurar cuál puede ser.
Pasa el tiempo y el mal se acepta como algo inevitable. Cada uno lo afronta como puede. Unos se evaden a través de un hedonismo evasivo; otros crecen desde su dignidad y practican una solidaridad ejemplar, sincera, anónima. La peste solo puede combatirse mediante la cooperación y la suma de voluntades.
El libro cuenta que los cines están llenos pero todas las sesiones exhiben el mismo celuloide. También cuenta que en los transportes públicos la gente ni se roza, temen contagiarse; permanecen encerrados en muros interiores que de nada sirven ante el poderoso mal que flota en el aire.
Al final, el día a día se traduce en supervivencia, los valores se relativizan, no hay mañana ni pasado, solo resta luchar por vivir un día más.
En el fondo de sus mentes desean que las cosas vuelvan a ser como antes, ajenos al peligro siempre presente de la peste, aunque esta pueda permanecer oculta de manera temporal.
Hasta aquí llega este rápido esbozo de la historia; con él podemos realizar algunos paralelismos con nuestro tiempo. Ya no estamos en Orán, aunque podríamos estarlo; nos encontramos en cualquier ciudad española, griega, portuguesa, irlandesa o italiana. La tragedia existe; la peste se podría llamar «crisis económica», en realidad un subterfugio para oprimir aún más a las poblaciones, es decir, acumular riqueza sin dar nada a cambio. No, la peste no es la «crisis»; la enfermedad que hace sufrir, hiere y mata despiadadamente se llama «explotación del hombre por el hombre» e «injusticia social»; siempre ha estado ahí pero no hemos querido verlo, hemos apartado la vista a otro lado o imaginado que nunca nos iba a tocar a nosotros. Vivíamos en universos de consumo y bonanza aparente que al final se han convertido en un lastre en sí mismos.
Las ratas nos avisaron hace tiempo de que algo estaba pasando. En este caso las ratas fueron la especulación galopante, la corrupción política, el endeudamiento, la acumulación y dependencia de bienes inútiles o prescindibles, la cesión de soberanía… Algunas mentes preclaras se dieron cuenta y nos avisaron de que el capitalismo benefactor, la «sociedad del bienestar» y en sí la democracia parlamentaria eran un artificio pasajero, una forma de gobernar que sería utilizada mientras la correlación de fuerzas estuviera equilibrada. Cuando ese equilibrio ha desaparecido ya no es necesaria su aplicación. Las autoridades sabían lo que estaba ocurriendo y le restaron importancia, huyeron hacia delante sin escrúpulos, eso sí, manteniendo sus privilegios. Los más sagaces y malévolos esperaban su momento para aplicar su plan de destrucción. La enfermedad, con toda su crudeza, estaba gestándose sin que los sistemas inmunitarios sociales estuvieran preparados para contenerla.
En ese contexto, la vida asumió una ceguera mortal. Los males que antes he citado, las ratas, no solo no disminuyeron sino que se acrecentaron hasta llegar al paroxismo. De pronto comenzó a aumentar el paro, los desahucios, la desesperación. La peste estaba servida. La plaga empezó a destrozar nuestras vidas sin piedad. Camus dice en su novela que todos los miembros de la sociedad estaban afectados por la posibilidad fortuita de que la muerte les alcanzara sin previo aviso. En eso, nuestro momento es diferente, no todos corren riesgos, los ricos son más ricos, los acomodados se han vuelto precariados y los que ya eran pobres ahora son miserables. La peste ya no es algo irrelevante que pasa de vez en cuando como un mal bíblico sino que se ha instaurado en nuestras vidas sin que tengamos posibilidad de escape.
Hemos llegado a aceptar el mal como irremediable también; no tenemos salida. Esperamos otro milagro que no llega, tal vez porque los milagros no existen más que en la mente de los niños y en la de los ignorantes. Podemos intentar evadirnos, y de hecho lo hacemos, pero la única forma de afrontar la situación es mediante la solidaridad, recuperando la responsabilidad sobre nuestras vidas, que hemos cedido a poderes perversos que siempre han estado ahí y estarán mientras no acabemos con ellos.
