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24 ago 2026

Ensayo sobre la lucidez

ENSAYO SOBRE LA LUCIDEZ (2004)
José Saramago
 

Por Ángel E. Lejarriaga
 

José Saramago (1922-2010), uno de nuestros portugueses más queridos, con Fernando Pessoa, en este libro, desde mi punto de vista, da una vuelta de tuerca más a la hora de desgarrar la cortina que oculta el auténtico rostro de la sociedad contemporánea. En Ensayo sobre la ceguera (1995) nos sumergía en un contexto distópico aterrador: un buen día nos despertamos y estamos ciegos, y tenemos que sobrevivir a la nueva situación. Las lecciones que aporta en este libro son ciertamente alentadoras, después de un viaje iniciático a través del miedo, nos presenta la posibilidad de utilizar la solidaridad como arma transformadora. El planteamiento de Ensayo sobre la lucidez (2004) es diferente, no existe ese pánico colectivo ante una situación ante la que la sociedad no está preparada, pero sí se genera otro pánico, el derivado de los gestores del Estado, los ostentadores del poder, desconcertados ante el hecho de que la gente “vote en blanco”. Saramago muestra que todavía cree, “algo” al menos, en la democracia liberal o representativa, porque de no ser así hubiera planteado otro tipo de voto; por ejemplo, el no voto, una abstención masiva y, por supuesto, activa.

No obstante, el viaje que nos plantea el autor por los entresijos del “poder absoluto” —ese que decide quién vive y quién muere— es aterrador. Ensayo sobre la lucidez (2004) posee varias voces que nos cuentan la misma historia, con diferentes perspectivas, que impulsan también diversas acciones. El texto se inicia, de manera sorpresiva, un día en el que se celebran elecciones. Está lloviendo de manera casi apocalíptica, exagerando, como pudo haber sido el “diluvio universal”. Este suceso anecdótico hace que los organizadores de las elecciones se inquieten porque temen una menor afluencia de público, algo habitual en estas circunstancias. Esa inquietud hipotética toma forma real y el público directamente vacía las urnas, es decir, no acude a celebrar la fiesta, tan mentada, de la democracia. Lo que en un principio provoca cierto espanto se va diluyendo cuando según pasan las horas algunas electoras van acudiendo, sobrellevando el inclemente temporal. Pero Saramago es atrevido y hace que la tensión explote cuando al realizar el recuento de votos se descubre que la inmensa mayoría están en blanco. Naturalmente, el hecho resulta inaceptable, las elecciones están hechas para que las gane el partido de turno, o los intereses de turno, como se quiera considerar. No es aceptable que la ciudadanía no participe en este sagrado juego en el que los únicos que ganan siempre son los organizadores. Y como no es asumible se decide repetir las elecciones; mas para colmo de desgracias, el 80% de los votos siguen siendo en blanco. Este resultado ya no es una simple curiosidad, un capricho azaroso, y el gobierno tiene que actuar, hay que esclarecer esta locura blanca, que el oscuro iluminado de turno relaciona con la epidemia de ceguera ocurrida con anterioridad. A partir de aquí el libro toma un tinte muy negro en el que el Estado, y las fuerzas siniestras que esconden, enloquece con la idea fija de encontrar a los culpables de la conspiración.
“Tampoco él se lo cree, pensó, a él sólo le interesa un objetivo cualquiera adonde apuntar, si le falla éste buscará otro, y otro, y otro, y tantos cuantos sean necesarios”.
Aunque el título de la novela haga referencia a la “lucidez”, la acción gubernamental es pura enajenación, quizá más de los mismo, es decir, lo que están acostumbrados a hacer los gobiernos. “El voto en blanco, en lugar de hacer reflexionar a los gobernantes, desata su ira. El gobierno, en lugar de velar por la seguridad de los ciudadanos, se convierte en su enemigo”. (Musté, 2015). A lo largo del relato el autor hace hincapié en que el voto en blanco es una opción más, un hecho soberano que depende exclusivamente del votante. Puede que su significado sea tan simple como el de querer participar en las elecciones pero no simpatizar con alguno de los partidos políticos que se presentan. Lo que demuestra ese voto es una reacción consciente ante el "sistema", o al menos ante los aspirantes a gestionarlo. Es peligroso ese voto, desde luego, porque en un primer momento indica sólo rechazo, mañana quién sabe. Dentro de un delirio paranoico que parece no tener final, el aparato represivo se pone en marcha para aclarar la conspiración y acabar con las personas culpables, y si no se encuentran, inventarlas.
“[…] buenos tiempos aquellos en que por una simple y casual desobediencia de los dictámenes divinos unas cuantas ciudades bíblicas eran fulminadas y arrasadas con todos sus habitantes dentro. […] Hoy, habiendo dejado de obedecer ciegamente las órdenes del señor, los rayos sólo caen donde quieren, y ya es evidente y manifiesto que no será posible contar con ellos para reconducir al buen camino a la pecadora ciudad del voto en blanco”.
A pesar de estos desafueros irracionales, la sociedad civil, la que vive al margen del poder y sus intrigas, sigue con su vida normal, mantiene el orden, puede vivir sin gobierno, sin policía, sin ejército, entre otras cosas porque se han ido directamente, la autoridad gubernativa los ha retirado.
“Hombre, ten calma, no hay ningún motivo de preocupación, mira estas calles, el sosiego de la ciudad, su tranquilidad, Eso es justamente lo que me inquieta, comisario, una ciudad como ésta, sin autoridades, sin gobierno, sin vigilancia, sin policía, y a nadie parece importarle, aquí hay algo muy misterioso que no consigo entender”.
“No hay policía en la ciudad, señor comisario, la retiraron cuando se declaró el estado de sitio, dijo el inspector, Ah, ahora comprendo, ya me estaba extrañando tanta tranquilidad”.
La narración enlaza con los personajes y las circunstancias particulares que se relatan en Ensayo sobre la ceguera. El examen de las instituciones que realiza Saramago es profundo y descarnado; éstas hablan mucho de democracia, de legalidad, de constitución, de derechos, pero cuando la ciudadanía asume el protagonismo que le corresponde por naturaleza, reaccionan con violencia. La obra no propone un modelo alternativo de organización política, su propósito consiste en plantear preguntas acerca de la relación entre gobernantes y gobernados, y sobre la diferencia entre la legalidad y la legitimidad. 