Todos los días ponemos la televisión y la radio y vemos y escuchamos las mismas cosas, aún así permanecemos embobados ante ellas, quizá incrédulos, pensando que esto no puede estar sucediendo. Sobrevivimos como podemos y añoramos aquellos tiempos en que nos creíamos ricos y, por encima de todo, seguimos deseando volver al orden anterior, que la peste se vaya, a pesar de los cadáveres que va dejando a su paso, despreciando al que vive en la calle, al parado, al que escarba en los contenedores de basura en busca de comida, al «extranjero»: están más apestados que nosotros. Pobres necios, la peste nunca nos dejará pues se alimenta de nosotros.
«El bacilo de la peste nunca muere o desaparece, puede permanecer dormido, en la casa, en los muebles y en las camas, aguardando pacientemente en los cuartos, los sótanos, los cajones, pañuelos y papeles, y quizá un día, solo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir a una ciudad feliz.» (Albert Camus, La peste)
Lectura recomendada:
El texto nos abre las entrañas de la tragedia que se vive en la ciudad de Orán. Una estructura formal de novela oculta simbólicamente otra tragedia, la que vive Francia bajo la ocupación nazi. El nazismo es la «peste» que contamina y mata azarosamente a los que se encuentran encerrados en la ciudad.
La historia comienza de una manera sutil con la presencia de ratas que salen a la luz para morir. Algo está sucediendo y nadie parece darse cuenta. Bernard Riux, médico, sabe lo que ocurre y trata de llamar la atención sobre los riesgos para la población pero las autoridades obvian el asunto, le restan importancia, prefieren mantener el orden público a toda costa, un orden que podría verse en entredicho si la noticia se extendiera. No se toman las medidas de prevención adecuadas, esperan que ocurra un «milagro» que salve la situación sin que el equilibrio que sustenta la sociedad se trunque.
Así las cosas, la vida cotidiana se desarrolla con una «normalidad» perturbadora, irreflexiva, inconsciente, que conduce al abismo. Naturalmente los acontecimientos se precipitan y la gravedad de la situación obliga al aislamiento del mundo exterior. La ciudad cierra sus puertas y los habitantes se convierten en prisioneros de sus muros. La peste ya no es una anécdota sino que se sitúa en el centro de atención de los enclaustrados. Muchos intentan escapar pero no es posible. En un primer momento solo tienen la peste y su memoria, luego solo quedará la peste. No existe futuro. Quizá pueda haberlo pero no hay forma de aventurar cuál puede ser.
Pasa el tiempo y el mal se acepta como algo inevitable. Cada uno lo afronta como puede. Unos se evaden a través de un hedonismo evasivo; otros crecen desde su dignidad y practican una solidaridad ejemplar, sincera, anónima. La peste solo puede combatirse mediante la cooperación y la suma de voluntades.
El libro cuenta que los cines están llenos pero todas las sesiones exhiben el mismo celuloide. También cuenta que en los transportes públicos la gente ni se roza, temen contagiarse; permanecen encerrados en muros interiores que de nada sirven ante el poderoso mal que flota en el aire.
Al final, el día a día se traduce en supervivencia, los valores se relativizan, no hay mañana ni pasado, solo resta luchar por vivir un día más.
En el fondo de sus mentes desean que las cosas vuelvan a ser como antes, ajenos al peligro siempre presente de la peste, aunque esta pueda permanecer oculta de manera temporal.