Otro tema fundamental en la novela es el funcionamiento del poder político basado en el principio de autoridad. Es Estado responde a la situación mediante estrategias que pretenden recuperar un control que consideran perdido, para preservar su "autoridad"; además, analiza mecanismos espurios como la construcción de discursos oficiales, la gestión de la información y la utilización del miedo como instrumento de gestión del orden social. El autor expone cómo las instituciones pueden justificar determinadas actuaciones apelando a una supuesta seguridad colectiva, incluso cuando esas medidas son generadoras de tensiones irreconciliables con los principios democráticos que afirman defender. ¿Existe en una democracia liberal la posibilidad de disentir? Buena pregunta. A lo largo del texto destaca el método en que los sucesos son interpretados por las autoridades y transmitidos a la sociedad. Saramago pone de relieve que el "control del relato" se convierte en una herramienta política tan relevante como el ejercicio violento del poder. ¿No es lo mismo?

La forma en que está escrita la novela es peculiar, no se diferencia entre diálogos y descripciones; a pesar de ello la lectura es sencilla y directa, es decir, su mensaje nos llega claro y conciso. En lo que se refiere a los personajes, se dividen en dos grupos, los vinculados al gobierno, que representan la lógica institucional, y el resto, que encarnan valores como la conciencia moral, la duda o la resistencia frente a las decisiones de los poderosos.

Evidentemente, el libro no es una ensayo, a pesar de su título, se trata de una novela, al igual que en Ensayo sobre la ceguera (1995), ahora bien, ambos manuscritos nos conducen inexorablemente a reflexionar sobre el mundo en el que estamos viviendo y conviviendo. Cuando cerramos el libro en la última página, nos quedamos clavados en nuestros asientos, quizá con la mirada perdida, interrogándonos sobre la estructura sistémica que gestiona nuestras vidas y nuestros malestares. Quizá alguien se pregunte, ¿dónde estamos viviendo?, ¿realmente nuestros gobiernos son democráticos, gobiernan para nosotros?, ¿qué esconden?, ¿qué están dispuestos a hacer para mantener sus privilegios?, ¿podemos creer en ellos o simplemente asumirlos porque no vemos otras alternativas de gestión de la sociedad, aunque pueda haberlas? Saramago, como comentaba al principio, cuando escribe este libro al menos, todavía creía que la voluntad del "pueblo" podía cambiar el rumbo de los acontecimientos a través del voto, aunque este fuera en blanco. Nuestro autor no era un ingenuo y ya tenía una edad cuando escribió este texto, era buen conocedor de la historia contemporánea y poseía datos suficientes como para poner en cuarentena la “democracia” y el “juego democrático”: 
“Podemos quitar y poner gobiernos, pero no podemos derribar el verdadero poder: las estructuras económicas y financieras […]. Los gobiernos son comisarios políticos del poder económico, y en el FMI o en la OMC no hay democracia”. (El país, 31-03-2004). 
En resumen, una novela muy actual dados los acontecimientos históricos que vivimos a diario a nivel nacional e internacional.

Discurso de investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad Carlos III de Madrid, en marzo de 2003:
“Hay que procurar la manera de reinventar de alguna forma la democracia, de arrancarla de la inmovilidad a la que fue condenada por la rutina y por la incredulidad, bien ayudadas, una y otra, por los diversos poderes políticos y económicos a quienes conviene mantener la decorativa fachada del edificio democrático, que nos está impidiendo verificar si por detrás de la fachada algo existe. Si queréis mi opinión, lo que aún queda es, casi siempre, usado mucho más para armar de eficacia las mentiras que para defender las verdades, lo que llamamos hoy democracia se asemeja, tristemente, al paño solemne que cubre el ataúd donde ya se está pudriendo el cadáver. Reinventemos, pues, la democracia antes de que sea demasiado tarde”.
Otros artículos sobre este autor en el blog:





16 jul 2024

Una historia de elefantes

EL VIAJE DEL ELEFANTE (2008)
José Saramago



Por Ángel E. Lejarriaga


José Saramago (1922-2010). Vino al mundo en Azinhaga, una aldea portuguesa, en el seno de una familia de campesinos muy humildes. La familia emigró a Argentina a buscar el progreso que no encontraban en Portugal, para regresar unos años después e instalarse en Lisboa. Con veinticinco años publicó su primera novela Tierra de pecado (1947). Lo peculiar de este inicio literario, que recibió muy buenas críticas, es que Saramago no volvió a publicar algo hasta 1967, transcurrieron veinte años.

Su reconocimiento en Portugal nació a partir de su novela Alzado del suelo (1980) a la que siguieron otras ya en la senda del éxito como Memorial del convento (1982), El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), La balsa de piedra (1986), El evangelio según Jesucristo (1991) o Ensayo sobre la ceguera (1995).

Fue militante comunista en la clandestinidad durante la dictadura de Salazar, y participó activamente en 1974 en la denominada Revolución de los Claveles que puso punto y final al régimen del dictador. A pesar de su compromiso político, siempre se mantuvo independiente en sus opiniones, manifestando que era un firme partidario del género humano y de la justicia social por encima de todo. Estos postulados influyeron decisivamente en el conjunto de su obra.

Recibió numeroso premios tanto dentro como fuera de Portugal, y el Premio Nobel de Literatura en 1998; cito especialmente también el Premio Camoens en 1995, que para la lengua portuguesa es el equivalente al Premio Cervantes en España.