Hasta aquí llega este rápido esbozo de la historia; con él podemos realizar algunos paralelismos con nuestro tiempo. Ya no estamos en Orán, aunque podríamos estarlo; nos encontramos en cualquier ciudad española, griega, portuguesa, irlandesa o italiana. La tragedia existe; la peste se podría llamar «crisis económica», en realidad un subterfugio para oprimir aún más a las poblaciones, es decir, acumular riqueza sin dar nada a cambio. No, la peste no es la «crisis»; la enfermedad que hace sufrir, hiere y mata despiadadamente se llama «explotación del hombre por el hombre» e «injusticia social»; siempre ha estado ahí pero no hemos querido verlo, hemos apartado la vista a otro lado o imaginado que nunca nos iba a tocar a nosotros. Vivíamos en universos de consumo y bonanza aparente que al final se han convertido en un lastre en sí mismos.
Las ratas nos avisaron hace tiempo de que algo estaba pasando. En este caso las ratas fueron la especulación galopante, la corrupción política, el endeudamiento, la acumulación y dependencia de bienes inútiles o prescindibles, la cesión de soberanía… Algunas mentes preclaras se dieron cuenta y nos avisaron de que el capitalismo benefactor, la «sociedad del bienestar» y en sí la democracia parlamentaria eran un artificio pasajero, una forma de gobernar que sería utilizada mientras la correlación de fuerzas estuviera equilibrada. Cuando ese equilibrio ha desaparecido ya no es necesaria su aplicación. Las autoridades sabían lo que estaba ocurriendo y le restaron importancia, huyeron hacia delante sin escrúpulos, eso sí, manteniendo sus privilegios. Los más sagaces y malévolos esperaban su momento para aplicar su plan de destrucción. La enfermedad, con toda su crudeza, estaba gestándose sin que los sistemas inmunitarios sociales estuvieran preparados para contenerla.
En ese contexto, la vida asumió una ceguera mortal. Los males que antes he citado, las ratas, no solo no disminuyeron sino que se acrecentaron hasta llegar al paroxismo. De pronto comenzó a aumentar el paro, los desahucios, la desesperación. La peste estaba servida. La plaga empezó a destrozar nuestras vidas sin piedad. Camus dice en su novela que todos los miembros de la sociedad estaban afectados por la posibilidad fortuita de que la muerte les alcanzara sin previo aviso. En eso, nuestro momento es diferente, no todos corren riesgos, los ricos son más ricos, los acomodados se han vuelto precariados y los que ya eran pobres ahora son miserables. La peste ya no es algo irrelevante que pasa de vez en cuando como un mal bíblico sino que se ha instaurado en nuestras vidas sin que tengamos posibilidad de escape.
Hemos llegado a aceptar el mal como irremediable también; no tenemos salida. Esperamos otro milagro que no llega, tal vez porque los milagros no existen más que en la mente de los niños y en la de los ignorantes. Podemos intentar evadirnos, y de hecho lo hacemos, pero la única forma de afrontar la situación es mediante la solidaridad, recuperando la responsabilidad sobre nuestras vidas, que hemos cedido a poderes perversos que siempre han estado ahí y estarán mientras no acabemos con ellos.
Todos los días ponemos la televisión y la radio y vemos y escuchamos las mismas cosas, aún así permanecemos embobados ante ellas, quizá incrédulos, pensando que esto no puede estar sucediendo. Sobrevivimos como podemos y añoramos aquellos tiempos en que nos creíamos ricos y, por encima de todo, seguimos deseando volver al orden anterior, que la peste se vaya, a pesar de los cadáveres que va dejando a su paso, despreciando al que vive en la calle, al parado, al que escarba en los contenedores de basura en busca de comida, al «extranjero»: están más apestados que nosotros. Pobres necios, la peste nunca nos dejará pues se alimenta de nosotros.
«El bacilo de la peste nunca muere o desaparece, puede permanecer dormido, en la casa, en los muebles y en las camas, aguardando pacientemente en los cuartos, los sótanos, los cajones, pañuelos y papeles, y quizá un día, solo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir a una ciudad feliz.» (Albert Camus, La peste)
Lectura recomendada:
- La peste. Albert Camus