El viaje del elefante (2008). Lo primero que hay que decir de esta novela es que es histórica; es decir, que está basada en hechos que acontecieron y de los que el autor se documentó con esmero. ​Lo que sucede es -algo común en Saramago- que éste se mofa de las debilidades humanas que por momentos resultan grotescas. La historia nos cuenta que a mediados del siglo XVI, Juan III de Portugal le regaló a su primo el archiduque Maximiliano de Austria un elefante. Hasta aquí el asunto aunque exótico no sorprende porque se trata de un regalo ciertamente majestuoso. Pero claro, ¿cómo llega el elefante hasta su destino? He ahí el nudo narrativo. Saramago nos cuenta la aventura que vive el elefante, de nombre Salomón hasta llegar a su destino. Tal vez parezca desproporcionado el proyecto pero así aconteció. El rey de Portugal encomendó a algunos de sus más avezados caballeros la misión de ejecutar la empresa. Saramago se limita a describir algunas de las vicisitudes y experiencias que el grupo vivió durante el trayecto.

Imaginemos por un  momento el viaje, nada común, desde luego. Un grupo de hombres aguerridos, viajan con un elefante que necesita grandes cantidades de agua y de comida a diario, que obligatoriamente hay que suministrarle. El paquidermo es conducido por Subrho, su amado cuidador, quizá el elemento más inteligente de la compañía, aparte del propio elefante. Este cuidador, aconseja, reflexiona en voz alta, opina, intercambia impresiones sobre lo humano y lo divino con el capitán de la expedición, estupefacto tanto por el viaje como por la sabiduría de su interlocutor. No me olvido de citar a las buenas gentes que durante el recorrido van descubriendo al increíble ejemplar con incredulidad y asombro. 

Saramago ironiza sin ensañarse sobre la estupidez y arrogancia de la realeza, y también de aquellas personas que les sirven sumisas, que aceptan las gracias y decisiones de sus amos por disparatadas que estas sean. ¿A dónde quiere llegar el autor? Muestra la ignorancia que domina a nobles y a plebeyos, que sólo se diferencian en cuanto a los privilegios de clase. Saramago se ríe un poco de los humanos y su petulancia, desde luego, mas muestra ternura hacia los animales, y hace tabla rasa a la hora de considerar las clases sociales. La ignorancia es la ignorancia, venga de donde venga, independientemente de la posición que se ocupa en la sociedad y de las riquezas que se posean.

BIBLIOGRAFÍA:

Novela:

Tierra de Pecado (1947)
Manual de Pintura y Caligrafía (1977)
Casi un Objeto: Relatos (1978)
Levantado del suelo (1980)
Memorial del convento (1982)
El año de la muerte de Ricardo Reis (1984)
La balsa de piedra (1986)
Historia del cerco de Lisboa (1989)
Evangelio según Jesucristo (1991)
Ensayo sobre la ceguera (1995)
Todos los nombres (1997)
El cuento de la isla desconocida (1998)
La caverna (2000)
La flor más grande del mundo (2001)
El hombre duplicado (2002)
Ensayo sobre la lucidez (2004)
Las intermitencias de la muerte (2005)
El viaje del elefante (2008)
Caín (2009)
Claraboya (2012)

Crónica:

De este mundo y del otro (1985)
Las maletas del viajero (1986)
El viaje a Portugal (1990)

Memorias:

Cuadernos de Lanzarote I-III (1993–1995)
Las pequeñas memorias (2006)

Poesía:

Los poemas posibles (1982)
Probablemente alegría (1985)
El año de 1993 (1987)

Teatro:

La noche (1979)
¿Qué haré con este libro (1980)
La segunda vida de Francisco de Asís (1987)
In nomine dei (1993)
Don Giovanni o el disoluto absuelto (2005)


Otras entradas sobre el autor en este blog:

24 jun 2010

José Saramago: Uno de los nuestros


Por Ángel E. Lejarriaga

Sí, José Saramago era uno de los nuestros o al menos uno de los míos: un compañero. Digo «era» porque se ha muerto, se ha ido para siempre y no me consuela que me digan que «los que escriben siguen viviendo en sus libros». Quedan los libros pero no los autores y en este caso el autor era mucho más que un escritor, era un símbolo de solidaridad. Su compromiso en la lucha contra la injusticia nos hermanaba; hacía que las fronteras se diluyeran y por fin el internacionalismo de los desheredados de la tierra se hiciera real a través de la palabra. Por eso ya no quiero leer sus libros, porque ya no está él, como una llama viva, para ratificar lo escrito con la humildad del que no tenía miedo a expresar su pensamiento con libertad. No le temblaba la voz al llamar públicamente delincuente a Berlusconi o al calificar la Biblia como un «catálogo de crueldades». Cómo no respetarle desde la distancia de lector silencioso y asombrado.
Sabía que tenía que irse tarde o temprano —nadie vive eternamente— pero su marcha me ha aturdido a pesar de ser esperada. En realidad no quería que muriera, necesitaba sentirle perpetuo quizá porque mi falta de fe en el ser humano con él disminuía.
Si digo que Saramago procedía de una familia humilde no digo nada y digo mucho porque eso significa que en el mundo depredador en el que vivimos se hizo a sí mismo. Nunca olvidó sus orígenes y por eso se vistió con un traje de sencillez y afecto que era reconocido por mucha gente que incluso sin leer sus libros le quería.
Acepto su muerte —la muerte es algo inevitable, como la terrible mano del Hombre— mas me siento desamparado en esta época en la que los intelectuales sólo se preocupan de la venta de sus libros y de salir en los medios de comunicación, siempre políticamente correctos, lamiendo la mano del poder. Él no era capitán de ningún barco, no quería dirigir a nadie, sólo aportaba su lucidez en forma de crítica constante a un modelo de sociedad denominado «moderno», que él veía teñido de absurdidad desde lo más hondo de sus cimientos. Era consciente, y lo decía siempre que tenía ocasión, de que nuestra forma de vida es insana e injusta y en sus escritos vaticinaba la deriva de los países capitalistas hacia el abismo de la autodestrucción. Qué son las naciones y sus gobiernos hoy en día más que pobres balsas sin rumbo, flotando en un mar de incertidumbre. Recuerdo su novela La balsa de piedra y no puedo evitar sonreír ante lo insólito de su propuesta: la Península Ibérica se rompe en los Pirineos y se desplaza azarosamente por el Atlántico. ¿Una premonición? Quién sabe.
José Saramago ha sido el único premio Nobel que ha tenido Portugal y eso a pesar de no ser bien visto ni por el intocable Vaticano ni por muchos políticos de todos los colores. En 1993 el presidente portugués Anibal Cavaco Silva retiró a Saramago de una propuesta para recibir un galardón europeo debido a la publicación de su obra El Evangelio según Jesucristo. El irreductible comunista no se inmutó, era inmune a las hipocresías y mentiras de los poderosos aunque esa vocación vital le convirtiera en un personaje incómodo. Así vivió hasta el final, permanentemente indignado ante las desigualdades sociales.
Han comentado sus allegados que «ha tenido una buena muerte», eso me consuela. Deseo imaginar que también tuvo una buena vida, plena de satisfacciones en todos los ámbitos de la existencia. A él no le preocupaba abandonar el mundo: «Entraré en la nada y me disolveré en ella», dijo con serenidad a los suyos; pero se ponía triste al pensar en el futuro, dominado por una mezcla de rabia e impotencia.
Desde su ausencia alimentaré su imagen vívida junto a la de otros luchadores incansables, muertos y vivos. El que ellos hayan existido y todavía existan nos proporciona un hálito de esperanza en un mundo mejor.